Discursos y transcripciones

Discurso de Jim Yong Kim, Presidente del Grupo del Banco Mundial, en la sesión plenaria de las Reuniones Anuales: Un Grupo, dos objetivos: Nuestra senda futura

Presidente del Grupo del Banco Mundial, Jim Yong Kim

La sesión plenaria de las Reuniones Anuales

Washington, DC, Estados Unidos

Octubre 11, 2013

Alocución inicial

Gracias, señor presidente.

Señor presidente, señores gobernadores, distinguidos invitados:

Buenos días. Es magnífico encontrarme con todos ustedes en el día de hoy. Esta es la segunda serie de Reuniones Anuales en que participo y, en visión retrospectiva sobre lo acontecido en este último año, mucho agradezco toda la orientación y todo el respaldo que he recibido de los gobernadores, de Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), y de tantas personas aquí presentes en el día de hoy. Muchísimas gracias.

En esta oportunidad desearía comenzar con una breve reseña sobre el estado de la economía mundial y sobre las lecciones que ello nos ofrece al dirigir nuestra mirada al futuro del Grupo del Banco Mundial.

Como bien sabemos todos los aquí presentes, seguimos viviendo en un período de incertidumbre.

En el presente año se registra un crecimiento lento en Estados Unidos, Europa y Japón, pero debemos señalar también que esta es la primera vez en varios años que en esos lugares se avanza en una dirección positiva. En los países en desarrollo, el crecimiento se desaceleró en el primer semestre del año, pero los primeros indicios señalan un impulso más vigoroso en el tercer trimestre.

No obstante, el atasco político que se da hoy en Washington y la inquietante proximidad del vencimiento del plazo en lo relativo al tope máximo de la deuda de los Estados Unidos comienzan a perturbar los mercados mundiales. Instamos a los encargados de formular las políticas aquí en Washington a encontrar cuanto antes una solución que evite las consecuencias potencialmente catastróficas de un incumplimiento. Hace apenas dos años, en 2011, constatamos que una situación próxima al incumplimiento de la deuda de los Estados Unidos suscitó graves repercusiones que se prolongaron durante meses. La situación, esta vez, podría ser más grave. La incertidumbre y la volatilidad imperantes dificultan aún más el acceso de los países en desarrollo al financiamiento que necesitan, con la consiguiente desaceleración potencial del ritmo de la inversión y un impacto negativo en el crecimiento. Y las personas pobres y vulnerables serían las más perjudicadas.

En el mundo en desarrollo, las economías ya experimentaron perturbaciones hace pocos meses, tras el anuncio, por el Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, en mayo, de una eventual atenuación de la flexibilización cuantitativa. Tan solo la posibilidad de una reducción de la escala de las compras de bonos provocó la disminución de la afluencia de capital, el aumento de las tasas de interés y depreciaciones monetarias en varios grandes países de ingreso mediano.

Hace tres semanas, el anuncio de la Reserva Federal de una postergación de la referida atenuación alivió la situación en los mercados y detuvo el proceso alcista de las tasas de interés mundiales a largo plazo, lo que constituyó una tregua para las economías más vulnerables.

No obstante, este respiro no significa que los encargados de formular las políticas deban bajar la guardia. Por el contrario, deberían aprovechar esa pequeña ventanilla para aumentar la capacidad de adaptación de sus economías a través de una adecuada gestión macroeconómica, fortalecer los balances y asentar sus sistemas financieros sobre bases más sólidas.

Ese ha sido, a lo largo de los años, el tipo de recomendaciones del Grupo del Banco Mundial que muchos países han aprendido a valorar, pese a los inconvenientes que suscite su aplicación. Sin embargo, el propio Banco Mundial durante mucho tiempo no ha seguido sus propias recomendaciones. En realidad, con frecuencia hemos postergado la adopción de medidas penosas.

Esa actitud está cambiando. Estamos aplicando nuestra propia receta. Estamos fortaleciendo nuestra disciplina financiera para ser más eficientes e incrementar los ingresos. Tal como lo recomendamos a los ministros de Hacienda, también debemos planificar a más largo plazo, apuntalar nuestra base de ingresos, buscar maneras de hacer economías y sentar bases más sólidas para los años venideros. Lo estamos haciendo por una sencilla razón, y es que hace seis meses, nuestros gobernadores respaldaron dos objetivos: poner fin a la pobreza extrema a más tardar en 2030 e impulsar la prosperidad compartida para el 40% más pobre de la población de los países en desarrollo. Si aspiramos a un pronunciado mejoramiento de la situación de los pobres, si nuestra labor ha de estar en consonancia con nuestros objetivos, debemos ser tan eficientes y específicos como sea posible.

En nuestra búsqueda de economías, trataremos de reducir costos por un monto anual no inferior a los US$400 millones de aquí a tres años. Lo lograremos revisando todas nuestras políticas y procesos. Este programa comprende la reducción de los costos de viajes y bienes raíces, así como la simplificación de nuestra burocracia y una revisión estratégica de nuestra dotación de personal. Esas economías beneficiarán directamente a nuestros clientes, en un contexto en que reprogramaremos esos recursos, destinándolos a financiar nuevos préstamos.

Nuestro examen financiero, sin embargo, no se limita a encontrar medios de reducir costos. Se trata, asimismo, de reformar el proceso de presupuestación del Grupo, alineándolo con nuestra estrategia y realizando intensos análisis sobre nuevas maneras de aumentar nuestros ingresos para prestar mejores servicios a nuestros clientes. Ello podría lograrse creando nuevos instrumentos financieros y acelerando el crecimiento de la Corporación Financiera Internacional (IFC), la institución del Grupo del Banco Mundial que se ocupa del sector privado, y del Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (MIGA), que proporciona seguros contra riesgos políticos. Estoy convencido de que, a largo plazo, el Grupo del Banco Mundial se convertirá en un protagonista más influyente en materia de desarrollo, y ello por una sencilla razón: porque posee singulares atributos para ofrecer a sus clientes soluciones de desarrollo en toda la gama de sectores, países, temas y asociados. Las diversas necesidades de los países de ingreso mediano bajo y de ingreso mediano seguirán evolucionando, y estamos decididos a convertirnos en un asociado cada vez más indispensable para ayudarlos a hacer frente a los desafíos más arduos que tienen ante sí, como los de crear empleo y abordar la cuestión del cambio climático.

En la próxima primavera boreal, cuando volvamos a reunirnos, ese examen financiero habrá revelado resultados adicionales. En abril del próximo año, presentaremos una nueva hoja de ruta de nuestras finanzas. Incorporaremos medidas tendientes a incrementar nuestros ingresos, aumentar nuestra capacidad financiera para prestar servicios a los clientes y mejorar nuestra eficiencia. Mañana, el Comité para el Desarrollo analizará la primera estrategia con que haya contado jamás el Grupo del Banco Mundial para aunar la labor de todos los componentes del Grupo en pos del logro de nuestros dos objetivos.

Pero retrocedamos un momento para examinar la situación de pobreza extrema que se vive en el mundo y lo que hará falta para alcanzar nuestros objetivos. Ayer mismo publicamos un informe que muestra que, en el mundo, una de cada tres personas que padecen pobreza extrema es un niño, lo que equivale a más de 400 millones de niños. ¿Qué motivo más poderoso necesitamos para acelerar el avance hacia el objetivo de poner fin a la pobreza extrema a más tardar en 2030? ¿Cómo podríamos, en conciencia, no hacer todo lo que esté a nuestro alcance para sacar de la pobreza a 400 millones de niños, a sus familias, y a cientos de millones de personas más, y ofrecerles oportunidades en la vida?

Se ha dicho que debemos actuar con mayor sentido de urgencia en la consecución de ese objetivo. Hace apenas dos días anunciamos que, para estar en camino de llegar al 3% de la población que vive en situación de pobreza extrema a más tardar en 2030, debemos llegar al 9% a más tardar en 2020. Ello constituiría un logro histórico, pero no será fácil.

Nuestros economistas concluyeron que el porcentaje de personas que viven en situación de pobreza extrema en el mundo tendría que estar próximo al 8% a más tardar en 2030 para que la tasa de crecimiento de los países en desarrollo se mantenga en el nivel registrado en las dos últimas décadas. Ello significaría también que la pobreza seguiría siendo obstinada e inaceptablemente elevada en muchos países de ingreso bajo. Hemos concluido que la única manera de poner fin a la pobreza extrema será que muchos países en desarrollo crezcan a las tasas más aceleradas que hubieran registrado en algunos períodos de las dos últimas décadas.

Lo expresado ilustra la verdadera naturaleza del desafío que tenemos por delante y significa que no podemos volver a hacer las cosas como antes. Cuando asumí mi cargo en el Grupo del Banco Mundial hace unos 16 meses, me encontré con un personal dotado de un enorme acervo de conocimientos y experiencia, pero que también se sentía frustrado. Muchos funcionarios querían que su labor tuviera un mayor impacto. Les irritaba una burocracia que había convertido en silos a nuestras seis unidades regionales, cada una de las cuales se mostraba reacia a compartir sus conocimientos técnicos especializados con las demás. Es así que si la autoridad máxima de un país con costos incontrolados de atención de la salud y la construcción de nuevos hospitales en un distrito tras otro recurría a nosotros en busca de asesoramiento sobre cómo controlar los costos, gustosamente se lo brindábamos, pero esa asesoría casi siempre se limitaba a la región correspondiente al país en cuestión.

En nuestro nuevo modelo de organización, cuando se nos pide ayuda acudimos a todos los componentes del Grupo y ofrecemos los conocimientos y la experiencia mundiales más modernos, de última generación, contando para ello con una base de avezados expertos conocedores de los mecanismos que en nuestra organización o fuera de ella hayan dado, o no, resultados favorables en todas las regiones del mundo. Dentro de seis meses, habrá nuevos cargos directivos para todas las Prácticas Mundiales, con lo cual se habrá puesto en marcha la reorganización de una gran parte del Grupo, en un proceso que abarcará a unos 4000 expertos técnicos.

Nos hemos comprometido, asimismo, a ser un asociado con el que resulte más fácil trabajar. El año pasado, durante las Reuniones Anuales celebradas en Tokyo, un ministro de Hacienda me dijo, frente a un numeroso grupo de personas, que en sus primeros meses de trabajo en su cargo había tenido la sensación de que su cometido consistía en dedicar largas horas a conocer nuestra compleja estructura orgánica para entender cómo trabajábamos. Señaló que la burocracia era tan compleja, que la frustración que experimentaba lo había llevado a alejarse de nosotros.

Esto jamás debería suceder. Una institución de desarrollo no puede funcionar eficazmente si sus clientes se sienten confundidos y si su más preciado valor —los conocimientos— está encapsulado dentro de silos estancos, sin comunicación entre sí. Al igual que una empresa, una institución de desarrollo tiene que hallar soluciones innovadoras, captar las mejores prácticas y compartir las enseñanzas acerca de lo que da o no da resultado en forma amplia y con la mayor rapidez posible.

Esta es mi promesa: el Grupo del Banco Mundial compartirá abiertamente sus conocimientos y experiencia con los 188 países miembros, el sector privado y la sociedad civil.

El caso del ministro de Hacienda frustrado me ayudó también a definir debidamente el concepto de éxito: espero que en el futuro los ministros de Hacienda y de Desarrollo digan que la respuesta de nuestra institución ha mejorado, que es más fácil trabajar con nosotros y que el Grupo les proporciona invalorables conocimientos mundiales para resolver problemas de desarrollo locales. En los próximos años, a medida que nos vayamos convirtiendo en ese Grupo del Banco Mundial, no solo tendremos éxito según la óptica de los ministros, sino que también lo lograremos según la óptica de quienes más nos interesan: las personas pobres y vulnerables.

Sin embargo, sabemos que debemos hacer más que reformar nuestra estructura. Es preciso que también modifiquemos nuestra cultura interna. En lo referente a nuestro personal, ello implica que premiaremos la colaboración, el desempeño y la responsabilidad, y todo ello ligado a nuestros objetivos de poner fin a la pobreza e impulsar la prosperidad compartida. Queremos crear una cultura que retenga a nuestros funcionarios más motivados y talentosos y haga del Grupo del Banco Mundial un destino atractivo para las personas más aptas y brillantes. Todos debemos identificarnos con el cambio.

Usaremos nuestros conocimientos para convertirnos en una entidad más audaz. Permítaseme dar un ejemplo. Hoy ponemos en marcha una iniciativa encaminada a universalizar, a más tardar en 2020, el acceso a servicios financieros para los adultos en edad de trabajar. A nivel mundial, 2500 millones de adultos carecen de mecanismos que les permitan ahorrar, para no hablar de pagar cuentas a través de una cuenta de ahorro o un teléfono móvil. Creo que podemos trazar una senda que lleve a universalizar el acceso a servicios financieros reuniendo múltiples enfoques y tecnologías. En ello consiste, precisamente, el tipo de proyecto ambicioso que puede contribuir a sacar de la pobreza a muchas personas, especialmente las mujeres.

Realizaremos, además, mediciones más precisas para determinar si nuestros programas son eficaces, lo que implica una mejor entrega, en lo que hemos venido denominando “la ciencia de la entrega”, que básicamente consiste en centrar la atención en forma mucho más rigurosa y sistemática en los resultados. Para contribuir al logro de estos resultados, he puesto en marcha el proceso de creación de una Unidad de Entrega, dependiente de la presidencia del Grupo, que, según me consta, será la primera de este tipo en un organismo multilateral.

Inicialmente examinaremos varios aspectos de nuestra labor que constituyen adecuados indicadores de nuestro desempeño en el terreno y dentro de nuestra organización. Realizaré personalmente el seguimiento de todos esos aspectos. Los siguientes son tres ejemplos:

Primero, nos consta que debemos reducir los obstáculos administrativos. Prometemos reducir en un tercio el tiempo de tramitación de las transacciones, desde la idea de un proyecto hasta el primer desembolso de fondos.

Segundo, debemos aprender a escuchar más. El año pasado recibimos opiniones de beneficiarios del 34% de nuestros proyectos. Prometemos obtener retroinformación sobre todos nuestros proyectos cuyos beneficiarios estén claramente determinados; la obtendremos de cada beneficiario, del 100% de ellos.

Tercero, nos consta la necesidad de que nuestros asociados y clientes sepan en qué esferas operamos para coordinar mejor el uso de todos nuestros recursos colectivos. Prometemos enriquecer nuestros mapas con detalles que permitan a cualquier persona entrar en línea, hacer clic en los mapas y enterarse de inmediato en qué esferas operamos y qué estamos haciendo.

Además, estamos reafirmando nuestro compromiso de operar en Estados frágiles y afectados por conflictos, e incrementaremos considerablemente el financiamiento que otorgamos a través de IFC y de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), nuestro fondo para los más pobres. La AIF ha logrado resultados transformadores en esos difíciles contextos, y la decimoséptima reposición de los recursos de la Asociación (AIF-17) nos ayudará a acelerar el ritmo de esa labor en los próximos tres años.

En Afganistán, esto significa avanzar a partir de los éxitos logrados con numerosos asociados en materia de educación de las niñas. Hace apenas 12 años, gran parte de las niñas afganas carecía de acceso a la enseñanza primaria. Hoy, con ayuda de la AIF y de otros donantes, casi tres millones de niñas asisten a la escuela primaria y la matriculación de mujeres ha aumentado espectacularmente en universidades, escuelas de formación profesional y programas de desarrollo empresarial.

En Malí, país donde se ha restablecido la democracia tras 18 meses de conmociones, nuestras instituciones —la AIF, IFC y MIGA— trabajan juntas como un Grupo del Banco Mundial unificado para contribuir al aumento del potencial hidroeléctrico no contaminante, incrementar la producción de alimentos y lograr mejoras en materia de educación y buen gobierno. La AIF cumple en Malí un papel decisivo en pos de un progreso sostenible financiando programas de ayuda para quienes están excluidos del proceso de desarrollo: mujeres, pobres, grupos minoritarios. A través de esos programas estamos tratando de llegar a la raíz de los problemas.

Asimismo, en Myanmar, país que se halla en medio de un proceso de transición hacia la democracia, estamos ayudando al Gobierno a pasar de una economía centralizada a una más orientada hacia el mercado. Hemos ayudado a establecer, hace apenas unas pocas semanas, un banco central políticamente independiente, lo que promoverá la estabilidad económica y financiera. Además, como el 75% de los habitantes de ese país carecen de electricidad, nuestro Directorio Ejecutivo aprobó recientemente un crédito de la AIF de US$140 millones para la construcción de una central no contaminante y de bajo consumo energético alimentada a gas natural.

Esos ambiciosos programas en Afganistán, Malí y Myanmar son solo algunos ejemplos de la labor que realiza el Grupo del Banco Mundial para convertirse en un banco de soluciones más eficaz para países frágiles.

En la última década, la AIF ha tenido un impacto extraordinario, como el financiamiento de inmunizaciones para 600 millones de niños y un mejor acceso a servicios de salud y de abastecimiento de agua para alrededor de 120 millones de personas. Para avanzar a partir de esa labor, generar un impacto transformador y alcanzar nuestros objetivos, este año necesitamos una sólida AIF-17, lo que contribuirá a crear más puestos de trabajo, aumentar las oportunidades educativas para las niñas y hacer frente a los riesgos del cambio climático.

La AIF está ayudando asimismo a crear instituciones sólidas —desde las de administración de los ingresos derivados de la explotación de recursos naturales hasta las de administración tributaria— que ayuden a los países a financiar su propio desarrollo. Pero necesitamos la asistencia de ustedes. Les solicitamos que incrementen sus aportes en la medida en que puedan y que, como mínimo, mantengan su invalorable contribución a la AIF. He asumido el compromiso de hacer de la AIF el mejor instrumento posible para que la comunidad mundial pueda afrontar los más arduos y complejos problemas de desarrollo en los lugares donde se registran más dificultades.

Para concluir, quisiera señalar que nuestra institución, creada hace 69 años, ha logrado muchos y grandes éxitos. Trabajando junto a Gobiernos y asociados en la tarea del desarrollo hemos contribuido a sacar de la pobreza extrema a cientos de millones de personas.

Estamos empeñados en ser aún más eficaces, y para ello actuaremos con audacia y sin temor.

Y siempre nos pronunciaremos categóricamente a favor de los pobres y los indefensos. Como señaló en una oportunidad el doctor Martin Luther King hijo, “[n]uestras vidas empiezan a terminar el día que guardamos silencio sobre las cosas que importan”. Nuestro objetivo es claro, nuestra voz no desfallece. Nadie debe vivir en las terribles condiciones de una pobreza extrema, con menos de US$1,25 por día. La pobreza extrema en nuestro mundo es moralmente condenable y más difícil de presenciar cada día que pasa. Juntos debemos, urgentemente, sacar de la pobreza extrema a 1000 millones de personas; debemos ayudarlas a recuperar la dignidad, a hallar esperanzas, y a introducir en sus propias vidas —y en el futuro del mundo entero— un cambio positivo.

Muchas gracias.