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Notas sobre los Riesgos Socio-Políticos

que enfrentan Procesos de Empoderamiento y Desarrollo Inclusivo

(con algunas recomendaciones)

 

 

 

 

Carlos H. Acuña

Universidad de San Andrés

Buenos Aires, Argentina

 

 

 

Trabajo cuya versión original fue preparada para el

Taller Internacional sobre Participación y

Empoderamiento para un Desarrollo Inclusivo

(Lima, Perú - Julio 9 –11 de 2001)

 

 

Organizado por el Banco Mundial

 

&

 

Auspiciado por:

 

Gobierno del Perú

Gobierno de Holanda

Department for International Development – UK

Banco Mundial

 

 

 

 

Buenos Aires, Octubre de 2001
Notas sobre los Riesgos Socio-Políticos

que enfrentan Procesos de Empoderamiento y Desarrollo Inclusivo

(con algunas recomendaciones)

 

 

. Introducción

 

Estas notas surgieron con el objetivo de brindar un contexto de variables socio-políticas para la evaluación y análisis de casos a llevar adelante durante el “Taller Internacional sobre Participación y Empoderamiento para un Desarrollo Inclusivo” (organizado por el Banco Mundial en Lima, Perú - Julio 9 –11 de 2001).

 

El objetivo apunta a acentuar aspectos claves para procesos de empoderamiento e inclusión socio-política que, a pesar de su relevancia, no se ven suficientemente contemplados en el análisis y/o en el diseño de estrategias para alcanzarlos. Estos aspectos se exponen en dos capítulos. El primero, “Recetas universales y diversidad en América Latina” argumenta que el empoderamiento  y el desarrollo inclusivo deben alejarse de la tentación de recetas universales frente a una realidad como la latinoamericana, caracterizada por muy distintas situaciones socio-nacionales así como muy diversos tipos de pobreza y exclusión, por lo que acciones pertinentes en una situación no lo son, necesariamente, en otra. El segundo, “Llamados de atención a la hora de diseñar estrategias de empoderamiento y desarrollo inclusivo”, resalta seis aspectos puntuales usualmente no suficientemente tomados en cuenta por las recomendaciones de política de los organismos multilaterales de desarrollo como Banco Mundial, BID o aquellos ligados a Naciones Unidas:

 

1.                  No hay sociedad civil fuerte sin un estado fuerte

 

2.                  No hay estado o instituciones públicas de lujo en sociedades pobres

 

3.                  No hay descentralización (política y de servicios) funcional al empoderamiento y la inclusión, a) que sea válida en todo momento y lugar, y b) sin la simultánea centralización de ciertas funciones y responsabilidades públicas

 

4.                  No hay empoderamiento sustentable de los excluidos sin aceptación de consecuencias riesgosas (incertidumbre sobre los resultados)

 

5.                  No hay empoderamiento e inclusión sin un “para qué” o ámbito en el que se despliega esta capacidad

 

6.                  No hay empoderamiento e inclusión integral de los excluidos, sin conflictos y participación de no excluidos

 

Es de destacar que los argumentos desarrollados en este trabajo son resultado de diversos estudios socio-políticos (propios de la Ciencia Política y del análisis de las políticas públicas) por lo que su carácter resulta de una lógica predominantemente académica. Sin embargo, el hecho que este documento, a) cumple una función de aporte a la discusión y elaboración de estrategias político-institucionales conducentes al empoderamiento e inclusión de pobres y excluidos en América Latina; y b) tiene como destinatarios a policy makers, cuadros de organismos multilaterales de desarrollo, de organizaciones de la sociedad civil y de base; ha determinado un formato de estilo algo coloquial, alejado de la extensión, exhaustiva fundamentación, numerosas jugosas notas a pie y persistentes referencias bibliográficas, propias del juego de la validación académica (aunque algo de esto sea inevitable).

 

El contexto de estas notas parte del reconocimiento que los organismos y bancos multilaterales de desarrollo, como el Banco Mundial, tienden, por la necesidad de contar con pautas de acción y prioridades para decidir líneas de financiamiento, a plasmar sus recomendaciones bajo la forma de recetas que se presumen universalmente válidas o, al menos, regionalmente pertinentes. La fuerza o grado de rigidez de estas generalizaciones ha variado según el mayor o menor dogmatismo que ha caracterizado en distintos periodos al paradigma o teoría predominante en sus diagnósticos y análisis. Hoy, habiendo en parte superado el economicismo propio de los años ochenta, que desestimaba la relevancia de lo político y lo institucional, los organismos multilaterales enfrentan el riesgo de mantener posturas dogmáticas y generales que siguen asumiendo que porque los síntomas observados (como exclusión socio-política y económica o ineficiencia e ineficacia de las políticas públicas) tienen algo de parecido a través de regiones, el problema se resuelve con las mismas recetas. Por el carácter de este documento vamos a obviar la fundamentación de por qué esta forma analítica predominante en los supuestos de las recomendaciones de política de los organismos multilaterales reproduce la falacia de la afirmación del consecuente, lo que condena a muchas de las recomendaciones universales a estar basadas en un error lógico insalvable o, en otras palabras, en la falta de fundamento válido. Por otra parte, si bien tampoco es este el lugar donde analizar las diferencias teóricas y político-institucionales entre la primera generación de reformas que impulsaron los Bancos Multilaterales de Desarrollo en la década de los años ochenta hasta principios de los noventa y, la subsecuente, segunda generación de reformas, que llega hasta el presente, son de destacar algunos puntos. La búsqueda de recetas universalmente válidas reconoce dos momentos: la búsqueda de la receta en forma deductiva y la búsqueda de la misma en forma inductiva. La primera etapa, ligada a la “primera generación de reformas”, buscaba la receta de políticas deduciendo a partir de modelos abstractos con fuertes presupuestos economicistas en el sentido que las reformas de los mercados tendrían un efecto “de arrastre” sobre las dinámicas políticas e institucionales. La lógica teórica que animaba esta etapa no contemplaba una segunda, por lo que no se asumía como una primera generación sino como “hija única”. La segunda etapa, que surge a partir del reconocimiento de las limitaciones y fallas de la primera etapa de reformas, centra la atención en lo institucional y rescata la importancia del reconocimiento y el valor de las “buenas prácticas”. Ahora, el poder de las recetas no estaría en su consistencia lógico-deductiva a partir de modelos formales sino en el aprendizaje y generalización de experiencias que se habían mostrado exitosas. El camino es inverso, de la experiencia exitosa se inducen conclusiones y recomendaciones generales

 

Sin embargo, ambas formas de elaborar recomendaciones, más allá de las diferencias en términos de su direccionalidad lógica, comparten dos importantes debilidades. Primero, ambas persiguen la elaboración de recomendaciones universalmente válidas, más allá del contexto específico dentro del cual las políticas o prácticas deben ser aplicadas. Segundo, comparten el intento o ilusión de proveer un menú o receta detallado, similar a la sugerencia de la escritura de “contratos completos”, algo que ha sido hace ya tiempo descartado en la literatura económica sobre contratos, incluso para intercambios mucho más simples que procesos de reforma socio-económica o político-institucional.[1]

 

En síntesis, los apartados que siguen apuntan a argumentar las razones para desconfiar de la eficiencia y eficacia de recetas universales. La simplificación que estas conllevan resulta en una doble debilidad: a) al no reconocer las especificidades propias de nuestras sociedades, tienden a proponer acciones que, aunque pertinentes para algunas situaciones, se muestran impropias para otras; b) esta simplificación, por su raíz economicista, también se muestra débil a la hora de identificar complicaciones claves –esto es, ineludibles y en el corazón de la problemática en cuestión- ligadas a los aspectos político-institucionales y conflictivos propios de procesos de inclusión y redefinición de la distribución de poder en una sociedad.

 

I. Recetas universales y diversidad en América Latina

 

La forma de pensar y encarar el desafío de la organización y empoderamiento de los pobres y excluidos en América Latina, debe partir del reconocimiento de las diferencias que caracterizan a nuestras sociedades. Estas diferencias muestran, al menos, un carácter nacional o por región, por un lado, y por tipo de pobreza o exclusión, por el otro.

 

a)      Diferencias nacionales/regionales

América Latina muestra un mosaico de muy diversos de tipos de sociedades en términos políticos, sociales y económicos. Veamos algunas de las posibles clasificaciones (o puntos de partida/condiciones iniciales de nuestras sociedades), ineludibles al diseñar cursos de acción político-institucionales.

 

            . por régimen político: la nueva ola de democratización que ha cubierto en las últimas dos décadas a América Latina , esconde no sólo realidades como la cubana, (y, hasta hace poco, México y Perú) sino también democracias que, por distintas razones, han visto minadas sus fundaciones (como Colombia o Venezuela). Por otra parte, así como existen diversos tipos de autoritarismos también existe diversidad entre el tipo de democracias: están las que muestran clara predominancia de los partidos políticos y poca presencia de intereses colectivos (democracias pluralistas), las que combinan una fuerte presencia partidaria con las organización y participación de intereses socio-económicos como los sindicales y empresariales (neo-corporativas), y aquellas que articulan la lógica partidaria con canales de participación de intereses de la sociedad civil en los que no predomina la lógica socio-económica sino la organización y representación de otros diversos intereses (mostrando América Latina algunas democracias con aceitados canales de participación ciudadana independientes de los partidos políticos y, simultáneamente,  otras con importantes niveles de exclusión y barreras a la participación de las organizaciones de la sociedad civil).

 

. por organización político-regional: algunos de nuestros son países muestran una alta concentración de la decisión política a nivel nacional –unitarios- y otros una alta desconcentración de la lógica de representación y toma de decisiones, usualmente a niveles de provincias o estados –federales-. Algunos de los países formalmente federales desde el siglo XIX están, por su histórica inestabilidad política, recién, y de la mano de la novedosa estabilidad democrática, experimentando las ventajas y obstáculos que conlleva el federalismo. Algunos de nuestros países unitarios y algunos de nuestros federales han experimentado con diferente intensidad, y diversas características político-institucionales, con el corrimiento de procesos de representación, toma de decisiones, diseño e implementación de políticas públicas a niveles municipales.  Otros mantienen un férreo control de procesos de representación e implementación de políticas públicas a nivel nacional o subnacional pero sin llegar a lo municipal.

 

            . por organización político-gubernamental: las democracias funcionan a partir del principio de división de poderes. Esta división supone la búsqueda de un equilibrio institucional entre los órganos de gobierno en los que se plasma la representación de las preferencias de la ciudadanía, la decisión de políticas públicas y su implementación.  Este equilibrio entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, apunta a evitar la predominancia de uno sobre otro: el cumplimiento de las leyes y resguardo de los derechos, la hechura de las leyes y el diseño e implementación de políticas, son funciones específicas, autónomas, y mutuamente relacionadas en una democracia. Sin embargo, las democracias latinoamericanas muestran muy diversos equilibrios entre los poderes de gobierno que las constituyen. No sólo se encuentran regímenes con poca presencia del parlamento frente al Ejecutivo, o regímenes en los que la autonomía del Judicial es inexistente frente al Ejecutivo. También se pueden observar democracias en las que existe autonomía del Judicial, pero una autonomía que no es funcional para control del Ejecutivo o del Legislativo, sino para maximizar intereses corporativos y/o corruptos enquistados en la propia judicatura. Democracias, entonces, con mayor o menor fuerza en su división de poderes, o democracias en las que las división de poderes muestra significados muy diversos son, en definitiva, muy distintas democracias y muestran una potencialidad (y necesidad) institucional radicalmente distinta.

 

            . por organización político-partidaria: detrás de la afirmación que los partidos políticos en América Latina ven su papel debilitado y enfrentan un problema de legitimidad (como de todas las democracias), se esconden muy distintas realidades. Desde la crisis partidaria en sociedades (como Perú o Venezuela) donde los partidos tradicionales cayeron en una cuasi desaparición electoral (más allá de recomposiciones cuya sustentabilidad temporal queda en cuestión), a radicales aperturas como la mexicana, o a situaciones de atomización y fuerte participación de partidos nuevos (como Brasil) o el mantenimiento de los partidos tradicionales (como Chile) o un equilibrio inestable entre partidos tradicionales y “terceras fuerzas” (como Argentina), América Latina además muestra organizaciones partidarias con lógicas que representan el predominio de distintos intereses: regionales, de intereses de clase, de intereses populistas o de intereses sin una clara relación con la lógica de su estructura socio-económica. En definitiva, la lógica de organización y representación partidaria no se escapa del mosaico constitutivo de la región.

 

            . por organización político-estatal: más allá de las características unitarias o federales de los países de la región, el papel que juegan los municipios en los procesos de decisión, diseño e implementación de políticas públicas es también muy variado, así como la propia capacidad de estos municipios de sostener estos procesos una vez ubicados en su ámbito jurisdiccional. Latinoamérica se caracteriza no sólo por un peso/papel diverso entre las distintas jurisdicciones (nacional/provincial/municipal) sino también por distintos patrones de articulación, superposición o competencia entre estas jurisdicciones.

 

En este contexto, un determinante central de la capacidad de gestión pública son las propiedades de funcionamiento del Estado en cada uno de los niveles jurisdiccionales. América Latina también muestra gran diversidad en este sentido. Algunos Estados, como por ejemplo el chileno tienden a caracterizarse por mayor capacidad de articulación y división de trabajo sectorial (entre ministerios y/o secretarias) que otros, como el argentino, que muestran serios problemas de coordinación y hasta abierta competencia entre áreas o ámbitos sectoriales dentro de los Ejecutivos nacional, provincial y hasta municipal. En estos últimos casos, temáticas como la pobreza o la salud materno-infantil que, por la multidimensionalidad de sus determinantes demandan acciones concertadas entre áreas tradicionalmente discretas (como los Ministerios de Economía, Salud, Educación y Desarrollo Social), gozan de una capacidad significativamente menor de actuar eficaz y eficientemente, más allá de las decisiones que resulten de los órganos de gobierno.

 

El desarrollo de estructuras estatales focalizadas en el bienestar social, o Estados de Bienestar (en los distintos niveles jurisdiccionales), se han dado en América Latina en diversos momentos (algunos países a partir de los años veinte y treinta, otros a partir de los años cuarenta y cincuenta) y con distintas características. Estas distintas características nos remiten, por ejemplo, al grado de cobertura de la población, a los distintos equilibrios entre la participación pública y la privada en la oferta de servicios sociales, o a casos con mayor peso de lo público-estatal –siguiendo el modelo británico- frente a otros casos con un mayor peso de lo público no estatal en la provisión de servicios sociales–siguiendo modelos de mayor participación sindical como el alemán-. Las diversas características nos hablan de distintas crisis del Estado de Bienestar en América Latina, por la diversidad en términos de capacidades y problemáticas institucionales, los distintos actores involucrados y potencialidades a la hora de buscar reconstituir la capacidad pública de ofrecer servicios de bienestar a la sociedad. Parece difícil diseñar un curso de acción de inclusión socio-política y empoderamiento de los pobres, sin distinguir las capacidades y propiedades diferenciales que caracterizan a los Estados, en sus distintos niveles jurisdiccionales, en América Latina.

 

            . por organización de la sociedad civil: las sociedades civiles latinoamericanas son resultado de distintos procesos históricos. Algunas muestran una fuerte presencia de organizaciones no gubernamentales (o “de la sociedad civil”) sin mayor relación con organizaciones sindicales o empresariales, otras se caracterizan por una fuerte tradición o presencia de organización en base a líneas capital/trabajo. Aquellas que muestran una fuerte presencia simultánea de ONGs y de sindicatos, a su vez están evolucionando en forma distinta con respecto a la inter-relación entre estos actores de la sociedad civil (en algunas situaciones desarrollando vínculos de colaboración y en otras manteniendo desconfianza y hasta cierta competencia). La legalidad que liga a las ONGs o a los sindicatos con el Estado (estableciendo distintos grados de autonomía o dependencia/control) también es diversa y cambiante. En síntesis, sociedades civiles organizadas “en espejo” a su estructura laboral versus sociedades civiles predominantemente organizadas en base a “pobres” y “excluidos” del mercado laboral, mostrarán muy distintas dinámicas de participación y conflicto, así como distintas relaciones político-institucionales entre sociedad civil-estado, sociedad civil-gobierno y sociedad civil-mercado.

 

            . por peso relativo de lo urbano versus lo rural: lo regional no se agota en los aspectos jurisdiccionales que marca su (des)agregación entre lo nacional, provincial y municipal. América Latina también muestra gran diversidad en términos del peso relativo de lo urbano versus lo rural. Es más, esta, como otras variables, muestran cierta simplificación porque se podría colocar en clave de relativa homogeneidad/heterogeneidad geográfica donde lo “no urbano” puede mostrar propiedades de costa o llanura, selva o montaña. De esta forma, desde lo geográfico tenemos sociedades “pequeñas y homogéneas” (como Uruguay), “pequeñas y heterogéneas” (como Costa Rica o Ecuador), “medianas y heterogéneas“  (como Perú), “grandes” (usualmente heterogéneas, aunque con diversidad en su propia heterogeneidad, como Brasil, México o Argentina). Es dentro de estos cortes geográficos que, a su vez, se dan diversos pesos de concentraciones urbanas o dispersión “rural”. Muchas veces, los problemas de exclusión van de la mano del alejamiento de las grandes concentraciones urbanas, las que tienden a mostrar mayor peso político y provisión de servicios públicos a sus habitantes. Las estrategias de inclusión y empoderamiento implicarán muy diversos caminos (y costos de transición) frente a cada una de las distintas realidades y cortes urbanos/rurales y geográficos que enfrentamos.

 

            . por peso relativo de la homogeneidad/heterogeneidad racial, étnica y cultural: la exclusión por cuestiones socio-económicas tiende a ser más fácil de negociar que las exclusiones o situaciones de pobreza ligadas a cuestiones raciales, étnicas o culturales. Las barreras a superar en estos casos, están cargadas de prejuicios y percepciones de amenaza de mayor magnitud que la que muestran los conflictos o tensiones por la distribución económica dentro de un mismo grupo social en términos raciales, étnicos y culturales. La variedad que muestra América Latina en su peso relativo de heterogeneidad/homogeneidad blanco/mestizo/negro o criollo/europeo/indio (en algunas regiones, oriental), con diversidades culturales que muestran influencias indias, africanas, europeas o criollas, nos habla de distintos mundos al momento de incluir a excluidos. La construcción de una cultura pluralista, precondición de una inclusión sustentable en el largo plazo, enfrenta diversos grados de desafío en nuestras sociedades. Es más, sociedades con fuerte peso indígena, como Guatemala o Perú, muestran a su vez un distinto significado (y costo/beneficio político) al momento de mostrar (o esconder) raíz indígena en la ascendencia sanguínea. De nuevo, “incluir a los excluidos” como objetivo, nos dice poco sobre los diversos cursos de acción pertinentes en cada una de las situaciones que caracterizan a nuestras sociedades.

 

            . por tipo de economía e inserción en la economía internacional: las economías latinoamericanas se caracterizan por muy distintos pesos relativos de las actividades manufacturero-industriales, de servicios, o minero-agropecuarias y pesca en su capacidad productiva, por distinta capacidad productiva per cápita, así como por diversas mezclas de economía formal/informal, de producción trabajo intensiva versus capital intensiva, del peso público/privado sobre lo producido, o entre sus actividades abiertas, cerradas y semicerradas a la competencia extranjera. La lista de las diversidades económicas podría seguir incorporando los distintos tipos de sistemas financieros, políticas para fijar tipos de cambio (fijo, desdoblado, flotante, etc.), tipos de estructura impositiva (peso diferencial de impuestos al consumo, a los capitales, a las ganancias o los bienes personales, a la importación o a la exportación, etc.), dinámica de precios (más o menos de o inflacionarias), o mixes entre capital doméstico y capital multinacional y la distribución regional de las actividades productivas. Por otra parte, y si bien está ligada a lo anterior, tiene su especificidad la dinámica potencial de exportaciones, el peso de la deuda externa, mayor o mayor/menor dinamismo de los productos de exportación en los mercados externos, así como la calidad de sus redes de información y comercialización de productos. Así como es bastante difícil hablar de “la” economía latinoamericana, sus problemas y potencialidades, resulta superficial (y riesgoso) suponer que estrategias de desarrollo inclusivo podrán obviar las particular forma en que se estructuraron las arriba citadas variables en cada sociedad. Objetivos generales como “desarrollo inclusivo”,  “mayor capacidad exportadora” o “menor déficit fiscal” nos dicen poco sobre el camino más conveniente a implementar en cada caso.

 

            b) Diferencias por tipo de pobreza/exclusión

De darse la muy improbable situación de encontrar situaciones similares en términos del régimen político; la organización político-regional; la organización político-gubernamental; la organización político-partidaria; la organización político-estatal; la organización de la sociedad civil; del peso relativo de la homogeneidad/heterogeneidad racial, étnica y cultural; o por tipo de economía e inserción en la economía internacional, una estrategia de empoderamiento de los excluidos y desarrollo inclusivo todavía enfrenta como problema las diversas características de aquellos grupos sociales excluidos y destinados a constituirse en sujetos de los procesos de empoderamiento.

 

Por un lado, si bien estas características están ligadas al tipo de estructura social, política y económica en el que están inmersas, por ser también consecuencia de políticas, aciertos y errores del comportamiento de los actores, muestran una especificidad que no se puede deducir de la información ligada a las variables citadas en la sección anterior. Por el otro, la noción de “pobre” o de “excluido” tiende a esconder muy diversas realidades en términos de las causas, características y “rigidez” de la pobreza y exclusión. Estas causas, características y rigideces nos indican los distintos problemas de acción colectiva y capacidades de estos grupos (desde los distintos recursos materiales, nutricionales o educacionales, hasta los recursos valorativos y culturales con los que cuentan los diversos grupos pobres y excluidos), como las propiedades y fortaleza, o grado de equilibrio, propios de los obstáculos que enfrentan los pobres y excluidos para superar su condición de tales.

 

Es necesario tomar distancia de una visión economicista (unidimensional) de la pobreza y la exclusión, a partir de la cual estas se miden sólo por niveles de ingreso o capacidad de consumo. La situación en términos de los niveles de ingreso o capacidad de satisfacer las necesidades básicas es central, sin embargo nos dice poco sobre el grado de dificultad que se enfrenta, y las variables que intervienen en reproducir la pobreza y exclusión, al no contemplar, al menos:

            . presencia o ausencia de cortes culturales

            . presencia o ausencia de cortes étnicos, raciales y/o religiosos

            . presencia o ausencia de cortes regionales y/o geográficos

            . presencia o ausencia de condiciones “estacionales” (por ejemplo, “nuevos” pobres

  versus pobres “históricos”)

. impacto diferencial de la pobreza y exclusión sobre diversos subgrupos vulnerables, inclusive en grupos pobres que no muestren ninguno de los cortes arriba mencionados (la pobreza y la exclusión golpean diferencialmente a mujeres, niños, adolescentes, hombres o discapacitados)

La pobreza y la exclusión son multidimensionales y las sociedades latinoamericanas tienden a mostrar “mezclas” diversas entre las distintas dimensiones que las constituyen, lo que a su vez nos indica distintas situaciones en términos de capacidades, fortalezas, potencialidades, debilidades y lógica de los conflictos distributivos (en algunas sociedades predominan los conflictos entre pobres y no pobres mientras en otras se observa, además, una importante presencia de conflictos entre subgrupos pobres). Esto lleva a reconocer la necesidad de estrategias de empoderamiento e inclusión que contemplen y se ajusten a las especificidades de los distintos tipos de pobreza que caracterizan a las realidades latinoamericanas. De no hacerlo, la probabilidad de éxito de estas estrategias, más allá de los recursos económicos invertidos, será magra (como hasta el presente).


PRIMERA CONCLUSION:

El Empoderamiento  y el Desarrollo Inclusivo deben alejarse de la tentación de recetas universales: América Latina muestra muy diversas situaciones socio-nacionales así como muy diversos tipos de pobreza y exclusión. Estas distintas condiciones “iniciales” sobre las que operarán las estrategias inclusivas demandan el reconocimiento de las distintas características, obstáculos y potencialidades propias de cada situación. Cada particular articulación entre características de organización socio-política y económica, así como de pobreza (y sus “mezclas”), demandará distintas estrategias de inclusión/empoderamiento que, a su vez, enfrentarán distintos tipo de “oposiciones” (algunas veces incluyendo entre los opositores a algunas de las estrategias de inclusión a subgrupos dentro de los propios pobres): por ejemplo, es claro que la distribución de bienes económicos dentro de un mismo grupo étnico, racial o religioso resulta menos dificultosa y negociable que la redistribución de bienes culturales o aquella que incorpora, además, una tensión por cortes étnicos, raciales o religiosos. Es en función de esta identificación y caracterización de la diversidad y la especificidad de la situación de pobres y excluidos, que un curso de acción responderá a necesidades reales e incrementará probabilidades de éxito, evitando la imposición de modelos que, por su generalidad, oscurecen las diferencias al punto de resultar superficiales y poco eficaces al momento de mostrar resultados significativos.

 

 

II. Llamados de atención a la hora de diseñar estrategias

de empoderamiento y desarrollo inclusivo:

 

1.                  No hay sociedad civil fuerte sin un estado fuerte

 

Las reformas estructurales que se comenzaron a implementar en los años ochenta, se basaron en el diagnóstico que afirmaba que gran parte de las ineficiencias en la generación y distribución de recursos de América Latina, encontraban su causa en el excesivo peso del Estado con respecto a los mercados y a la sociedad civil. El diagnóstico veía en la vieja matriz “Estado-céntrica” fuertes raíces no sólo de ineficiencia sino también de autoritarismo y exclusión.

 

El economicismo propio de esa etapa (o primera generación de reformas), motivó recomendaciones de política basadas en dos fuertes presupuestos:

            . primero, que las reformas económicas pro-mercado “arrastrarían” a las instituciones y a los procesos políticos hacia equilibrios más eficientes;

            . segundo, que la remoción y/o desmantelamiento de instituciones estatales conllevaría la “liberación” de fuerzas económicas y sociales, con un consiguiente resultado de fortalecimiento de mercados y sociedad civil. Así, tanto la sociedad civil como el mercado eran concebidos en una relación suma-cero con el Estado: cada espacio cedido por el Estado sería “recibido” u ocupado por fuerzas económicas o sociales, las que sentarían las bases de un desarrollo más eficiente, justo y sustentable en el largo plazo.

 

La magra experiencia pos-reformas estructurales (apertura de las economías, privatizaciones, desregulación de los mercados, etc.) en términos de crecimiento, estabilidad y distribución, llevó a los organismos multilaterales de desarrollo a rever los simplismos de la primera generación de reformas. En la segunda mitad de los años noventa se “redescubre” la importancia de las instituciones y del Estado para que funcionen los mercados y la sociedad civil pueda sostener su organización y accionar en base a derechos y garantías ciertos. Las reformas que centraron en el Estado la mira de su accionar, en gran medida resultaron en Estados débiles que produjeron o bien a un mayor empoderamiento de los ya poderosos o bien en el enfrentamiento no mediado de intereses.

 

Es el poder público-estatal, particularmente bajo regímenes democráticos, el que está en condiciones de equilibrar mediante políticas públicas, las asimetrías de poder y de realización de intereses propias del mercado y de la sociedad civil. Es más, es el poder público-estatal el que media institucionalmente (y legítimamente en un orden democrático) entre las contradicciones de intereses y tendencias disruptivas de un orden social justo tanto de mercados como, a veces, de la propia sociedad civil. En el caso de los mercados es obvio reconocer la importancia del accionar conjunto del Estado y la sociedad civil para defender los derechos de los consumidores, así como de la necesidad del poder estatal para neutralizar tendencias o prácticas monopólicas u oligopólicas por parte de poderosos grupos o empresas.

 

Por otra parte, la visión de la sociedad civil y su papel por parte de los organismos multilaterales de desarrollo (OMDs), ha tendido a desplegarse en forma algo superficial y excluyente:

. esta visión ha tendido a contraponerla al Estado, no sólo sugiriendo la mencionada relación suma-cero entre estos, sino confundiendo muchas veces el papel de las organizaciones de la sociedad civil con funciones y responsabilidades que son r indelegables por parte del Estado;

. la visión o apoyo a las organizaciones de la sociedad civil se dio, además, sin mayor claridad sobre su necesaria complementación con los partidos políticos, planteando cursos de acción muchas veces superpuestos con las funciones y responsabilidades de los partidos, lo que conlleva el debilitamiento de canales centrales del funcionamiento democrático;

. los OMDs también tendieron a acentuar una visión excluyente de la sociedad civil, usualmente restringiendo su espacio a organizaciones populares o relacionadas a “temáticas” no ligadas a la defensa de intereses que pudieran confrontar con aspectos relevantes de las reformas macroeconómicas propuestas, como los de los sindicatos;

. por último, y dentro de esta concepción de confrontación y/o falta de claridad de la relación entre las organizaciones de la sociedad civil con el Estado, los partidos políticos y los sindicatos, predominó también una noción idílica y poco problematizada de estas organizaciones. En general, la tendencia ha sido a considerar lo proveniente “de abajo” como legítimo, no llegando a incorporar en el marco de análisis asimetrías de poder y diversos (hasta contradictorios) intereses de la propia sociedad civil. El papel del Estado en relación a la organización y dinámica de participación de la sociedad civil es visto con resquemor, sin claridad sobre sus obligaciones, por ejemplo, con respecto a lo que en la literatura sobre “capital social” se ha dado en llamar “capital social negativo”, refiriéndose a organizaciones de la sociedad civil que atentan contra derechos de grupos sociales y políticos e, inclusive, contra el orden democrático (como organizaciones racistas o antidemocráticas). Por supuesto, este argumento deja de lado el caso (menos extremo de lo pensado) de aquellas situaciones donde la mayoría de la sociedad civil, y no sólo minorías excéntricas, apoya posiciones fundamentalistas o autoritarias, situación que no encuentra resolución en la teoría o ideología democrática pues si se viola el criterio de decisión mayorítaria no hay democracia y si se viola el respeto a los derechos minoritarios o el cumplimiento de ciertos requisitos (como libertad de expresión, asociación, información, etc.) tampoco es posible sostener un funcionamiento democrático.

 

Es de destacar que la noción de “Estado fuerte” no implica un movimiento de péndulo hacia el viejo Estado autoritario latinoamericano. La aclaración es necesaria dado que Estados fuertes pueden, claramente, implicar un control social despótico y, por tanto, atentar contra procesos de empoderamiento e inclusión. La fortaleza estatal a la que nos referimos tiene como origen un poder “infraestructural” o enraizado en la sociedad (usualmente coincidente con el orden democrático), muestra relativa autonomía con respecto a los diversos intereses puntuales que constituyen a la sociedad porque cuenta con suficientes recursos como para evitar el asalto o control por parte de minorías o intereses particulares de la sociedad o el mercado. Y, finalmente, despliega su fortaleza en la capacidad de asegurar el ejercicio de la ciudadanía por medio de políticas y acciones que profundizan la autonomía personal, el bienestar social, el cumplimiento de la ley y el tratamiento igualitario frente a la misma.

 

En este contexto, fortaleza estatal y fortaleza de la sociedad civil se complementan y son precondición una de otra, para promover y sostener procesos de empoderamiento e inclusión en el largo plazo. La complejidad de estos procesos nos habla de la construcción de equilibrios no neutros en términos de la distribución de poder no sólo entre la sociedad civil y el Estado, sino dentro de la sociedad civil, dentro del estado, dentro del mercado, y entre la sociedad civil, el mercado y el estado. Por ello, Estados más transparentes y abiertos a los intereses de sus sociedades, y en particular a los más débiles en las mismas, no pueden pensarse como resultado de dar cuentas a la sociedad civil como una contraparte externa y benigna frente a un sospechoso. Los procesos de transparencia y de rendición de cuentas (accountability), desde este punto de vista, se deben dar del estado frente a sociedad civil, de las instituciones estatales frente a otras instituciones estatales, así como de las organizaciones de la sociedad civil frente a la sociedad civil y al Estado.

 

SEGUNDA CONCLUSIÓN:

Ni toda la sociedad civil es bella, ni su ámbito está restringido a las organizaciones no gubernamentales. El papel de las ONGs debe establecer mayor claridad con respecto a su relación con los sindicatos y con los partidos políticos, tendiendo a una complementación clave para el funcionamiento democrático y que, de mantenerse ambigua, su ausencia puede resultar en el debilitamiento del régimen democrático. Finalmente, esta complementación también debe clarificarse en su relación con el Estado: no hay experiencia histórica que muestre una sociedad civil fuerte y democrática sin que articule esta fortaleza con la de un Estado también fuerte. La dualidad del poder público (estatal y no estatal) muestra un círculo virtuoso dentro del juego democrático y se presenta como precondición de desarrollos inclusivos. Cuando el Estado se debilita, no se fortalece la sociedad civil sino que resultan con más poder los ya poderosos. Comprender estos polos de poder público (el estatal y el no estatal) como alternativos, es minar las bases institucionales de sociedades justas y democráticas.

 

2.                  No hay estado o instituciones públicas de lujo en sociedades pobres

 

Al enfrentar problemas simultáneos de orden institucional y de distribución o escasez de recursos sociales, como los que caracterizan a la exclusión y a la pobreza en América Latina, usualmente se enfrentan dos tentaciones: la del desarrollismo socio-económico y la del desarrollismo institucional.

 

En los años cincuenta y sesenta, y con muy distintos orígenes ideológicos, las teorías de la modernización tendían a acentuar los problemas de distribución socio-económica para poder asegurar una verdadera y sustentable participación política. El argumento nos decía que la participación/inclusión política (o, en términos más actuales, el empoderamiento) debía comenzar asegurando las bases materiales de la autonomía personal. Desde este punto de vista, el desarrollo socio-económico (refiriéndose a los procesos de producción-industrialización y distribución que resultasen en “pisos” o niveles mínimos de educación, ingreso, salud, vivienda, etc.) era precondición para el desarrollo político participativo y democrático. El desarrollismo socio-económico partía del supuesto que un autoritarismo benigno (más o menos popular, más o menos tecnocrático, más o menos extendido en el tiempo, pero seguramente paternalista) era necesario como primer paso en la construcción de sociedades democráticas. Sin las bases materiales (esto es, socio-económicas) que diesen sustento a la participación política, la democracia estaba condenada al fracaso.

 

Frente a la derrota de las estrategias revolucionarias y a la experiencia de los autoritarismos y el terrorismo de Estado de los años setenta, gran parte de América Latina replanteó a la democracia como un valor en sí mismo. El respeto a los derechos humanos y el reaseguro de la participación político-electoral, más allá de las condiciones socio-económicas, surgieron como demandas mayoritarias. La nueva promesa decía que la estabilidad democrática permitiría la construcción de una institucionalidad que, a su vez, generaría mejores políticas socio-económicas. El nuevo desarrollismo era el institucionalista: el orden causal ahora proponía alcanzar las bases institucionales democráticas como precondición de políticas de inclusión y justicia social.

 

El camino recorrido muestra diversidad en América Latina: por un lado regiones de debilitamiento democrático y, por el otro, sociedades en las que la estabilidad democrática ha ido de la mano de mayores niveles de exclusión socio-económica y desencanto político.

 

Hoy resulta claro que  el desafío enfrentado por nuestras sociedades es el de la simultaneidad. En otras palabras, el “normal” funcionamiento de las instituciones democráticas en un contexto de estabilidad de largo plazo, no asegura per se políticas resultantes en mayor inclusión y distribución de poder. El efectivo ejercicio de la ciudadanía demanda tanto la construcción de canales institucionales más eficaces y eficientes de participación y representación, así como la generación de condiciones socio-económicas que den base material, o posibiliten, autonomía personal suficiente como para utilizar esos canales.

 

TERCERA CONCLUSIÓN:

Hoy América Latina no cuenta con el margen como para construir instituciones público-estatales o público-no estatales de calidad, manteniendo los niveles de marginalidad, distribución y exclusión que la caracterizan. No hay Estado o instituciones públicas de lujo en sociedades pobres. Y tampoco se resuelven en el largo plazo los problemas de pobreza y exclusión sin contar con instituciones democráticas de mayor calidad. Por ello, es necesario reconocer que los procesos de empoderamiento y desarrollo inclusivo deben también alejarse de las viejas tentaciones desarrollistas -en su versión socio-económica o institucional- y reconocer que las estrategias de mayor equidad y participación demandan la simultánea construcción de mejores reglas e instituciones así como de condiciones socio-económicas más inclusivas y justas.

 

3.                              No hay descentralización (política y de servicios) funcional al empoderamiento y la inclusión, a) que sea válida en todo momento y lugar, y b) sin la simultánea centralización de ciertas funciones y responsabilidades públicas

 

Como parte de las reformas de segunda generación, la descentralización de servicios públicos a provincias y municipios representó una respuesta/solución inducida por los OMDs a la crisis de representación y problemas de exclusión socio-política, así como a problemas de gerenciamiento de estos servicios (como salud, educación, etc.). La hipótesis  que sustenta la propuesta es que la mayor cercanía (menor distancia) entre representantes y funcionarios con respecto a los representados y usuarios de los servicios, fortalecería la capacidad de estos últimos de controlar el comportamiento de los primeros. En definitiva, que tornaría a gobernantes y funcionarios más receptores de la voluntad y preferencias de los ciudadanos, lo que, a su vez, resultaría en mejor gobierno y gestión. De esta forma, la descentralización se convirtió en una poderosa receta universal frente a problemas de representación política, transparencia, corrupción, eficiencia y eficacia de la gestión pública. En definitiva, una revolucionaria herramienta destinada a mejorar el funcionamiento tanto del régimen democrático como del Estado en América Latina.

 

Como toda receta universal, la descentralización comenzó a mostrar problemas en varias de las situaciones en las que se implementó. Muchas veces, se llevó adelante sin proveer a las jurisdicciones subnacionales receptoras de las nuevas responsabilidades con los recursos (económicos o humanos) necesarios para administrar los servicios descentralizados (lo que en muchos casos, como el argentino, no dejó de cumplir la función de reducir el déficit fiscal a nivel del Estado nacional, más allá de incrementarlo a niveles provinciales y producir una caída de la provisión efectiva de los servicios a la ciudadanía de bajos recursos). Por otra parte, la descentralización sin contemplar qué funciones mantener centralizadas, lleva también a desarticulación de sistemas más que a una provisión más eficiente y eficaz en el plano nacional. Con Estados nacionales debilitados en términos de los recursos con los que cuentan, la descentralización también profundiza diferencias regionales: mientras que provincias y municipios[2] con experiencia descentralizada aprovecharon la nueva oportunidad, provincias y municipios con tradición centralista ven su capacidad de gestión pública seriamente amenazada. Provincias o municipios con recursos organizacionales o económicos para reconvertirse, se ajustan a la nueva situación, y provincias y municipios sin estos recursos sufren la nueva situación, empeorando su capacidad de gestión y respuesta a necesidades publicas y sociales. En síntesis, de la mano de la descentralización se amplía la distancia entre casos “exitosos” y casos “frustrados”, entre jurisdicciones subnacionales “ricas” y “pobres” mientras el Estado nacional o Federal contempla la situación sin mayor capacidad de acción.  Finalmente, los esquemas simplistas con respecto a la descentralización y las implicancias de una menor “distancia” política entre representantes y representados (gobernantes y gobernados), han tendido a acentuar la capacidad de los representados de controlar al representante, dejando de lado el aumento de la capacidad de los representantes de controlar a los representados. En otras palabras, de la mano de la descentralización se han fortalecido algunas oligarquías regionales que, en el viejo esquema, encontraban en el poder central/nacional el único límite al encubrimiento democrático de su poder despótico. Son demasiados, y no una originalidad latinoamericana, los casos donde los derechos de minorías o mayorías a nivel regional son defendidos o realizados gracias a alianzas o poderes nacionales en oposición a los poderes dominantes locales.

 

CUARTA CONCLUSION:

Tampoco todo lo local es bello. En un contexto en el que la descentralización se promueve como un eficiente y eficaz mecanismo universal de empoderamiento e inclusión de excluidos a nivel local o regional, los desafíos previos a la implementación de estrategias de descentralización son identificar: a) para qué conviene y para qué no; b) las precondiciones de su éxito/fracaso; y c) qué se debe mantener centralizado para que la descentralización no resulte en meras desarticulaciones de sistemas nacionales. Tan importante como identificar y comprender la dinámica de casos de descentralización exitosos es, 1) reconocer qué aspectos de la experiencia son generalizables a otras realidades y cuáles no; y 2) identificar, comprender y aprender de la dinámica de casos de descentralización fallidos.

 

4.                              No hay empoderamiento sustentable de los excluidos sin aceptación de consecuencias riesgosas (incertidumbre sobre los resultados)

 

Por una parte, la principal característica de la representación y política democráticas es que aseguran estabilidad de reglas pero no contenidos de políticas. En otras palabras, la legitimidad de las decisiones democráticas no está en que éstas digan A o B, sino en que la forma en que estas se llevaron adelante responde a las reglas de participación y respeto de derechos, propias de la democracia.

 

Por otra parte, los Organismos Multilaterales de Desarrollo (por su carácter técnico) tienden a priorizar el contenido de ciertas políticas. Las decisiones de inversión, comprensiblemente, tienden a realizarse a partir de criterios técnicos sobre lo que corresponde “hacer” en una situación dada. En este sentido, se presentan como entidades “técnicas” más que “políticas” o “democráticas”.

 

Cuando organismos “técnicos” pretenden basar sus políticas en el empoderamiento e inclusión de los excluidos, más allá de lo positivo de la dirección adoptada, enfrentan ineludiblemente dos riesgos. El primer riesgo es que, de darse una lógica democrática y efectivizarse de la mano de los procesos de inclusión/empoderamiento un incremento en la autonomía de criterio y acción por parte de los recién llegados a los procesos de decisiones, nada asegura que las preferencias de los nuevos incluidos/empoderados coincidan con las recomendaciones técnicas de los OMDs. Pueden votar en contra, movilizarse, realizar huelgas, cortar rutas, promover la desobediencia civil, en definitiva, luchar contra lo recomendado por los "técnicos” y, quizás, tener éxito... La posible colisión entre las preferencias de los nuevos empoderados y las recomendaciones/preferencias de los OMDs nos llevan al segundo riesgo: que los OMDs, a partir de reconocer que entre los potenciales empoderados existen potenciales aliados así como opositores a las políticas consideradas pertinentes, los OMDs desarrollen vínculos equivalentes a los clientelístas, esto es, apoyar el empoderamiento de futuros aliados (procesos de empoderamiento como cooptación más que como de construcción de autonomía) y desincentivar el de futuros oponentes. Es, en definitiva, racional y honesto, apoyar a aquellos que pensamos que tienen razón y no hacerlo con respecto a aquellos que consideramos equivocados. Y hasta aquí no habría nada nuevo bajo el sol latinoamericano pués, fortalecer a los futuros aliados y debilitar a los futuros oponentes es politics as usual para nuestros líderes políticos (de hecho, para todos los líderes políticos en todo momento y lugar). Simplemente porque no es verdad que la política latinoamericana ha sido una permanente lucha para excluir a los más necesitados. Muchas veces su inclusión ha sido funcional a diversos proyectos políticos (con cambiantes y, hasta hoy, discutibles intenciones).

 

QUINTA CONCLUSION:

Si el empoderamiento y la inclusión no va a ser recortada/clientelista, se debe aceptar que la inclusión de los excluidos como actores de su destino (lo que implica autonomía y libertad), conlleva necesariamente la incertidumbre con respecto a los contenidos de política por los que optarán una vez incluidos/empoderados. Y esta opción constituye, necesariamente, un riesgo no sólo para las elites latinoamericanas, sino también para los organismos multilaterales de desarrollo.

 

5.                              No hay empoderamiento e inclusión sin un “para qué” o ámbito en el que se despliega esta capacidad

 

Los intereses de los actores se ven influidos por juegos en distintas arenas o ámbitos (en los que varían los actores participantes, son regidos por distintas reglas de resolución de conflictos, muestran diversidad en la estructura de opciones, así como distintos mixes de costo/beneficio, etc.).

 

Por un lado, los recursos y capacidades propias del empoderamiento no gozan de la misma capacidad de impacto/influencia en todos estos ámbitos, esto es, el poder resultante de las características y recursos que constituyen a un actor varía según el juego en el que participa (por lo que un actor puede desplegar, por ejemplo, alta influencia/control sobre el accionar del Ejecutivo, menor poder sobre las del Legislativo, todavía menor sobre el Judicial y, quizás, mínima o desdeñable si el “juego” se corre al mercado).

 

Por otro lado, los ciclos o etapas de las políticas públicas ilustran diversos tipos de juego en los que varían los actores, las racionalidades dominantes (a veces más política, otras más técnica), las reglas/instituciones, opciones, etc.: 1) la definición de qué es un problema público y su inclusión en la agenda de gobierno; 2) la decisión política de operar sobre el problema; 3) el diseño de la política; 4) su implementación; y, por fin, 5) la evaluación del impacto de la misma.

 

Hoy la práctica de empoderamiento parecería focalizarse en las dos últimas etapas (de implementación y de evaluación/control), lo que incrementa la capacidad o poder de los excluidos para combatir la pobreza que los afecta aunque no la desigualdad social (temática, esta última, que demandaría fuerte participación en las tres primeras etapas o ciclos de las políticas públicas).

 

Es necesario, por tanto, reconocer que la forma de empoderamiento no es neutra con respecto al tipo de actor que se constituye y para qué se constituye, lo que implica reconocer que el empoderamiento puede incluir al actor para influenciar ciertos aspectos de sus intereses y mantenerlo excluido en otros.

 

SEXTA CONCLUSION:

La evaluación y diseño de cursos de acción que persiguen empoderamiento y desarrollo inclusivo, deben a) abandonar la ilusión que los actores “suman” poder como en un proceso de crecimiento que va de lo micro a lo macro (de lo “chico” a lo “grande”), pues la forma del proceso de empoderamiento puede constituir a los actores para participar en ciertos juegos o ámbitos y no en otros; y b) dar cuenta de qué aspectos relacionados a los intereses de los excluidos se mantendrán excluidos de la mano de su inclusión en otros aspectos de la política. No es lo mismo el empoderamiento para proteger el medio ambiente, para mejorar la atención de en los hospitales públicos, para lograr acceso igualitario a la justicia, para participar en las decisiones sobre integración regional-internacional o sobre la distribución de la riqueza. Una estrategia que no reconozca esta diversidad y sus especificidades corre el riesgo de incluir/empoderar en un ámbito o temática, mientras excluye/reproduce la debilidad en otra...

 

6.                              No hay empoderamiento e inclusión integral de los excluidos, sin conflictos y participación de no excluidos

 

La presencia de cierto “economicismo” en nuestros debates nos muestra a los procesos de empoderamiento e inclusión como caminos donde algunos mejoran su situación (los excluidos) sin que los otros (los ya incluidos) se vean afectados. Apuntando en una dirección paretiana superior, nos hablan de un proceso sin mayores conflictos ni contradicciones de intereses (salvo que se den problemas de “información” por los que algunos actores muestran un comportamiento conflictivo porque, supuestamente, no terminan de comprender la situación y sus intereses).

 

Sin embargo, el empoderamiento e inclusión de los excluidos no son neutros con respecto a la distribución de poder en la sociedad. Esto implica que otros actores (los ya incluidos) pierden relativa influencia sobre las decisiones y distribución de recursos. Por ello, no se puede pensar procesos de empoderamiento y desarrollo inclusivo como uno de crecimiento y construcción lineal de un actor, sino que es necesario ubicarlos en la estructura de relaciones sociales en la que están inmersos.

 

Un primer problema es que la historia muestra que los procesos de empoderamiento e inclusión socio-política conllevan importantes arcos de oposición: ¿quiénes son los opositores a estos procesos?, ¿cuáles son sus intereses?, ¿con qué recursos y capacidades cuentan?, ¿qué incentivos pueden tener los afectados por el empoderamiento de los excluidos para aceptarlo? Estas son preguntas clave para comprender un primer obstáculo para el éxito de estos procesos. Diagnósticos sobre las características y posibles cursos de acción por parte de actores sociales dominantes, algunos de los actores políticos y la burocracia, parecen ineludibles a la hora de diseñar e implementar estrategias de empoderamiento y desarrollo inclusivo.

 

Un segundo problema es el de la paradoja de la temporalidad y la consecuente necesidad de alianzas por parte de los actores a incluir con algunos de los actores ya incluidos: la paradoja de la temporalidad está en que en un primer momento los más interesados en fortalecerse e iniciar el proceso de empoderamiento e inclusión no cuentan con suficiente poder y se ven excluidos de las decisiones y acciones que reproducen su debilidad y exclusión. En esta instancia, el inicio y sostén del proceso de empoderamiento e inclusión demanda la acción de actores ya incluidos, que permitan restarle estabilidad al viejo “equilibrio excluyente”. Si bien el arco de alianzas necesarias para sostener este proceso es contingente a las características propias de cada sociedad, se pueden identificar tres elementos centrales para el éxito o fracaso de este tipo de alianzas: a) la relación entre los beneficiarios del empoderamiento y las clases medias; b) el papel de los medios de comunicación (creando “ambientes” ideológico/culturales más o menos propicios a la integración socio-política); y c) el papel de los actores internacionales como los OMDs (por su capacidad de actuar no sólo aportando recursos para alivianar el costo doméstico de estos procesos, sino también legitimando como necesarios/inevitables estos procesos frente a los opositores –particularmente frente a los actores socio-económico dominantes-).

 

La articulación de los contenidos de este apartado con los del punto anterior, no deben llevar a la conclusión que la participación y el empoderamiento en etapas como la implementación o la evaluación de políticas, o a nivel local, no son relevantes o son necesariamente conflictivas. Es indudable el valor y mejoramiento de la calidad de vida que este tipo de participación muestra sobre los sectores marginados o débiles de nuestras sociedades. Lo que se acentúa es la presencia de un doble peligro: a) que el no reconocimiento de las complejidades propias de estos procesos reduzca su probabilidad de éxito y genere escenarios inesperados y de alto riesgo (particularmente para los propios excluidos); b) que frente a la conflictividad, la incertidumbre y el riesgo de procesos de empoderamiento e inclusión, se busque como salida “enfrascar” o “contener” estos procesos en ámbitos no conflictivos (“pequeños” o “micro”), reproduciendo la debilidad y exclusión de los marginados en los “grandes” temas o ámbitos que afectan sus intereses.

 

No parece gozar de atención suficiente en nuestros debates el reconocimiento de que, por sus características, los procesos de empoderamiento e inclusión socio-política integral (que no quedan “enfrascados” en lo “pequeño”) son procesos conflictivos que demandan saber cómo neutralizar la reacción de los afectados/amenazados por esta redistribución de poder y cómo construir una alianza que permita iniciar y sostener estos procesos hasta alcanzar un nuevo equilibrio estable.

 

SEPTIMA CONCLUSION:

Dado que los procesos de empoderamiento y desarrollo inclusivo desestabilizan el previo equilibrio excluyente y redefinen la capacidad de influencia social no sólo de los excluidos sino también de los incluidos, son procesos que necesariamente generan oposición y conllevan amenazas, riesgos y conflictos. Para que resulten exitosamente en la construcción de un nuevo equilibrio, ahora inclusivo, las estrategias que los guían deben reconocer la complejidad y conflictividad que los caracteriza, así como que existen tres elementos centrales para el tipo de alianzas capaces de sostener estos procesos en el largo plazo: a) la relación entre los beneficiarios del empoderamiento y las clases medias; b) el papel de los medios de comunicación (creando “ambientes” ideológico/culturales más o menos propicios a la integración socio-política); y c) el papel de los actores internacionales como los OMDs (por su capacidad de actuar no sólo aportando recursos para alivianar el costo doméstico de estos procesos, sino también legitimando como necesarios/inevitables estos procesos frente a los opositores –particularmente frente a los actores socio-económico dominantes-).

 

 

.            Conclusiones

 

Las recomendaciones que surgen de estas notas acentúan que, a la hora de decidir e implementar estrategias de empoderamiento y desarrollo inclusivo, se debe reconocer:

 

1) Que el Empoderamiento  y el Desarrollo Inclusivo deben alejarse de la tentación de recetas universales: América Latina muestra muy diversas situaciones socio-nacionales así como muy diversos tipos de pobreza y exclusión. Estas distintas condiciones “iniciales” sobre las que operarán las estrategias inclusivas demandan el reconocimiento de las distintas características, obstáculos y potencialidades propias de cada situación. Cada particular articulación entre características de organización socio-política y económica, así como de pobreza (y sus mixes), demandará distintas estrategias de inclusión/empoderamiento que, a su vez, enfrentarán distintos tipo de “oposiciones” (algunas veces incluyendo entre los opositores a algunas de las estrategias de inclusión a subgrupos dentro de los propios pobres): por ejemplo, es claro que la distribución de bienes económicos dentro de un mismo grupo étnico, racial o religioso resulta menos dificultosa y negociable que la redistribución de bienes culturales o aquella que incorpora, además, una tensión por cortes étnicos, raciales o religiosos. Es en función de esta identificación y caracterización de la diversidad y la especificidad de la situación de pobres y excluidos, que un curso de acción responderá a necesidades reales e incrementará probabilidades de éxito, evitando la imposición de modelos que, por su generalidad, oscurecen las diferencias al punto de resultar superficiales y poco eficaces al momento de mostrar resultados significativos.

 

2) Que no toda la sociedad civil es bella, ni su ámbito está restringido a las organizaciones no gubernamentales. El papel de las ONGs debe establecer mayor claridad con respecto a su relación con los sindicatos y con los partidos políticos, tendiendo a una complementación clave para el funcionamiento democrático y que, de mantenerse ambigua, su ausencia puede resultar en el debilitamiento del régimen democrático. Finalmente, esta complementación también debe clarificarse en su relación con el Estado: no hay experiencia histórica que muestre una sociedad civil fuerte y democrática sin que articule esta fortaleza con la de un Estado también fuerte. La dualidad del poder público (estatal y no estatal) muestra un círculo virtuoso dentro del juego democrático y se presenta como precondición de desarrollos inclusivos. Cuando el Estado se debilita, no se fortalece la sociedad civil sino que resultan con más poder los ya poderosos. Comprender estos polos de poder público (el estatal y el no estatal) como alternativos, es minar las bases institucionales de sociedades justas y democráticas.

 

3) Que hoy América Latina no cuenta con el margen como para construir instituciones público-estatales o público-no estatales de calidad, manteniendo los niveles de marginalidad, distribución y exclusión que la caracterizan. No hay Estado o instituciones públicas de lujo en sociedades pobres. Y tampoco se resuelven en el largo plazo los problemas de pobreza y exclusión sin contar con instituciones democráticas de mayor calidad. Por ello, es necesario reconocer que los procesos de empoderamiento y desarrollo inclusivo deben también alejarse de las viejas tentaciones desarrollistas -en su versión socio-económica o institucional- y reconocer que las estrategias de mayor equidad y participación demandan la simultánea construcción de mejores reglas e instituciones así como la construcción de condiciones socio-económicas más inclusivas y justas.

 

4) Que, como la sociedad civil, tampoco todo lo local es bello. En un contexto en el que la descentralización se promueve como un eficiente y eficaz mecanismo universal de empoderamiento e inclusión de excluidos a nivel local o regional, los desafíos previos a la implementación de estrategias de descentralización son identificar: a) para qué conviene y para qué no; b) las precondiciones de su éxito/fracaso; y c) qué se debe mantener centralizado para que la descentralización no resulte en meras desarticulaciones de sistemas nacionales. Tan importante como identificar y comprender la dinámica de casos de descentralización exitosos es, 1) reconocer qué aspectos de la experiencia son generalizables a otras realidades y cuáles no; y 2) identificar, comprender y aprender de la dinámica de casos de descentralización fallidos.

 

5) Que si el empoderamiento y la inclusión no van a ser recortados/clientelistas, se debe aceptar que la inclusión de los excluidos como actores de su destino (lo que implica autonomía y libertad), conlleva necesariamente la incertidumbre con respecto a los contenidos de política por los que optarán. Y esta opción constituye, necesariamente, un riesgo no sólo para las elites latinoamericanas, sino también para los organismos multilaterales de desarrollo.

 

6) Que la evaluación y diseño de cursos de acción que persiguen empoderamiento y desarrollo inclusivo, deben a) abandonar la ilusión que los actores “suman” poder como en un proceso de crecimiento que va de lo micro a lo macro, pues la forma del proceso de empoderamiento puede constituir a los actores para participar en ciertos juegos o ámbitos y no en otros; y b) dar cuenta de qué aspectos relacionados a los intereses de los excluidos se mantendrán excluidos de la mano de su inclusión en otros aspectos de la política. No es lo mismo el empoderamiento para proteger el medio ambiente, para mejorar la atención de en los hospitales públicos, para lograr acceso igualitario a la justicia, para participar en las decisiones sobre integración regional-internacional o sobre la distribución de la riqueza. Una estrategia que no reconozca esta diversidad y sus especificidades corre el riesgo de incluir/empoderar en un ámbito o temática, mientras excluye/reproduce la debilidad en otra...

 

7) Que los procesos de empoderamiento y desarrollo inclusivo desestabilizan el previo equilibrio excluyente y redefinen la capacidad de influencia social no sólo de los excluidos sino también de los incluidos, por lo que son procesos que necesariamente generan oposición y conllevan amenazas, riesgos y conflictos. Para que resulten éxitosamente en la construcción de un nuevo equilibrio, ahora inclusivo, las estrategias que los guían deben reconocer la complejidad y conflictividad que los caracteriza, así como que existen tres elementos centrales para el tipo de alianzas capaces de sostener estos procesos en el largo plazo: a) la relación entre los beneficiarios del empoderamiento y las clases medias; b) el papel de los medios de comunicación (creando “ambientes” ideológico/culturales más o menos propicios a la integración socio-política); y c) el papel de los actores internacionales como los OMDs (por su capacidad de actuar no sólo aportando recursos para alivianar el costo doméstico de estos procesos, sino también legitimando como necesarios/inevitables estos procesos frente a los opositores –particularmente frente a los actores socio-económico dominantes-).

 

*               *               *

 

Más allá de estas especificidades, lo central es reconocer que todo proceso de empoderamiento e inclusión conlleva un desafío a un orden establecido y excluyente (más o menos democrático). En la historia, la inclusión de los excluidos siempre implicó un proceso traumático, que muchas veces resultó en tensiones, guerras y, me atrevo a decir sin exagerar, genocidios. Por ello, de lo que se habla no es de nuevas técnicas de gerenciamiento de servicios públicos, sino de procesos mucho más complejos y riesgosos. El tema remite a la construcción de regímenes democráticos no solo más eficientes sino también más justos y legítimos, lo que implica mejor manejo de recursos (efectivamente, mayores capacidades de gestión) así como profundización y efectivo respeto de derechos, lo que corre a estas estrategias del terreno estrictamente técnico al ético-normativo. La dirección de  empoderamiento y desarrollo inclusivo es en la actualidad latinoamericana, sin duda, la correcta. Pero si se la percibe meramente como una mejor forma de gerenciamiento de recursos públicos y no se comprenden las complejidades, riesgos y compromisos que acarrea, no sólo se reproduce la superficialidad economicista frustrada en los años ochenta, sino que se corre el riesgo de “eficientizar” la exclusión.



[1] Acuña, C. H. y F. Repetto, “Un marco de análisis para las políticas sociales en América Latina”, Proyecto BID “Una metodología para el diseño e implementación de políticas sociales”, Centro de Estudios para el Desarrollo Institucional, mimeo, Diciembre 2000, Buenos Aires, pp. 3 y 4. Para un análisis y crítica de las reformas de primera y segunda generación ver Acuña, C. H. y M. Tommasi, “Some Reflections on the Institutional Reforms Required in Latin America en Institutional Reforms, Growth and Human Development in Latin America, The Yale Center for International and Area Studies, Working Papers Series, New Haven, 2000, pp. 357-400.

[2] Las jurisdicciones subnacionales en Amérrica Latina pueden también adoptar otras denominaciones como “estados” , “departamentos” o “comunas”.


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