EL ESTADO
DE LA SOCIEDAD CIVIL Y LAS ESTRATEGIAS
DE EMPODERAMIENTO EN MÉXICO
Gustavo
Esteva
El estado de la discusión sobre
empoderamiento
Se ha definido el empoderamiento
como "un proceso que incrementa el patrimonio y la capacidad de los pobres
-tanto de hombres como de mujeres- así como los de otros grupos excluídos de
participar, negociar, cambiar y tomarles cuentas a las instituciones que
afectan su bienestar" (Banco Mundial).
El concepto ha resultado
atractivo, pero el empleo del término sigue generando incomodidad, por la carga
de sus significados anteriores. Es útil tenerlos presentes, para dar precisión
a sus aplicaciones operativas.
Desde hace siglos se empleó en el
ámbito político la palabra empoderar o apoderar para designar un acto u
operación en que se transmite una facultad o capacidad de quien la tiene a otra
persona o grupo. En el
ámbito civil y mercantil se empleó para designar una delegación acotada de
poder, para un propósito específico o por un tiempo y circunstancias
determinadas, en la cual se mantiene la subordinación del apoderado a quien le
delega el poder, que puede en cualquier momento revocarlo o modificar sus
términos.
Conforme a estos significados
convencionales, los gobernantes electos pueden considerarse apoderados de los
ciudadanos, quienes han delegado en ellos ciertas facultades o poderes. La
gente empodera a las instituciones públicas, no a la inversa. Genera
incomodidad aplicar el término invirtiendo la dirección del sentido transitivo
del término.
Otra fuente de incomodidad
proviene del doble significado de la palabra poder. Designa la capacidad
o posibilidad de producir efectos, mediante la acción e incluso con la mera
existencia. En el ámbito social y político, alude al poder específico de unos
hombres de determinar la conducta de otros hombres. Se refiere a la capacidad
de dominio, mando, facultad, jurisdicción, que se posee o detenta con derecho o
sin él, dentro o fuera de la legalidad y la legimitidad.
En vista de estas cargas
semánticas del término, sería útil deslindar dos campos diferenciados de
aplicación, para evitar confusiones e incomodidades y con fines operativos.
a) Las instituciones públicas
pueden empoderar a la gente cuando contribuyen al aumento de sus capacidades o
posibilidades de acción autónoma, para sus propios propósitos y en sus propios
ámbitos.
b) Una mayor ingerencia de la
gente en la concepción e implementación de las políticas públicas y en general
en la conducción de los asuntos sociales no es empoderamiento de la gente.
Implica más bien replantear el apoderamiento democrático de las instituciones
públicas, a fin de que los ciudadanos recuperen para sí, total o parcialmente,
aspectos o funciones que habían delegado en ellas o que éstas les habían
arrebatado. Cuando el término empoderamiento se aplica en este campo, no
representa la adquisición de un poder sino su restitución a quien lo había
delegado en otros. Es un reapoderamiento democrático. El solo hecho de
entenderlo así traería consigo un empoderamiento de la gente.
El ámbito de la autonomía
Los pueblos indios instalaron en
un lugar destacado de la agenda política nacional la cuestión de su autonomía
en 1994. No ha salido de ella desde entonces. La reivindicación es muy antigua,
pero se expresó en general como resistencia a las instituciones del régimen
colonial o del México independiente que negaron o socavaron la autonomía de los
pueblos indios y los obligaron a constreñir su ejercicio efectivo al plano de
sus comunidades. Sólo ahora la reivindicación se plantea como un empeño de
largo alcance, que intenta empoderar a los pueblos indios mediante cambios en
el régimen político.
La lucha reciente por la autonomía
tuvo un efecto inmediato de empoderamiento de los pueblos y comunidades indias.
Se afirmaron en sus propias tradiciones y culturas, para hacerlas valer ante la
sociedad nacional y el Estado. Están empeñados en lograr que se reconozca la
autonomía que han podido conservar y que ahora están ejerciendo con más vigor
que antes, así sea bajo condiciones de tensión y confrontación.
El empeño ha arrojado ya frutos
legales e institucionales.
En el caso de Oaxaca, el estado de
mayor población india del país y el único en que los pueblos indios representan
la mayoría, los cambios recientes en la Constitución y la legislación del
estado, claramente inspirados en los Acuerdos de San Andrés entre el EZLN y el
gobierno federal, ha tenido repercusiones muy importantes. Cuatro de cada cinco
municipios de Oaxaca, en donde está la quinta parte de los municipios del país,
constituyen sus autoridades en forma autónoma, conforme a tradiciones
diferenciadas que ahora tienen reconocimiento legal e institucional. Este
ejercicio de autonomía se extiende a muchos otros ámbitos y ha estado
modificando la relación de los pueblos indios con los partidos políticos y las
instituciones públicas federales y estatales, que también han debido
modificarse. Se ha registrado un claro empoderamiento de pueblos y comunidades,
que en algunos aspectos se empieza a reflejar en sus condiciones de existencia
y en sus nuevas iniciativas. Por lo pronto, expresa una clara reapropiación de
los niveles locales de gobierno, que fueron por siglos instrumentos de
sometimiento centralista y están ahora en sus manos.
A escala del país, el asunto se
mantiene en gran tensión y refleja las contradicciones existentes entre dos
concepciones distintas de la cuestión. La reforma constitucional, aprobada hace
unos meses, acotó los aspectos sustantivos de la autonomía y puso el énfasis en
los programas de atención pública de los pueblos indios, reduciendo de hecho el
empoderamiento implícito a la promesa de mayor acceso a los servicios y
recursos públicos. Se ha reconocido ampliamente, en el propio Congreso de la
Unión y por parte de casi todos los actores involucrados, que la reforma
resultó insatisfactoria. El asunto se encuentra en la Suprema Corte. Sea cual
fuere su decisión, volverá a plantearse en el Congreso y en toda la sociedad.
El meollo de la cuestión estriba
en la manifiesta contradicción entre el carácter multicultural del país,
reconocido por todos, y el diseño aún vigente de su régimen político y del
Estado, basado en una noción monocultural homogénea y homogeneizante que niega,
margina y excluye a amplios grupos. El caso de Oaxaca muestra la viabilidad y validez
de un régimen jurídicamente pluralista que reconozca la autonomía efectiva de
pueblos y comunidades, empoderándolos legal e institucionalmente y sentando
nuevas bases para la vida democrática. Sin embargo, persisten en la clase
política, lo mismo que en ciertos sectores sociales, resistencias a un cambio
que modifica sustancialmente el régimen político nacional y sus estructuras de
poder y cuestiona convicciones arraigadas, algunas de corte racista, así como
prácticas sociales e institucionales.
La reivindicación autonómica está
centrada en los pueblos indios, que
representan una minoría de la población, pero ha sido asumida por amplios
grupos sociales, particularmente los que habitualmente se consideran marginados
y excluídos. Los Acuerdos de San Andrés establecieron explícitamente que el
reconocimiento constitucional de la autonomía sería expresión de una nueva
relación entre los pueblos indios y el Estado. Estipularon la necesidad de
replantear todas las instituciones que operan en sus ámbitos: algunas pasarían
a manos de los pueblos indios, otras tendrían una gestión conjunta y las que
quedaran a cargo del Estado deberían incluir mecanismos explícitos de
participación e ingerencia de los pueblos indios. El cumplimiento de estos
compromisos tendrá repercusiones muy amplias en todas la sociedad.
No está en duda, en la actualidad,
la necesidad de resolver esta cuestión. No se detendrá la lucha de los pueblos
indios y de los amplios grupos que apoyan sus reivindicaciones y las han hecho
suyas. Lo que está en duda es el plazo y la forma que adoptará la solución, que
puede profundizar los cambios democráticos en el país o imponer retrocesos
autoritarios, en un contexto de violencia y desarticulación social. Ante
semejante perspectiva, parece indispensable que todos los actores involucrados,
en los poderes constituidos y en la sociedad civil, tomen iniciativas políticas
que permitan encauzar pacífica y democráticamente el proceso, que en todo caso
podrá seguirse traduciendo en mayor empoderamiento de los pueblos indios en
todos los sentidos.
La lucha democrática
En el año 2000 culminó una fase de
prolongadas luchas democráticas, enderezadas contra un régimen que disimulaba
sus propensiones autoritarias bajo algunas formas democráticas, flexibilidad en
la negociación social y amplios espacios de libertad y participación, y que
permitió lograr, en sus 70 años de vida, importantes avances económicos,
sociales y políticos.
Lo ocurrido en el año 2000,
derivado en medida importante de la acción de la sociedad civil, no representó
solamente la alternancia en el poder, cuando la oposición política ganó por
primera vez las elecciones presidenciales. Implicó la recomposición de todas
las estructuras de poder y creó un periodo de transición política. Aunque
persisten inercias del antiguo régimen, su columna vertebral ha sido
desmantelada. El desafío actual consiste en definir, pacífica y
democráticamente, las características que habrá de adoptar el nuevo régimen.
Las organizaciones de la sociedad
civil que se pusieron a la vanguardia de la lucha democrática entraron en una
suerte de pasmo y depresión a raíz de su triunfo del año pasado. Esas
organizaciones abrieron el debate público y la movilización ciudadana a la
transición democrática, y supieron impulsarla con coraje, decisión e
inteligencia. Cumplieron una función insustituible en la articulación de los
empeños dispersos de innumerables ciudadanos. Pero el resultado no fue el que
esperaban.
La desilusión empezó en las
campañas políticas, que imaginaban como oportunidad de debate público y
participación ciudadana y se convirtieron en un circo mediático de muchas
pistas. En los meses siguientes a la elección se observó desconcierto, cuando
no frustración, en muchas organizaciones de la sociedad civil.
Algunos democrátas empezaron a
desconfiar de sus propias creencias. Constataron con satisfacción que existe ya
un sufragio razonablemente efectivo, frenos y contrapesos entre los poderes y
buena parte de los elementos que definen la sociedad democrática moderna por la
que luchaban. Pero también percibieron sus insuficiencias, particularmente por
la persistencia o agravamiento de la cuestión social.
Ese pasmo relativo no duró mucho
tiempo. En el mismo año 2000 se multiplicaron iniciativas de la sociedad civil
que buscaban articular sus empeños y en algunos casos presentar propuestas
concertadas a la nueva administración.
Diversas organizaciones empezaron
a instalarse en los espacios desocupados por el antiguo régimen y desde ellos
tratan ahora de contribuir a la definición del nuevo. Buena parte de sus
iniciativas guardan relación con el empoderamiento de la sociedad civil.
Procedimientos
democráticos formales
Muchas organizaciones de la
sociedad civil mantienen en su agenda diversos aspectos de la lucha por la
democracia formal. Buscan que se perfeccione el sufragio, que sobre todo en
ciertas regiones y aspectos sigue enturbiado por prácticas del pasado.
Aprovechan la coyuntura para impulsar más vivamente el juego democrático en el
seno de las organizaciones económicas y sociales, particularmente en sindicatos
y otras entidades que conservan aún el sello corporativo de su origen. Buscan,
en general, consolidar y ampliar los elementos formales del sistema de
representación y la participación ciudadana en ellos.
"Democracia
directa"
Han retomado elementos de la lucha
democrática que estaban en un segundo plano. Impulsan ahora la regulación legal
y el empleo eficaz del plebiscito, el referendum, la revocación del mandato y
la iniciativa popular, que algunos denominan democracia directa y perciben como
complemento de la formal, y que se han adoptado ya en algunos estados.
Promueven también más y mejores dispositivos para la rendición de cuentas y la
contraloría social.
Transparencia
y ciudadanización
Dan ahora especial atención al
tema de la transparencia y ciudadanización de las acciones públicas, en
particular para la asignación de recursos. Por una parte, buscan la eficaz
difusión de la acción gubernamental, así como garantizar el acceso a la
información; además de ampliar el debate público al respecto, organizaciones de
la sociedad civil han propuesto una iniciativa de ley en la materia. Por otra
parte, impulsan la creación de órganos capaces de asignar recursos públicos que
se pongan en manos de ciudadanos representativos o cuenten con su participación
en términos que van mucho más allá del régimen de licitaciones transparentes.
Algunas organizaciones impulsan que buena parte de los recursos se asignen
mediante mecanismos legales transparentes de aplicación automática, de tal modo
que no dependan de decisiones discrecionales o arbitrarias de los funcionarios,
sino que operen como derechos de quienes se ubiquen dentro de los supuestos
establecidos en la ley.
Normatividad
administrativa
Algunas organizaciones de la
sociedad civil han puesto su atención en las normas que orientan, rigen y
controlan la operación de las instituciones públicas. Esas normas tuvieron
habitualmente un carácter arbitrario y secreto, altamente centralizado y
tecnocrático. Por su carácter estrictamente homogéneo, están claramente
desajustadas de las heterogéneas características de los grupos o sectores a las
que se aplican. Ese evidente desajuste se corregía en el antiguo régimen
mediante procedimientos que propiciaban la corrupción y la manipulación, aunque
permitían ciertos grados de participación y negociación. Con el cambio podría
estarse sufriendo un retroceso. El legítimo afán de combatir desvíos y arbitrariedades
ha aumentado la rigidez en la aplicación de las normas, cancelándose así
algunos espacios de participación. Al mismo tiempo, la formulación misma de las
normas se ha concentrado todavía más y se ha hecho más tecnocrática, aunque
empiece a ser más transparente. Sólo se da participación en el proceso a los
grupos más poderosos o tras muy intensa presión pública de los grupos
afectados.
Diversas organizaciones de la
sociedad civil consideran que los cambios en la normatividad administrativa
pueden ser tan trascendentes como el sufragio para asegurar una efectiva
participación democrática de los ciudadanos en las acciones públicas que afectan
su vida. Buscan ahora descentralizar la formulación de las normas, darles mayor
flexibilidad y transparencia y someterlas a concertación con la sociedad civil.
Este empeño se enmarca en otro más
amplio para la reconstitución del sistema jurídico. No sólo se trata de
impulsar su cabal vigencia y el respeto a los derechos humanos y de transformar
el corrompido e ineficiente poder judicial, sino de modificar las leyes mismas
y su forma de aplicación. El aparato legal ha sido tradicionalmente instrumento
de dominación y exclusión, a pesar de sus contenidos avanzados. Sólo
recientemente ha empezado a ser utilizado por la gente para su beneficio y la
experiencia ha demostrado la necesidad de revisarlo íntegramente, para que sea
la base de un auténtico estado de derecho asumido por todo el cuerpo social.
Corresponsabilidad
Se había acumulado en el país una
gran experiencia en programas que combinaban con éxito recursos y acciones de
los diversos niveles del gobierno y de la población beneficiaria. La sociedad
civil busca ahora impulsar y extender ese ejercicio de corresponsabilidad. Una
de sus aplicaciones más interesantes había sido la creación de algunos órganos
mixtos que iban más allá de la simple consulta democrática. En ellos se
concibieron e implementaron políticas públicas y mediante decisiones conjuntas
se comprometieron recursos y acciones de todas las instituciones públicas
involucradas y de la sociedad civil en ámbitos específicos temáticos y
geográficos.
A pesar de sus éxitos y en parte por ellos, encontraron resistencias en las
estructuras de poder. Sirven ahora de antecedente para impulsar estrategias
semejantes y aplicarlas en nuevos campos.
Derecho a
la información y medios masivos de comunicación
El régimen anterior había puesto a
su servicio a los medios masivos de comunicación o los sometía a diversas
formas de control e inhibición. La sociedad civil está participando
intensamente en las negociaciones que se realizan en el Congreso sobre una
nueva ley de la materia y ha tomado diversas iniciativas públicas al respecto.
La
cuestión del género
Casi todos los empeños
democráticos de la sociedad civil han estado permeados por la cuestión del
género. Además de las reivindicaciones sobre la situación y posición de la
mujer en todos los aspectos de la vida social, que se han impulsado como nunca,
la participación de las mujeres ha dado nuevo sentido y vitalidad a toda la
lucha democrática. En algunos círculos de la sociedad civil se ha empezado a
hablar de la feminización de la política, al reconocer en ella no sólo el papel
prominente de las mujeres sino un sello y orientación de las acciones que
influye también sobre los hombres y traza un rumbo mejor para todos. El
creciente empoderamiento de las mujeres no es una reproducción de prácticas
patriarcales o sexistas sino la oportunidad de innovaciones sociales y
políticas de enorme valor.
"Democracia
radical"
En forma paralela y complementaria
a todos estos empeños, que perfeccionan y enriquecen el sistema de
representación, se realizan otros, muy extendidos, que impulsan la que se ha
estado llamando democracia radical. Tales esfuerzos, que corresponden también a
la lucha por la autonomía, plantean ampliar y fortalecer las capacidades de la
gente para gobernarse a sí mismas en sus espacios locales, en sus propios
términos, con acceso transparente y equitativo a recursos públicos aplicados en
términos de corresponsabilidad.
Este conjunto de iniciativas y
procesos tienen muy importantes implicaciones para el empoderamiento de muy
amplios sectores de la población. Forman parte de la transición política en que
el país está inmerso y continuará inevitablemente, a pesar de las resistencias
que todavía encuentra y de los obstáculos que surgen por la coyuntura económica
y por los reacomodos que se observan en todos los partidos políticos y en las
estructuras de poder.
Al concebir acciones que
contribuyan a esos procesos, es útil deslindar con claridad las acciones
orientadas a ampliar y fortalecer las acciones autónomas de la gente, que a
corto plazo pueden ser las más efectivas, de las que corresponden a su mayor
ingerencia en la concepción y aplicación de las políticas públicas.
Para estos fines, puede ser de la
mayor utilidad contar con estudios que muestren las estrategias y
procedimientos que permiten el empoderamiento, con base en las experiencias que
se están acumulando, a fin de que todos los actores involucrados puedan
aprender de ellas las lecciones pertinentes. Aún más importantes son los
estudios que acoten teóricamente la cuestión y presenten alternativas que
recurran al precedente pero se conciban también con imaginación sociológica y
política, reconociendo la novedad de las nuevas circunstancias y procesos.
Estos estudios podrían contribuir a superar algunas de las resistencias
existentes, que en parte parecen derivarse del temor a lo desconocido y a la
parálisis que provocan las limitaciones del pensamiento convencional dominante.
La pobreza de la pobreza
Los programas de combate a la
pobreza, que intentan actualmente poner mayor énfasis en el empoderamiento de
los pobres y otros excluídos, podrían militar contra su propia causa por el
mero uso del término. La pobreza es aún considerada una virtud en diversos
ámbitos, pero alude cada vez más, por el tratamiento que
se le ha estado dando, a una situación humillante e indigna. Ser llamado pobre
y, aún más, verse obligado a aceptar esa designación para obtener recursos
marcados con esa etiqueta, conlleva casi siempre una pérdida de dignidad.
Algo semejante ocurre con el
término subdesarrollado. Significa, para las mayorías sociales, estar en una
condición humillante e indigna, abajo de una minoría "desarrollada".
Ya no pueden soñar sus propios sueños: ya están soñados por los desarrollados.
No pueden confiar en sus propias narices: han de ponerse en manos de los
expertos.
Esta reflexión no pretende reabrir
el debate teórico, político o técnico sobre la pobreza y el desarrollo. Busca
más bien destacar las consecuencias sociales del empleo de estas palabras en
campañas y programas públicos. Intenta también hacer notar que ambos términos
no reflejan datos objetivos, aspectos o variables de la realidad social que se
puedan medir con criterios técnicos o científicos. Son comparaciones que
adoptan ciertos niveles o formas de vida como punto único de referencia, como
definiciones universales de la buena vida.
La necesidad técnica de contar con
indicadores estadísticos sobre ciertas condiciones homogéneas, para medir
algunos aspectos de la cuestión social o concebir políticas y programas, no
debe traducirse en fórmulas y campañas igualmente homogéneas. Muchos
indicadores de pobreza encubren formas alternativas de prosperidad. Hay
programas de desarrollo que desmantelan condiciones que podrían permitir
maneras dignas y satisfactorias de vivir y a menudo tienen un impacto
discapacitante. No sólo afectan las capacidades autónomas de la gente y su
ejercicio digno. Pueden también dañarlas directamente, al imponerles una noción
uniforme de la buena vida que les es ajena o crear condiciones para ésta que
inhiben o dañan las de la suya. Definiciones alternativas, como las de
"necesidades básicas" o "mínimos de bienestar", no
resuelven el problema.
El reconocimiento y revaloración
de los ideales diversificados de la buena vida que tienen diferentes pueblos y
culturas permitiría por sí mismo su empoderamiento. Contribuiría aún más a ello
concebir las políticas y acciones públicas en función de los diversos contextos
locales y culturales.
Quizás no haya factor más
importante para el empoderamiento de los llamados pobres que abandonar
emblemas, como los de pobreza y desarrollo, que los descalifican y afectan su
dignidad y empeños. La sustitución de esos emblemas debería ser la expresión de
un reconocimiento eficaz de las definiciones diferenciadas de la buena vida de
distintas personas, grupos, pueblos y culturas. Abandonar los tratamientos
estándar y las prescripciones uniformes crea sin duda problemas a las
instituciones públicas, para las que resulta difícil concebir otras formas de operar,
pero haría posible que cumplieran su función, en vez de contradecirla.
Algunas iniciativas recientes de
la sociedad civil están mostrando que es posible plantear las dificultades
actuales, las reivindicaciones y las fórmulas de solución sin emplear esos
términos. El solo hecho de haberlo podido hacer es expresión de empoderamiento.
La restitución
Quienes aquí interesan son los que
carecen de la capacidad de vivir una buena vida, en sus propios términos, y
viven en contextos sociales en que sus familias, comunidades o grupos carecen
de mecanismos que compensen sus limitaciones o restricciones para ese fin. El
propósito de su empoderamiento sería remediar esa incapacidad, en el plano
personal o social.
Existen muchos casos en que la
incapacidad no se debe a características de las personas o grupos, sino a actos
o procesos de destitución o despojo: se les han arrebatado las condiciones que
les permiten ejercer las capacidades que poseen. El empoderamiento consistiría,
en estos casos, en restituirles esas condiciones. Por ejemplo: devolver sus
tierras a campesinos que las han perdido por actos legales o ilegales. El
empoderamiento no sería aquí un proceso sino un acto puntual, cuando el Estado
restituye lo que él mismo arrebató o que dejó arrebatar.
Este género de iniciativa puntual
se aplica particularmente al caso de los pueblos indios, que no sólo han sido
despojados de sus condiciones materiales de vida sino de sus maneras propias de
gobernar su existencia y hacerla florecer. Reconocerlos como lo que son y
respetar su autonomía sería también una forma de empoderamiento que puede
realizarse mediante un acto puntual.
Un caso más frecuente y general es
el de quienes han perdido su capacidad de subsistencia por un cambio en las
condiciones del entorno que pueden o no atribuírseles. El deterioro del
ambiente o cambios en los mercados, por ejemplo, pueden haberlos incapacitado
para ejercer adecuadamente sus facultades de subsistencia autónoma. Aquí el empoderamiento
consistiría en restituirles esas capacidades, cuando ello es posible, o en
propiciar que adquieran las que hacen falta en el nuevo contexto. Habría
empoderamiento, por ejemplo, al restaurarse el ambiente deteriorado, o cuando
se obtiene la capacidad técnica para rediseñar los productos en función del
mercado.
Al abordar estos casos, sin
embargo, es preciso resistir el supuesto de que toda solución efectiva pasa por
una mejor forma de eslabonamiento de la acción autónoma de la gente a las
condiciones del mercado globalizado. Millones de personas no podrán encontrar
en él una opción suficiente y digna de vida en el futuro previsible y quedarán
expuestas, por un largo periodo, a la dependencia asistencialista o a subsidios
ineficientes, en ambos casos con pérdida de dignidad. Es indispensable
considerar seriamente las formas de subsistencia autónoma que pueden constituir
una opción satisfactoria de vida para amplios grupos, no sólo en el corto plazo
-cuando puede ser la mejor o la única opción-, sino incluso en una perspectiva
amplia, para quienes asocian sus sueños con modos de existencia distintos a los
que ha estandarizado el modo industrial de producción. Pueden concebirse
programas que apoyen esos empeños, en vez de tratar de conducirlos en otra
dirección, que a menudo resulta frustrante por inviable.
Asimismo, conviene tomar también
en cuenta la opción que representan mercados locales o regionales autónomos,
separados del globalizado por mecanismos como las "monedas locales".
Las experiencias al respecto muestran que esos esfuerzos no pretenden crear
islotes autárquicos. Sin descuidar los empeños por mejorar los términos del
eslabonamiento a los mercados globalizados, buscan satisfacer necesidades
concretas mediante intercambios directos bajo control de los participantes. De
ese modo, aumentan capacidades de producción y consumo y a menudo fortalecen
las posibilidades de participar en el mercado globalizado.
Numerosas organizaciones de la
sociedad civil mexicana están encaminando en esta dirección sus esfuerzos, en
unos casos para conseguir la restitución específica de lo que se les ha
arrebatado y en otros para impulsar opciones ingeniosas, que son económicamente
viables, socialmente justas y ecológicamente sensatas. Todos ellos pueden verse
como estrategias de empoderamiento.
Descentralización y descentralismo
Muchas iniciativas de la sociedad
civil mexicana impulsan claramente procesos de descentralización de las
instituciones y programas públicos, que amplíen las posibilidades de
participación, concertación y rendición de cuentas. Al mismo tiempo, se empeñan
en afirmar el descentralismo.
La construcción del estado
nacional se realizó habitualmente como un proceso de irradiación de un centro
político, administrativo, económico y cultural en manos de una elite. El diseño
mismo del estado se basó en una concepción homogénea que intentó llevar desde
el centro a la periferia los ideales de vida y las normas de comportamiento que
se definieron en función de diversas modas ideológicas y circunstancias
políticas. Quedaron casi siempre marginados, subordinados o excluídos los
múltiples centros de producción cultural y política que reflejaban la
pluralidad real de los pueblos y culturas que se articularon en el estado
nacional.
Los avances democráticos han
estado mostrando la vitalidad y riqueza de esos múltiples centros de creación
cultural, que ahora exigen reconocimiento y respeto, tanto para asegurar su
coexistencia armónica en la sociedad mayor, como para contribuir al
enriquecimiento de ésta. Tales empeños han encontrado resistencia, como la que
se opone a la autonomía de los pueblos indios, por considerar que pueden
provocar la fragmentación o desarticulación del país o crear problemas de
gobernabilidad. Por sus características, sin embargo, producirían lo contrario.
Serían una contribución efectiva a la unidad de la nación, cuyo carácter
multicultural todos reconocen, y a la gobernabilidad democrática.
Los procesos de descentralización
política y administrativa no producen los efectos deseados cuando sólo aumentan
la eficiencia del sistema de control del centro sobre la periferia. Para que
cumplan su función indispensable deben realizarse bajo el signo del
descentralismo efectivo, que representa un empoderamiento real de la sociedad
civil en el plano local y regional, en donde puede darse efectiva participación
de los ciudadanos en los asuntos que afectan su vida. Desde ahí, desde los
centros de creación cultural asociados con la vida cotidiana de la gente, podrán
irradiar al conjunto ideales de vida diversificados y prácticas sociales
relevantes.
La perspectiva latinoamericana
México atraviesa en el momento
actual por un momento singular de su historia política. Sin embargo, en este
campo, como en muchos otros, expresa a su manera fenómenos y procesos que se
observan en toda América Latina.
Coincidió en el tiempo, en
diversas sociedades latinoamericanas, un nuevo empleo de la expresión sociedad
civil, que la apartó de sus significados convencionales. Por una parte, se
empleó para designar amplias movilizaciones populares que no emplearon las
formas características de las organizaciones de clase o los partidos para
desmantelar regímenes autoritarios. Por otra parte, aludió a nuevas iniciativas
tendientes a modificar la distribución y las condiciones de ejercicio del
poder, haciendo valer ante los poderes constituidos la fuerza constituyente de
los ciudadanos, para darles mayor participación en las decisiones y acciones
que afectan su vida.
La estrategia de empoderamiento es
muy antigua: la han adoptado desde siempre grupos de lo que ahora se llama
sociedad civil en toda América Latina, particularmente entre los excluídos. Lo
que es una novedad radical es que sus gobiernos e instituciones como el Banco
Mundial la propongan e intenten impulsarla. Esta nueva actitud de los poderes
constituídos puede verse como una reacción razonable y positiva ante las
iniciativas de grupos de la sociedad civil, que por siglos se vieron obligados
a confinar el empeño a la mera resistencia y ahora se proponen explícitamente
modificar la estructuración misma del poder, para retomar democráticamente el
que les habían arrebatado los poderes constituídos. Al reconstituirlos no sólo
retienen para sí funciones que habían delegado en ellos, sino que establecen
mecanismos de control sobre las que aún les confían, como los procedimientos de
revocación del mandato y rendición de cuentas.
El proceso actual está lleno de
tensiones porque representa una ruptura sustantiva con una larga tradición de
los estados, con los usos y costumbres de las elites. Amparados en el propósito
de construir el estado nacional o en nombre del desarrollo o la justicia
social, se dedicaron sistemáticamente a desempoderar a la sociedad civil y a
producir así la exclusión de amplios grupos. Como consecuencia, muchas
organizaciones de la sociedad civil han asumido la tarea de reeducar a los
funcionarios y combatir su arrogancia y prepotencia, para convertirlos en
auténticos servidores públicos. También se ocupan de contagiar su nueva
conciencia a diversos segmentos de la población, que nunca pudieron ver a los
gobernantes como sus apoderados, asumieron profundamente su subordinación y
mantienen la ambivalencia de la dialéctica confrontación/petición.
La reactivación de los movimientos
asociados con los pueblos indios se ha manifestado en todas las sociedades
latinoamericanas, particularmente en aquellas en que representan una proporción
importante de la población. La reivindicación autonómica aparece en todos los
casos, aunque muestra diferencias importantes, que también se observan en el
tratamiento que se da, en diversos países, a la cuestión de la representación
política, que en algunos casos tiene escasa relevancia y en otros llega a
convertirse en la reivindicación principal.
El proceso político, generalmente
asociado con la lucha democrática, ha estado acompañado de interesantes
innovaciones conceptuales que nutren uno y otra. Estas innovaciones reflejan un
fenómeno de empoderamiento intelectual, que se aplica particularmente a
cuestiones como la reformulación de la soberanía, la reconsideración del papel
del estado y de la sociedad civil y de las relaciones entre uno y otra, la
función y repercusiones de las nuevas tecnologías, las formas alternativas de
la organización económica y social y otros aspectos, dadas las actuales
circunstancias del mundo. Las innovaciones expresan, simultáneamente, una mayor
interacción con corrientes de pensamiento y acción que en el pasado tendieron a
llegar con retraso a la región, y una mayor capacidad de adaptarlas a sus
condiciones específicas y de introducir en ellas concepciones originales.
Uno de los aspectos más
interesantes es el que se refiere a la extensión, profundidad y magnitud de las
coaliciones contemporáneas de descontentos, que han estado apareciendo en todas
partes del mundo y tienen perfiles propios en la región. Se apartan de los
patrones convencionales de organización y movilización, al articular empeños
diferenciados que corresponden a ideales de vida, intereses e ideologías muy
distintos, en torno a rechazos comunes. Las muy heterogéneas organizaciones de
la sociedad civil que así se articulan expresan un "no" común a diversos
fenómenos o tendencias o a proyectos específicos que los afectan. Lejos de
prescindir de los diversos "síes" que definen a cada grupo u
organización, los afirman en sus coaliciones, junto con la autonomía de cada
uno, sin pretender aglutinarlos o disolverlos en proposiciones afirmativas
comunes, a la manera de los partidos políticos o las organizaciones de clase,
de los que también se diferencían por su relativo desinterés en la toma del
poder político. Si bien esto limita su eficacia en algunos aspectos, les otorga
una gran vitalidad, que se deriva de su mayor ajuste a los intereses e ideales
diferenciados de la gente. Estas coaliciones han cambiado ya muchos estilos de
organización y movilización en la región y están cumpliendo un papel de gran
importancia en los procesos de transformación social.
Esas coaliciones de descontentos
están influyendo en las estrategias de empoderamiento de la sociedad civil,
particularmente de los excluídos, en toda la región. Compiten claramente con
los partidos políticos, que en muchos casos no se muestran capaces de reflejar
los impulsos e intereses de la base social y respecto a los cuales se
manifiesta creciente desencanto. El desafío actual consiste en encontrar
mecanismos sociales e institucionales que puedan encauzar estas expresiones de
descontento hacia formas de participación y concertación capaces de ajustarse a
la diversidad real que se manifiesta en las coaliciones, hasta lograr el
efectivo empoderamiento diferencial de quienes las forman.
Todos los componentes de la lucha
democrática y las estrategias de empoderamiento que destacan en el caso de
México se encuentran presentes, en una u otra medida, en toda América Latina.
Se expresa así la vitalidad y vigor de una sociedad civil que está diciendo
¡Basta ya! a todas las formas del autoritarismo y la exclusión que han
caracterizado a la región.
San Pablo
Etla, octubre de 2001
1. Presentado en el Primer
Foro Temático Regional en América Latina y el Caribe Sociedad Civil-Banco
Mundial, "Empoderamiento y acción: construyendo una agenda para la
reducción de la pobreza", Tequesquitengo, México, 25-26 de octubre de
2001.
. Por ejemplo: "Letters
from the Pope...empowering them to erect this College" (H.L'Estrange,
1655); "A clause is inserted...empowering the King to discontinue it at
any time" (T.Jefferson, 1859).
2. Estos órganos, que agruparon ámbitos específicos,
no deben confundirse con los "pactos" sociales y políticos y diversos
órganos "tripartitas", concebidos en el antiguo régimen, que por lo
general sólo implicaban concertación en las cúpulas de la estructura de poder y
excluían la participación ciudadana, en vez de propiciarla.ejecutivamente a todos los sectores de la
sociedad civil y a los tres niveles de gobierno en acciones y
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