OPINIONES

La discriminación institucionalizada tiene un alto costo, Jim Yong Kim, Presidente del Grupo del Banco Mundial

Presidente del Grupo del Banco Mundial, Jim Yong Kim

Washington Post

Febrero 28, 2014

Crecí en Iowa y debido a mi condición de estadounidense de origen asiático a menudo me juzgaron exclusivamente por mi apariencia. En las tiendas, personas desconocidas me hacían gestos de karate con las manos, remedando la popular serie de televisión “Kung Fu”.  Cuando jugaba como capitán en el equipo de mi escuela secundaria, hubo ocasiones en que, después de derribarme, los miembros del equipo contrario proferían insultos racistas.

Estos incidentes me cohibían y me hacían sentir incómodo. Sin embargo, son ofensas menores en comparación con la discriminación que sufren muchas personas en todo el planeta debido exclusivamente a su sexo, edad, raza u orientación sexual.

Traigo esto a colación a raíz de la ley que Uganda sancionó esta semana —en cuyo marco se podría imponer la pena de reclusión perpetua a las personas condenadas por homosexualidad— y el aumento de la violencia contra los homosexuales en Nigeria tras la entrada en vigor de una ley contra la homosexualidad, a principios de este año.

Estos países ocupan ahora la atención de los medios, pero nuestro enfoque debería ser mucho más amplio: otros 81 países, en las Américas, Asia, África y Oriente Medio, han sancionado leyes que hacen que la homosexualidad sea ilegal. En Estados Unidos, aunque el gobernador de Arizona vetó esta semana un proyecto de ley que hubiera permitido que las empresas negaran servicios a las personas homosexuales, nueve estados tienen leyes que imponen limitaciones a la manera en que los docentes de escuelas públicas pueden hablar de la homosexualidad. En más de 100 países se discrimina a las mujeres, y en muchos más todavía existen leyes discriminatorias contra grupos minoritarios.

La discriminación institucionalizada es perjudicial para las personas y para las sociedades. La discriminación generalizada también es perjudicial para las economías. Existen pruebas contundentes de que cuando las sociedades sancionan leyes que impiden la plena participación de personas productivas en la fuerza de trabajo, las economías se resienten.

La discriminación contra la mujer es un claro ejemplo. Un estudio de 143 economías realizado el año pasado por el Banco Mundial permitió establecer que en 128 países todavía existe por lo menos una diferencia legal en el trato que reciben hombres y mujeres, lo que reduce las oportunidades económicas de las mujeres.  Estas barreras incluyen leyes que imponen obstáculos insalvables para que una mujer obtenga por sí sola un documento de identidad; posea o use bienes inmuebles; tenga acceso al crédito o consiga un empleo.

En 15 economías, los hombres pueden impedir que sus esposas trabajen, aunque en los últimos dos años Côte d'Ivoire, Malí y Togo han reformado esas restricciones.

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Jim Yong Kim
Presidente del Grupo del Banco Mundial

Las pérdidas económicas derivadas de esas leyes y prácticas discriminatorias tienen un alto costo. En un estudio realizado el año pasado se estableció que el bajo nivel de participación económica de las mujeres genera pérdidas de ingresos del orden del 27 % en las regiones de  Oriente Medio y Norte de África. En el mismo estudio se calcula que el aumento del nivel de empleo y espíritu empresarial femenino a los niveles masculinos podría incrementar el ingreso medio en un 19 % en Asia meridional y un 14 % en América Latina.

La discriminación basada en otros factores, como la edad, raza u orientación sexual, produce resultados perjudiciales análogos.  Las leyes que limitan los derechos sexuales, por ejemplo, pueden menoscabar la competitividad de los países, pues las empresas multinacionales podrían considerar que constituyen un obstáculo para invertir o establecer sus actividades en esas naciones.

Estas leyes recientes contra la homosexualidad, y muchas otras que han estado vigentes durante muchos años, son sumamente irónicas.  Hace solo 15 años, un pequeño grupo de hombres y mujeres homosexuales, principalmente en América pero también en Europa y algunos países de África, lucharon con todo su intelecto, energía y creatividad para lograr que todas las personas con VIH/sida tuvieran acceso a tratamiento. En el año 2000, solo 50 000 habitantes del mundo en desarrollo recibían tratamiento contra el sida. Hoy, en gran medida gracias al trabajo de estos activistas homosexuales y de otras personas, más de 10 millones de personas —la gran mayoría en África— están en tratamiento con medicamentos contra el sida.

En el curso de los próximos meses, en el Grupo del Banco Mundial llevaremos a cabo un debate interno completo sobre la discriminación en general y sobre la manera en que esta incidiría en nuestros proyectos y en los miembros de nuestro personal que son gais y lesbianas. En mi opinión, la lucha para eliminar toda discriminación institucionalizada es una tarea urgente.

Después de todo, la conclusión es clara: Al eliminar la discriminación no solo estaremos haciendo lo correcto, también habremos dado un paso esencial para garantizar el crecimiento económico sostenido, equilibrado e inclusivo de todas las sociedades, tanto en naciones desarrolladas como en desarrollo, en el Norte o en el Sur, en América o en África.

Jim Yong Kim es el presidente del Grupo del Banco Mundial.