ARTÍCULO Septiembre 11, 2017

Los huracanes pueden retrasar el reloj del desarrollo en muchos años

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Una calle de Puerto Príncipe, Haití, luego del Huracán Mathew 

UN Photo / Logan Abassi


Los huracanes como Irma, que esconden detrás de sus nombres cotidianos una furia inaudita, no sólo se cobran víctimas patentes en vidas humanas, viviendas, puentes y caminos.

La víctima silenciosa y poco visible de estos fenómenos meteorológicos extremos es, cada vez más, el desarrollo de los pueblos.

Estudios del Banco Mundial señalan que cada año unos 26 millones de personas - el equivalente a la población de Chile y Bolivia combinadas -, caen en la pobreza debido a los desastres naturales. 

Nadie puede detener un huracán o terremoto, pero sí hay maneras de minimizar sus impactos, como señala en la siguiente entrevista el experto en manejo de riesgos de desastres Joaquín Toro.

P: Es muy pronto hablar de impactos más allá de lo que se ve en los medios, pero ¿podrías dar una visión general de los posibles impactos económicos y sociales de huracanes como Irma en el desarrollo de las poblaciones afectadas?

R: Este es un punto muy importante. Los desastres impactan a los pobres de una manera mucho mayor, que al resto de la población. Los pobres tienen capacidades de resiliencia mucho menores que las que tienen otros sectores de la población. Hemos visto estudios recientes del Banco Mundial que indican que cada año los desastres están empujando a unos 26 millones de personas a la pobreza. Esto es consecuencia de que algunos viven en zonas de alto riesgo y tienen poca capacidad para recuperarse después de los desastres. Es algo en lo que estamos trabajando, pero aún queda mucho por hacer. 

En cuanto a lo económico, es muy difícil en estos momentos calcular un número exacto, pero históricamente el Caribe ha sido impactado por huracanes que han causado mucho daño. Por ejemplo, en 1979, el huracán David causó daños de más del 117 % del PIB en pérdidas en Dominica. El huracán Iván, en 2004, causó pérdidas superiores al 200% del PIB en Grenada. Eso es enorme; es más que el ingreso de un país en todo un año lo que se pierde en pocos días.  

Los desastres severos, además, han tenido un impacto directo y considerable en las condiciones económicas a través de diversos efectos como la reducción de la productividad y déficits presupuestarios, o el aumento de la deuda nacional debido a los costos de reconstrucción. Y, como vimos con el huracán Mitch en 1998, éste causó 30 años de retroceso en el desarrollo de países como Honduras y Nicaragua.

P: Dijiste que se está trabajando en esto, ¿quiere decir que ha mejorado la capacidad de resistencia a los desastres naturales, especialmente en el Caribe y Centroamérica?

R: Sí. Los países centroamericanos y caribeños han logrado avances significativos en la mejora de sus capacidades de gestión de riesgos de desastres (DRM, por sus siglas en inglés), pero siguen siendo fiscalmente vulnerables a los desastres. La mayoría de los países han promulgado legislación para crear plataformas multisectoriales de manejo de riesgos de desastres. Han elaborado políticas y creado instituciones de coordinación para permitir sistemas más eficientes de gestión de emergencias y alerta temprana. Los planes de contingencia son importantes, pero estos planes tienen que ser claros, no sólo a nivel de gobierno, sino a nivel local. Vemos grandes diferencias, por ejemplo, con las capacidades logísticas en Estados Unidos a raíz de Irma, donde se evacuaron a millones de personas. En los países en desarrollo, aún no podemos evacuar a toda la población. Los sistemas de alerta temprana son muy útiles, pero llegar aún al final de esta cadena es un poco más difícil.

P: ¿Cuáles son las infraestructuras más vulnerables cuando hablamos de estos fenómenos extremos?

R: Generalmente, las infraestructuras más vulnerables son las de las poblaciones más pobres. Por ejemplo, en el Caribe hay entre 60% y 70% de construcción informal. Las fotos que hemos podido ver de Barbuda, especialmente, nos muestra que las casas han quedado bastante destruidas. En general, esta es una infraestructura bastante vulnerable. También se puede ver la falta de códigos de construcción en otras estructuras como las torres de comunicación.

P: Latinoamérica es una de las regiones del mundo más expuestas a riesgos de desastres, ¿cómo incorporar en su agenda de desarrollo, que tiene prioridades más urgentes, un plan de gestión de riesgos que ayude a minimizar el impacto? 

R: Este es un desafío que no sólo enfrentan las islas del Caribe sino todos los países en desarrollo, ya que hay una gran cantidad de necesidades básicas que tienen que cubrir. La gestión de riesgo no es una actividad en paralelo, sino una que tiene que estar presente en todos los sectores: salud, vivienda, educación, entre otros, para que podamos hacer escuelas más seguras, por ejemplo, o centros de salud que podamos usar luego de los desastres, o carreteras que no causen inundaciones.

Una de las cosas que estos países tienen que hacer es, por un lado, poner fin a la generación de nuevos riesgos con una planificación más ordenada, que incorpore información de estos eventos naturales, y por otro, reducir de una manera más sistemática el riesgo que hoy existe, no sólo respondiendo a la emergencia, sino usando mecanismos de protección financiera para ayudar a una recuperación más rápida. Cabe recordar que más del 80% de la población en Latinoamérica vive en zonas urbanas, lo cual aumenta la exposición al riesgo.

P: ¿Podrías explicar cuáles son esos ‘mecanismos de protección’ financiera contra catástrofes? 

 R: El trabajo de las instituciones de financiamiento del desarrollo abarca muchas áreas en el tema de los desafíos de los peligros naturales y los efectos de un clima cambiante.

En el caso Banco Mundial éste se centra en cinco áreas:

  1. Evaluar el riesgo de desastres en los países;
  2. Reducir el riesgo mediante medidas de mejoras estructurales y no estructurales, como por ejemplo mejoras en la infraestructura, planificación del uso de la tierra y reglamentación;
  3. Facilitar la implementación de medidas de preparación ante desastres como los sistemas de alerta temprana;
  4. Desarrollar medidas e instrumentos de protección financiera; y, por último, 
  5. Promover la reconstrucción resiliente mediante cambios políticos e institucionales.

Un ejemplo de un instrumento de protección financiera facilitado por el Banco Mundial es el Mecanismo de Seguros de Riesgo de Catástrofes en el Caribe (CCRIF SPC).

Este es un mecanismo de seguro paramétrico que proporciona pagos para ayudar a los países miembros a financiar su respuesta inicial de desastre una vez que se activan ciertas condiciones. De esta manera ayuda a resolver la falta de flujo de efectivo a corto plazo que las pequeñas economías en desarrollo sufren inmediatamente después de grandes desastres naturales. Por ejemplo, como resultado del huracán Irma, este mecanismo entró en vigor la semana pasada para los gobiernos de Antigua y Barbuda, Anguila y St. Kitts y Nevis, por un monto aproximado de US $ 15,6 millones. 



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