Discursos y transcripciones

Una meta a nuestro alcance: Un mundo sin pobreza -- Discurso pronunciado por el presidente del Grupo del Banco Mundial, Jim Yong Kim, en la Universidad de Georgetown

El presidente del Grupo del Banco Mundial, Jim Yong Kim

Ciudad de Washington

Abril 02, 2013

Alocución inicial

Una meta a nuestro alcance: Un mundo sin pobreza


Gracias. Es siempre un placer visitar una gran institución académica que se ocupa de formar a los líderes del futuro.

Me encuentro aquí para hablarles del futuro, de la oportunidad de crear un mundo sin la mácula de la pobreza y la exclusión económica.

El mensaje que quiero dirigirles es que ese mundo es para nosotros una meta que podemos alcanzar, pero cuya consecución dependerá de la adopción de decisiones  difíciles y  de que modifiquemos la manera en que trabajamos juntos.

Para comprender la oportunidad histórica que tenemos ante nosotros y lo que debemos hacer para generar una transformación histórica, permítaseme comenzar con algunas observaciones sobre el panorama actual del desarrollo mundial y las perspectivas a mediano plazo.

El panorama del desarrollo mundial

Permítaseme señalar  que la crisis que ha afectado a la economía mundial desde hace cuatro años y medio aún no da claras muestras de estar derrotada. Tantas esperanzas han asomado y se han desvanecido el pasado año, o el que lo precedió, que debemos ser cautos al evaluar el futuro. Como lo demuestran los recientes acontecimientos de Chipre, sería prematuro proclamar victoria. Al mismo tiempo, existen crecientes pruebas de que avanzamos por la buena senda, por más que seguramente se presentarán algunos escollos en el camino.

En Europa, las condiciones imperantes en los mercados han mejorado tras las turbulencias de la primavera y el verano pasados. El compromiso asumido por las autoridades europeas de poner coto a la inestabilidad financiera ha hecho posible que muchos indicadores de riesgo se ubiquen nuevamente en los niveles registrados por última vez a principios de 2010, antes de que surgieran preocupaciones sobre la sostenibilidad fiscal de la euro-zona. Si bien debe reconocerse el papel desempeñado por los responsables de las políticas europeas, en alcanzar dichas mejoras, es importante reconocer que la inyección de liquidez no hace más que concedernos más tiempo; no resuelve el problema. Quedan por adoptar aun muchas arduas decisiones en las esferas de la política fiscal y de la política bancaria.

En la economía real, hay algunas tenues señales de que la recuperación está en marcha. En los países de ingreso alto, las dificultades emanadas de la consolidación fiscal siguen siendo un obstáculo al crecimiento, aunque parece haberse llegado a un momento en que la tendencia se puede revertir. Aquí en los Estados Unidos, aunque  subsiste  la incertidumbre con respecto al estancamiento en la esfera de la política fiscal, se registran mejoras en el mercado inmobiliario y en el mercado laboral: en los últimos seis meses se han agregado a la economía estadounidense más de un millón de puestos de trabajo. En Europa, las proyecciones sobre el crecimiento del PIB indican, para el presente año, una contracción de un 0,2%, y algunas de las dificultades persistirán hasta fines de 2014 y principios de 2015.

Si examinamos el panorama económico que tienen ante sí los países en desarrollo, las perspectivas son más luminosas. Se prevé que las economías del mundo en desarrollo experimenten este año un crecimiento del 5,5%, y para 2014 y 2015 prevemos un crecimiento aún mayor: del 5,7% y del 5,8%, respectivamente.

En todo el mundo en desarrollo se están creando y ampliando empresas dinámicas y competitivas: desde pequeñas entidades incipientes hasta corporaciones multinacionales.

Viajé recientemente a Chengdu, China, donde conocí a una empresaria llamada Zhang Yan. Pocos años antes, ella acariciaba un gran sueño —crear una

empresa—, pero carecía de acceso al financiamiento. Logró obtener un préstamo de US$10. 000 a través de un banco local que ejecuto  una iniciativa para financiar empresarias mujeres. Se trataba de un programa respaldado por la Corporación Financiera Internacional, el brazo del Grupo Banco Mundial que suministra financiamiento al sector privado. Zhang utilizó su préstamo para abrir un taller de reparación de automóviles y hoy dirige una empresa floreciente, que emplea a más de 150 personas. Este fin de semana me envió un mensaje por correo electrónico. Se propone abrir un tercer taller de reparaciones y seguirá promoviendo la responsabilidad social contratando y capacitando a mujeres que no habían tenido acceso a buenos puestos de trabajo. Su trayectoria es idéntica a la de millones de personas ambiciosas de todas partes del mundo, a quienes, si se les brinda la oportunidad de triunfar en la esfera económica, la aprovechan, y a su vez crean puestos de trabajo y oportunidades para otros.

Ese crecimiento del sector privado está suscitando notables beneficios en materia de desarrollo, en especial cuando converge con  intervenciones  más eficientes de gobiernos, de donantes internacionales o de la sociedad civil  a favor de los pobres,   Hoy la pobreza extrema está en retirada. En 1990 el 43% de los habitantes del mundo en desarrollo vivían con menos de US$1,25 por día. Estimamos que en 2010 --20años más tarde-- la tasa mundial de pobreza se redujo al 21%. El primer objetivo de desarrollo del milenio —reducir a la mitad la pobreza extrema— se alcanzó cinco años antes de lo previsto.

A lo expresado se agrega que el progreso en el área social es quizá aún más notable. Ocho millones de pacientes con sida han recibido terapia antirretroviral. La cifra anual de decesos por paludismo se redujo un 75%. El total de niños que no asisten a clases disminuyó más de un 40%.

Mirando hacia el  futuro, creemos que se dan las condiciones necesarias para que el desempeño económico de los países en desarrollo siga siendo vigoroso. No obstante, no podemos dar por sentado que se registren altas tasas de crecimiento. Para que el crecimiento siga siendo del 6% —para no mencionar el 7% o el 8% logrado por muchas economías en el período de auge anterior a la crisis— se requerirán esfuerzos sostenidos de reforma. Por ejemplo, los países deberían seguir mejorando la calidad de la educación, la gestión pública y el entorno de negocios, modernizando su infraestructura, haciendo efectiva la seguridad energética y alimentaria y mejorando el sistema de intermediación financiera.

A esto se agrega el surgimiento de nuevos riesgos. Nos preocupa, en especial, la posibilidad de que si no se toman medidas drásticas a nivel global, un catastrófico proceso de calentamiento planetario dé por tierra con gran parte de los avances que hemos experimentado.

El desafío del cambio climático no es tan solo ambiental, sino que representa una amenaza fundamental para el desarrollo económico y la lucha contra la pobreza.

Según un reciente informe del Grupo Banco Mundial, a menos que adoptemos, ahora, medidas encaminadas a poner  límite a las emisiones peligrosas, en el presente siglo la temperatura aumentará en 4 grados centígrados, o sea más de 7 grados Fahrenheit.

En un “planeta con 4 grados más de temperatura” el aumento del nivel del mar  podría alcanzar 1,5 metros, lo que pondría en peligro a más de 360 millones de habitantes de zonas urbanas. Las zonas afectadas por sequías, que hoy abarcan el 15% de las tierras de cultivos del mundo, pasarían a constituir alrededor del 44%; la región de África al Sur del Sahara se vería afectada en forma especialmente severa.

Los fenómenos meteorológicos extremos se darían con devastadora frecuencia, lo que entrañaría incontables pérdidas de vidas humanas y bienes económicos, y quienes más padecerían serían los pobres, que son los menos culpables del cambio climático y quienes menos pueden permitirse la adopción de medidas de adaptación.

Un segundo desafío crucial, a mediano plazo, es el de la desigualdad. A menudo,    mencionar la desigualdad causa un embarazoso silencio. Tenemos que romper el tabú del silencio en relación con este tema difícil, pero de crucial importancia.

Aunque en el mundo en desarrollo la expansión económica siga siendo acelerada, ello no supone que todos sus habitantes se vean beneficiados automáticamente por el proceso de desarrollo. Lograr que el crecimiento sea inclusivo es tanto un imperativo moral como una condición crucial de sostenibilidad del desarrollo económico.

Sabemos que pese a los extraordinarios éxitos de la última década, alrededor de 1300 millones de personas siguen viviendo en condiciones de pobreza extrema, 870 millones de seres humanos padecen hambre a diario y cada año fallecen 6,9 millones de niños de menos de cinco años de edad.

¿Qué conclusiones podemos, pues, extraer de esta reseña sucinta del actual panorama del desarrollo mundial? Creo que hay dos consecuencias clave para la labor del Grupo Banco Mundial.

Aceleración del proceso de eliminación de la pobreza extrema

La primera es que ha llegado la hora de asumir el compromiso de poner fin a la pobreza extrema. Nos hallamos en un auspicioso momento histórico, en que se combinan los éxitos de décadas pasadas con perspectivas económicas mundiales cada vez más propicias para dar a los países en desarrollo una oportunidad —la primera que jamás hayan tenido— de poner fin a la pobreza extrema en el curso de una sola generación. Nuestro deber, ahora, es hacer que a esas circunstancias favorables se aúnen  objetivos claros y  medidas de peso que viabilicen esa oportunidad histórica.

Sabemos que poner fin a la pobreza no será fácil. En los próximos años, en que nos esforzaremos en alcanzar esa meta, la labor será cada vez más ardua, porque quienes sigan sumidos en la pobreza serán aquellos a quienes resultará más difícil llegar.

Algunos de ellos viven en zonas densamente pobladas de economías emergentes, como el estado indio de Uttar Pradesh, que visité el mes pasado, donde vive el 8% de las personas que viven en extrema pobreza en el mundo. Es mucho lo que necesitan los habitantes de ese estado: por ejemplo, una mejor infraestructura, más sólidos sistemas de educación que preparen a los alumnos para ingresar en la fuerza de trabajo y una mayor inclusión de las mujeres y otros grupos sociales vulnerables.

Otras personas que siguen atrapadas en el entorno de la pobreza viven en países encerrados en ciclos de conflictos y fragilidad. Una proporción sustancial y creciente de pobres viven en Estados frágiles o afectados por conflictos, donde la necesidad del desarrollo y los obstáculos que se oponen a su consecución tienden a ser los de mayor magnitud. Los Estados frágiles deben ocupar un lugar frontal y central en todo programa de eliminación de la pobreza extrema.

El desarrollo en los Estados frágiles es difícil, pero contando con enfoques innovadores es posible progresar,  tal como lo contemplé en Afganistán hace tres semanas. Por ejemplo, estamos ayudando a capacitar a voluntarios afganos en la utilización de teléfonos inteligentes habilitados por GPS con cámaras incorporadas para realizar el seguimiento de proyectos de riego en sus comunidades, lo que les da una mayor sensación de pertenencia. Las fotografías que toman y los informes que suministran se transmiten ahora directamente a nuestras oficinas centrales en Kabul.

Sus cámaras tienen, además, una función que James Bond consideraría valiosa: un botón de eliminación de todos los datos, incluidas fotografías e informes, para el caso de que los trabajadores sean interrogados en un punto de control. En Afganistán, pese a los persistentes problemas de seguridad y a un entorno plagado de corrupción, muchas empresas están estudiando la posibilidad de aprovechar oportunidades de inversión en los sectores de minería, energía y transporte. El aeropuerto internacional está lleno de aeronaves comerciales, lo que constituye un cambio sorprendente con respecto a la situación imperante una década atrás. A esto se agrega que el 27% de los miembros del Parlamento son mujeres, en lo que representa una ruptura aún más pronunciada con el pasado.

La experiencia de la comunidad de donantes en Afganistán pone de manifiesto los fuertes riesgos que supone operar en Estados frágiles. No obstante, comprobamos en forma cada vez más clara que en ellos los programas coordinados de la comunidad internacional y de los gobiernos locales pueden alcanzar resultados transformadores. Estamos acumulando lecciones sobre como lograr estabilidad política, seguridad y desarrollo económico. El mes próximo, el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, y yo visitaremos juntos la región de los Grandes Lagos de África oriental en el contexto de nuestra labor encaminada a llevar a la práctica, más ampliamente, esas lecciones. Quiero ser claro: he trabajado en Estados frágiles y afectados por conflictos durante la mayor parte de mi vida adulta, y seguir fortaleciendo la labor que realiza en esos países el Grupo  Banco Mundial será una de mis prioridades centrales.

Fomento de una prosperidad compartida

A mi juicio, en materia de desarrollo, la segunda lección para nuestra época, tras la relativa a la eliminación de la pobreza extrema, es que no basta combatir esta última. Debemos realizar una labor colectiva tendiente a ayudar a todas las personas vulnerables, de todas partes, a superar ampliamente el umbral de la pobreza. Para el Grupo  Banco Mundial centrar la atención en la equidad constituye un aspecto central de nuestra misión de fomentar una prosperidad compartida.

Lo que he escuchado repetidamente en los últimos nueve meses es que en todas partes del mundo a los responsables de políticas con visión de futuro les preocupan la desigualdad y la exclusión.

Desean crear oportunidades económicas para los habitantes vulnerables de sus países y llevar el crecimiento a los hogares de las personas pobres y en situación relativamente desventajosa, sea que vivan con US$1 diario, US$2 diarios o US$10 diarios. Quieren ayudar a quienes poco antes hayan superado la pobreza extrema a obtener los recursos que necesitan para ingresar en la clase media. Quieren, además, que los logros alcanzados por ellos en las últimas décadas sean sostenibles desde el punto de vista social, fiscal y ambiental.

En Túnez, en enero último, me reuní con autoridades de la sociedad civil que ocupaban una posición de vanguardia en el movimiento que puso en marcha la primavera Árabe. Su mensaje fue inequívoco: si la prosperidad no se comparte en forma amplia, si no se basa en un proceso de desarrollo que abarque a todos los miembros de la sociedad, especialmente las mujeres y los jóvenes, las tensiones pueden volver a alcanzar el punto de fractura.

Creo firmemente, asimismo, que la prosperidad no solo debe ser compartida por personas, comunidades y naciones, sino que además debe ser intergeneracional. Si no actuamos de inmediato para frenar el cambio climático, legaremos a nuestros hijos y nietos un planeta irreconocible.

El Grupo  Banco Mundial está preparando una estrategia para reforzar considerablemente las actividades en el área  de cambio climático y contribuir a catalizar una acción urgente entre nuestros socios globales a nivel y a la escala necesaria. Estamos estudiando varias audaces ideas, incluidos nuevos mecanismos para respaldar y conectar a los mercados de carbono; planes viables desde el punto de vista político para eliminar los subsidios a los combustibles; más inversiones en  una producción agropecuaria inteligente en relación con el clima, y alianzas innovadoras para crear ciudades mas limpias. Estamos revisando nuestra labor en todos los sectores para asegurar que todos nuestros proyectos atiendan la necesidad acuciante de abordar la cuestión del cambio climático. Mediante una acción concertada en estos momentos aún se puede evitar tener un “planeta con 4 grados más de temperatura”.

Dos objetivos que servirán de orientación al Grupo del Banco Mundial

Permítaseme hablar ahora más concretamente acerca de la manera en que el Grupo Banco Mundial se está movilizando para aprovechar la oportunidad de poner fin a la pobreza extrema y fomentar la prosperidad compartida.

Establecimos dos objetivos que servirán de orientación a nuestra estrategia mientras continuamos nuestra transformación hacia un  banco de soluciones, colaborando con los países para encontrar soluciones a sus complejos problemas de desarrollo. No se trata de objetivos que el mismo Grupo Banco Mundial habrá de lograr. Se trata de objetivos que nuestros asociados, nuestros 188 países miembros, lograrán con el apoyo del Grupo Banco Mundial y la comunidad internacional del desarrollo.

El primer objetivo es terminar con la pobreza extrema antes del final de 2030. Al ser una meta asequible la erradicación de la pobreza extrema, queremos fijar un calendario más exigente para centrar nuestros esfuerzos y mantener el sentido de urgencia.

El plazo de 2030 es muy ambicioso. Si se tienen dudas, piénsese que el primer objetivo de desarrollo del milenio era reducir a la mitad la pobreza absoluta en un período de 25 años. Para alcanzar el objetivo de 2030 debemos reducir a la mitad la pobreza mundial una vez, luego reducirla a la mitad otra vez y después reducirla a la mitad por tercera vez, todo en menos de una generación. Si los países pueden lograr esto, la pobreza absoluta se reducirá a menos del 3%. Nuestros economistas fijan la meta en este nivel porque cuando se llegue a este nivel la naturaleza del desafío de la pobreza cambiará fundamentalmente en gran parte del mundo. De centrar la atención medidas estructurales generales se pasará a hacerlo en la solución del problema de la pobreza esporádica en grupos vulnerables específicos. Aunque seguiremos cumpliendo nuestra labor para ayudar a los que sufren pobreza esporádica y ocasional, se habrá ganado la lucha contra la pobreza masiva que los países han desplegado durante siglos.

Nuestro equipo considera que serán necesarios tres factores para lograr este resultado extraordinario.

Primero, para alcanzar nuestro objetivo antes del final de 2030 hará falta la aceleración de la tasa de crecimiento registrada en los últimos 15 años, y en particular un crecimiento alto y sostenido en Asia meridional y África al sur del Sahara.

Segundo, será preciso desplegar esfuerzos por aumentar la inclusión y reducir la desigualdad garantizando que el crecimiento se traduzca en la reducción de la pobreza y, lo que es más importante, a través de la creación de empleo.

Y tercero, será preciso evitar o mitigar posibles crisis, como desastres climáticos o nuevas crisis de los alimentos, de los combustibles o financieras.

Para terminar con la pobreza extrema antes del final de 2030 harán falta políticas nacionales que se centren decididamente en este objetivo, junto con una labor acelerada y coordinada por parte de los donantes, el sector privado y la sociedad civil. Muchos líderes mundiales, durante muchas décadas, han hablado de terminar con la pobreza. Para poner en práctica esta visión hará falta un nivel de compromiso de toda la comunidad internacional que esté a la altura de la envergadura de este desafío histórico.

Este compromiso debe manifestarse en recursos. Este año el Grupo  Banco Mundial está estudiando con sus asociados la reposición de recursos de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), nuestro fondo para los 81 países más pobres. Con la ayuda de la AIF, cientos de millones de personas han salido de la pobreza extrema. Asegurar una sólida reposición de recursos de la AIF es una de mis máximas prioridades.

Hará falta un esfuerzo extraordinario para alcanzar este objetivo en 2030. Pero ¿hay alguien en algún lugar que dude de que la recompensa a alcanzar no valga el esfuerzo? ¿Hay alguien que haya sobrevivido con menos de US$1,25 al día que no se uniría hoy a mí para decirles que es hora de terminar con la pobreza extrema? ¿Hay alguien que haya conocido los barrios pobres de Johannesburgo o Adís Abeba o Dhaka o Lima que no se comprometería a ayudar a construir una vida mejor para todos los que viven allí? ¿Hay alguien hoy aquí que no quisiera borrar esta mancha de nuestra conciencia colectiva?

Un mundo sin pobreza es una meta que podemos alcanzar. Es posible ayudar a todos los habitantes del planeta a asegurarse una salida, sin marcha atrás, de la pobreza y la permanencia en el rumbo hacia la prosperidad.

Eso me lleva al segundo objetivo: aumentar los ingresos del 40% más pobre de la población de cada país.

Esta medida capta los dos componentes de la prosperidad compartida: el imperativo del crecimiento económico junto con un pronunciado interés en la equidad. Exige que no solo nos preocupemos porque las economías en desarrollo se amplíen, sino que observemos directamente si aumenta el bienestar del segmento más pobre de la sociedad. Es un objetivo importante para todos los países.

Si bien nuestros esfuerzos se centran especialmente en los países que tienen menos recursos, no es solo en los países pobres que desarrollamos nuestra labor. Cumplimos nuestra labor en todos los países en que hay personas pobres, o donde la población encara la exclusión económica. Este objetivo asegurará que abordemos las prioridades de la equidad y la inclusión de manera más sistemática en todo nuestro proceso de adopción de decisiones estratégicas.

Acabo de estar en Brasil, donde vi cómo las políticas públicas cuidadosamente elaboradas pueden reducir extraordinariamente la desigualdad de ingresos. Brasil ha ampliado el acceso a la educación y ha puesto en práctica un programa de transferencias condicionadas en efectivo que eleva los ingresos de las personas más pobres. Otros países pueden adaptar estas y otras estrategias de reconocida eficacia para solucionar la desigualdad en sus situaciones peculiares. El éxito puede propagarse.

El Grupo Banco Mundial estará dispuesto a ayudar por lo menos de cuatro maneras distintas.

Primero, nos valdremos de la ayuda de estos objetivos para tomar decisiones entre prioridades encontradas al identificar los proyectos con los que podamos ejercer el mayor impacto. Estos objetivos servirán en gran medida de base para nuestras Estrategias de Alianza con los Países, los documentos minuciosos de políticas en los que se fijan nuestros objetivos para cada uno de nuestros países asociados.

La próxima semana, enviaremos a nuestro directorio ejecutivo una nueva Estrategia de Alianza con India, la primera de dichas estrategias diseñada teniendo en cuenta estos dos objetivos. La contribución de India para terminar con la pobreza mundial podría ser enorme. En los últimos cinco años, aproximadamente 50 millones de personas salieron de la pobreza en India. Pero en la próxima generación, estimamos que con un impulso concertado otros 300 millones de indios podrían salir de la pobreza extrema.

Segundo, haremos un seguimiento y observaremos de manera estrecha los avances alcanzados con miras al logro de estos objetivos, e informaremos anualmente sobre lo que se ha logrado y las lagunas que persisten.

Tercero, nos valdremos de nuestra capacidad de convocatoria y promoción para recordar constantemente a los formuladores de políticas y a la comunidad internacional lo que hace falta para el logro de estos objetivos.

Hace poco, varios políticos valientes se han comprometido a terminar con la pobreza en sus países, como Dilma Rousseff en Brasil y Joyce Banda en Malawi. Análogamente, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, hicieron suya la visión de terminar con la pobreza extrema a nivel mundial. Estas exhortaciones audaces exigen acciones. El Grupo Banco Mundial será un promotor  permanente y un asociado leal para alentar a los formuladores  de  políticas a que cumplan con sus promesas frente a los pobres.

Y cuarto, colaboraremos con nuestros socios para intercambiar conocimientos acerca de las soluciones para terminar con la pobreza y promover la prosperidad compartida.

Para alcanzar sus objetivos de desarrollo, los países necesitarán políticas acertadas y financiamiento suficiente. Pero también necesitarán mejorar la ejecución: cómo aplicar las políticas en el terreno para lograr resultados.

Cada vez en mayor medida, los países acuden al Grupo Banco Mundial en busca de apoyo para solucionar problemas en la ejecución. Nos dicen que tienen números sin precedente de niños que asisten a la escuela, pero las pruebas revelan que son demasiados los que no pueden leer ni escribir antes de terminar el quinto grado. Se han aprobado planes de nuevas plantas de saneamiento, o nuevas carreteras, o nuevos puentes, pero años después aún no se han terminado. Estas son deficiencias en la implementación, y en el caso de muchos países ellas constituyen el obstáculo más grande para los logros en materia de desarrollo.

Por ese motivo estamos colaborando con los países y los socios para crear lo que denominamos la ciencia de la implementación para el desarrollo. A medida que se asiente, este nuevo ámbito proporcionará conocimientos, instrumentos y redes de apoyo a los profesionales de primera línea del desarrollo. Los conectará con sus pares de todo el mundo que pueden ayudarlos a solucionar problemas en tiempo real. Ingenieros encargados de la modernización de las redes eléctricas en la República de Georgia, por ejemplo, recibirán asesoramiento de colegas de Chile que encararon desafíos semejantes.

Habilitando sistemáticamente estas conexiones, la ciencia de la implementación multiplicará el impacto de los expertos encargados de la solución de problemas dentro y fuera del Grupo  Banco Mundial: las personas que están en el terreno tratando de encontrar la manera de proporcionar energía solar a medio millón de mongoles nómadas, o ayudando a aldeanos de Costa Rica a llevar a cabo las tareas de reconstrucción después de un terremoto, o elaborando un conjunto de medidas financieras que pueda reactivar una línea ferroviaria en dificultades de África oriental.

Al promover el ámbito emergente de la ciencia de la implementación, ayudaremos a nuestros socios a aprender unos de otros y a elevar al máximo el impacto de cada dólar gastado para terminar con la pobreza y promover la prosperidad compartida.

Conclusión: ¿Qué clase de mundo dejaremos a nuestros hijos?

Para terminar, permítanme señalar que este viernes estaremos a 1000 días de terminar el año 2015, el vencimiento del plazo para el logro de los objetivos de desarrollo del milenio. Si bien los avances en el logro de los ODM han sido extraordinarios, continúan siendo desparejos entre las distintas poblaciones y países. Debemos aprovechar estos últimos 1000 días para avanzar con un sentido mucho mayor de urgencia para mejorar la vida de los niños y sus familias.

Al mismo tiempo que intensificamos nuestra labor, también debemos centrarnos en lo que viene después, y en cómo podemos mantener la atención insoslayablemente centrada en los años venideros. Con nuestros asociados, el Grupo Banco Mundial está en proceso de establecer un marco para un programa audaz de desarrollo para después de 2015 para acelerar más los logros en materia de desarrollo.

Sin embargo todos sabemos que el progreso no es inevitable. Ello me viene a la mente cuando pienso en un momento de la historia del movimiento de los derechos civiles de los afroamericanos hace exactamente 50 años este mes.

En abril de 1963, el Dr. Martin Luther King fue arrestado en Birmingham, Alabama, por encabezar una ola de protestas masivas con el objeto de forzar a las autoridades locales a acelerar las reformas contra la segregación. Muchos líderes religiosos blancos moderados, gente que se consideraba a sí misma aliada de la lucha por los derechos civiles, reprobaba lo que denominaba tácticas “extremistas” de King. Uno de ellos escribió una carta al Dr. King en la que sostenía que toda persona reflexiva sabía que los afroamericanos terminarían consiguiendo sus derechos, pero que King había actuado de manera “inoportuna e imprudente”para forzar el cambio antes del momento indicado.

En su “Carta desde la cárcel de la ciudad de Birmingham”, el Dr. King respondió que la actitud de los blancos moderados se debía a una “trágica mala interpretación” de que el tiempo traería “inevitablemente” el progreso. King escribió textualmente: “El progreso humano nunca llega montado sobre las ruedas de la inevitabilidad: llega mediante los incansables esfuerzos de [hombres y mujeres]”.

La injusticia no desaparecerá “inevitablemente”. La injusticia, afirmó el Dr. King, debe “ser extirpada mediante una acción poderosa, persistente y decidida” estimulada por “la urgencia del momento”.

Al fijar objetivos para nuestra organización, objetivos para nuestro esfuerzo colectivo por atender mejor las necesidades de los pobres y vulnerables, debemos reflexionar acerca del ejemplo del Dr. King.

Fijamos objetivos precisamente porque nada es inevitable. Fijamos objetivos para hacer frente a los obstáculos externos, y también para desafiar nuestra propia inercia. Fijamos objetivos para mantenernos alertas ante la “urgencia del momento”, para desafiar constantemente nuestros propios límites. Fijamos objetivos para evitar caer en el fatalismo o la complacencia, ambos enemigos mortales de los pobres.

Fijamos objetivos para que todos los días, a toda hora, podamos tener certeza de que nuestras acciones están en armonía con nuestros valores más profundos, esos valores que podemos sostener sin vergüenza ante el juicio de la historia.

Si actuamos hoy, si trabajamos implacablemente por la consecución de estos objetivos de erradicar la pobreza extrema y fomentar la prosperidad compartida, tenemos la oportunidad de crear un mundo para nuestros hijos que se caracterice por oportunidades para todos  y no por marcadas inequidades. Un mundo sostenible donde todos los hogares tengan acceso a energía limpia. Un mundo en el que todos tengan alimentos suficientes. Un mundo en el que nadie muera por causa de enfermedades que se pueden prevenir.

Un mundo sin pobreza.

Es el mundo que todos queremos para nosotros mismos, nuestros hijos, nuestros nietos y todas las generaciones futuras.

Como decía el Dr. King, “siempre es el momento apropiado para hacer lo que es correcto”. La oportunidad está manifiestamente ante nosotros. Podemos y debemos tomar el arco de la historia e inclinarlo hacia la justicia.

Muchas gracias.