CASOS
Gobernabilidad en Guatemala
Los retos de la agenda de la paz, la democracia y el desarrollo
Edgar
Gutiérrez
Secretario
de Análisis Estratégico
Presidencia
de la República de Guatemala
Lima, Perú 30 de octubre de
2002
I
Guatemala vive un proceso extendido en América Latina de desgaste precoz
del sistema democrático, que es ocasionado por el desencuentro entre el
funcionamiento de las instituciones y las demandas de la sociedad. El
advenimiento de la democracia coexistió durante una década con el conflicto
armado. En esas condiciones el ejercicio de las libertades públicas y el avance
en materia de derechos humanos fue inicialmente lento, a pesar de que existían
poderes Ejecutivo y Legislativo elegidos.
Se pensó que la firma de la paz, en diciembre de 1996, significaría el
relanzamiento de una democracia no sólo plena en materia de derechos civiles y
políticos, sino también eficaz en la solución de los grandes problemas de
pobreza, estabilidad institucional y cultura de la violencia.
Los acuerdos de paz se firmaron como una suerte de programa de lo que la
sociedad y el Estado guatemaltecos debían ser. Un programa cuya viabilidad y
cumplimiento, en las condiciones históricas de Guatemala, no fue
suficientemente evaluada.
Es verdad que los acuerdos han significado un impulso nuevo en materia
de libertades públicas y derechos humanos. El Estado es más democrático después
de la firma de los acuerdos, pero en su conjunto, Guatemala, además de sus
indicadores históricos de desigualdad, sigue atesorando resabios de
autoritarismo, racismo y violencia.
La clara inadecuación entre las posibilidades reales de transformación
de la sociedad y el Estado a condiciones de democracia y legalidad, y los
ambiciosos objetivos de los acuerdos de paz, han obligado a una permanente
recalendarización de los compromisos, lo que deteriora al sistema democrático
ante los ojos de los guatemaltecos y a Guatemala a los ojos del mundo.
II
Tradicionalmente la sociedad ha tenido una drástica segmentación
producto de muy desiguales accesos a la riqueza, la educación y el status
social, mezclados con muy profundas diferencias étnicas. Lo étnico y lo
económico social tienden a fusionarse. Los indígenas constituyen la población
más pobre de la sociedad. Y en las cúspides del poder económico, político,
social o cultural casi siempre habitan guatemaltecos de procedencia blanco
mestiza. Los puentes entre los distintos estratos de esa sociedad tan
diferenciada han sido débiles o inexistentes.
Los sectores poderosos de la tierra, el comercio, la industria y la
banca tienen articulaciones añejas con el poder militar y juntos han controlado
en medida considerable el poder político, sea éste ejercido por civiles electos
o militares dictadores. Los otros segmentos subordinados de la sociedad civil tienen
también algún grado de organización y capacidad de movilización pero su
articulación con los poderes estatales ha sido muy débil.
Los partidos políticos como espacio de agregación de intereses diversos
y heterogéneos capaz de intermediar entre el poder y la sociedad atraviesan hoy
por una profunda crisis. En todos ellos hay descomposición, divisionismo y en
todos los que han hegemonizado la vida política en los últimos 17 años florecen
tendencias que rápidamente se transforman en nuevos partidos políticos. Esa
tendencia a la atomización de las organizaciones partidarias deja al Estado sin
mediaciones políticas con la sociedad.
Por esa razón los canales de interlocución tienden a sustituirse por
espacios de presión o toma y daca entre el Estado y los poderes fácticos que
tan importante papel tiene en la sociedad (oligarquía, ejército, medios de comunicación) a lo que
hay que agregar la presencia cada vez más envolvente del crimen organizado en
distintas esferas del poder económico, militar y político.
Los movimientos sociales tradicionales se debilitan en Guatemala como en
otros países (sindicatos, organizaciones campesinas). Pero hay, con presencia
visible o en estado latente, nuevos actores sociales que deben ser tomados en
cuenta para que la concertación no sea exclusivamente con los sectores
cupulares de la sociedad. El movimiento por los derechos humanos tiene una
presencia importante en la vida política. Las mujeres, los indígenas y los
migrantes son actores sociales de una enorme potencialidad, que vinculados con
otros, como los pobladores, pueden contribuir a diversificar la estructura
social del poder, permitiendo que el Estado procure una interlocución plural
con la sociedad.
Otro actor fundamental de la vida guatemalteca es la comunidad internacional.
Las embajadas de Estados Unidos, México, Taiwán, Japón, la Unión Europea y la
MINUGUA son actores fundamentales en el quehacer político.
Con este conjunto de instituciones, partidos, poderes fácticos y actores
sociales heterogéneos y con pocos canales de comunicación entre sí, con una
cultura política orientada a la ruptura, ante la incapacidad de administrar los
disensos y con una tradición de defensa estrecha de intereses sectoriales que
difícilmente se agregan y combinan para objetivos comunes, es con lo que hay
que lidiar en Guatemala para buscar la gobernabilidad que preserve la
democracia y permita el cumplimiento de los acuerdos de paz.
III
Todo gobierno democrático requiere de acuerdos de gobernabilidad. Pero
su sentido y, sobre todo, su urgencia depende de las condiciones específicas
del país y de la coyuntura particular que la sociedad viva.
En Guatemala hay síntomas de agotamiento de todas las instituciones que
constituyen la estructura del sistema democrático. Las encuestas revelan desde
hace varios años que la sociedad pierde crecientemente la confianza en que la
democracia pueda resolver adecuadamente sus problemas de empleo y salario,
pobreza y desigualdad, inseguridad ciudadana y jurídica, calidad de la
educación y eficiencia de los servicios públicos. Las mismas encuestas reflejan
que los actores principales del funcionamiento democrático (Congreso, gobierno,
sistema judicial, partidos políticos e incluso los medios de comunicación y la
cúpula empresarial), tienen una baja valoración en la ciudadanía.
Sólo la Corte de Constitucionalidad y el Tribunal Supremo Electoral
preservan un nivel de respetabilidad en la población. La Iglesia es una de las
pocas instituciones que conserva un grado apreciable de evaluación positiva en
la sociedad. El ejército no goza de estima, pero supera a varias instituciones
democráticas en la valoración que hace la sociedad.
No obstante en Guatemala no ocurre lo que en algunos países
latinoamericanos, en donde la gente declara preferir regímenes dictatoriales a
los actuales sistemas democráticos. Eso constituye un capital político que es
necesario movilizar adecuadamente antes de que se consuma y corra la misma
suerte que otros valores democráticos de la sociedad.
En Guatemala no hay tradiciones de oposición política democrática. Lo
común ha sido una visión militar o complotista de la política que es el
escenario en que se enfrentan adversarios que deben aniquilarse mutuamente. Por
eso con facilidad el pequeño núcleo de
empresarios que ha liderado las campañas de desestabilización contra el
Presidente Portillo ha encontrado rápidamente eco en sectores políticos y
sociales.
La necesidad de acuerdos de gobernabilidad ha estado determinada por la
posibilidad de que múltiples formas no dictatoriales de desestabilización del
sistema institucional son altamente probables y han impregnado la agenda de la
coyuntura.
Los diálogos sociales, por otro lado, han tenido un carácter táctico y
en general dejan una sensación de frustración entre los participantes. Los
diálogos políticos, por otro lado, han sido insuficientes y ante la opinión
pública aparecen con un velo de “componenda”. Teniendo el diálogo una
importancia determinante para ganar gobernabilidad democrática, es sin embargo
un recurso político que ha tenido poca eficacia.
No obstante, nuestra experiencia nos muestra cómo el diálogo coyuntural
y sectorial con los sectores populares activa agendas democráticas a la vez que
desactiva focos de ingobernabilidad.
Únicamente en el marco de la institucionalidad de la paz, generada por
los acuerdos de paz, hemos podido construir acuerdos estratégicos que han sido
fundamentales para la democratización del Estado y la amplificación de la
participación de la base de la sociedad. Este es el caso de la nueva Ley de
Consejos de Desarrollo, el Código Municipal y la Ley de Descentralización, que
facilitan la organización de los núcleos de población y reconoce formas y
autoridades tradicionales de los pueblos indígenas.
En este aprendizaje tenemos por lo menos cuatro lecciones relevantes:
-
La primera es que tras cuatro décadas de guerra interna y un largo
ejercicio autoritario del poder, existe una desconfianza mutua entre el Estado
y diferentes sectores sociales, y entre los propios sectores sociales. Este
factor de desconfianza es fundamental vencerlo como primer paso hacia la
gobernabilidad.
-
La segunda lección es que debemos enfatizar en el “realismo” del
diálogo: al diálogo no le podemos pedir que resuelva los rezagos e injusticias
de más de 500 años; tampoco puede resolverlo todo a la vez. Cuando al diálogo
se le carga tanto se le vuelve ineficaz.
-
La tercera lección es que tanto el Estado como la sociedad deben generar
institucionalidad para la intermediación. Entendemos como institucionalidad los
espacios de relación donde convergen actores con intereses diferentes y hasta
opuestos. Para el Estado, son el Parlamento, el Ombussman y otras figuras “neutrales” que deben jugar ese papel.
Para la sociedad, lo pueden hacer las Iglesias, las universidades y las
autoridades morales de cada sector.
-
La cuarta lección es que una buena estrategia permite regular las
expectativas del diálogo y prever mecanismos de seguimiento y verificación.
Ahora está de moda en Guatemala pedir “diálogos vinculantes”, incluso a poderes
soberanos como el Parlamento. Es una actitud que enfatiza el lado de la
demanda. El diálogo es un recurso para alcanzar acuerdos parciales, no siempre
totales. Sirve para orientar y legitimar la acción del Estado, pero no para
reemplazarlo. Implica una co-responsabilidad de las partes, que significa
además una vigilancia de la gobernabilidad democrática. Al diálogo se debe
acudir con información amplia, pues muchas veces la carencia de esta establece
las principales asimetrías y obstáculos para el “realismo”.
Nuestra democracia está viviendo el quinto gobierno civil desde 1985,
cuando se promulgó la Constitución Política de la República. El Presidente
Portillo sería el primer mandatario en nuestra historia republicana que recibe
el gobierno de un gobernante electo y entrega a otro presidente producto del
proceso electoral. Así de joven es nuestra democracia.
La población parece haber institucionalizado una cultura política de
cambio de gobierno a través de elecciones. Es un gran chance para la
democracia, pues le abre un horizonte de maduración, necesario para alcanzar
las metas de desarrollo, equidad, eficiencia y transparencia.
El año entrante celebraremos elecciones. Será una prueba de la
gobernabilidad celebrar esas elecciones en un ambiente de estabilidad y con
agendas constructivas. Previsiblemente, sin embargo, tendremos unas elecciones
muy peleadas, especialmente en el nivel local. Por eso el manejo de los
conflictos comunitarios derivados del control de recursos, el manejo de
gobiernos municipales y aquellos que son inercia del conflicto armado interno,
tendrán que ser objeto de un tratamiento prioritario en los próximos meses.
Pero la gobernabilidad democrática pasa antes por un acuerdo entre los
partidos, el Estado y aquellos actores con capacidad de incidencia en la
gobernabilidad. Es lo que nosotros llamamos un acuerdo pre-electoral que
establece ciertas reglas para generar estabilidad, controlar manifestaciones
violentas de desacuerdo y no perder, sino más bien enriquecer la agenda de
desarrollo nacional derivada de los acuerdos de paz.
IV
La gobernabilidad es condición necesaria para cualquier régimen
político. Puede existir gobernabilidad sin democracia, pero una democracia sin
gobernabilidad termina negándose a sí misma. Por eso en un régimen republicano
y democrático, la gobernabilidad es más compleja que en los regímenes
dictatoriales.
La gobernabilidad depende de los actores con poder, de aquellos que son
capaces de crear disturbios en el orden público o en la economía. Los actores
poderosos en nuestra sociedad son diversos. Tienen relación con la economía,
las fuerzas militares, los medios de comunicación, la política, el crimen
organizado, la organización de la sociedad civil, las autoridades morales y
religiosas, el aparato burocrático y los intelectuales.
La magnitud de su poder depende de los recursos que cada actor controla
y de la capacidad de cada cual de utilizarlos eficientemente. Las relaciones
entre los actores son múltiples y entrecruzadas, pero lo importante es que
existan fórmulas que regulen los conflictos entre ellos y que sean aceptadas
por el conjunto.
Los problemas de gobernabilidad en Guatemala reflejan tanto las
preocupaciones actuales o coyunturales como las deficiencias estructurales en
el funcionamiento del Estado y del sistema político a diferentes niveles.
Existen por lo menos cuatro principales problemas de gobernabilidad, que se
condicionan mutuamente:
1. La falta de
legitimidad y credibilidad del Estado y los partidos políticos.
2. La alta
centralización y concentración del Estado.
3. Las insuficiencias
de la administración pública.
4. La multiplicación
de las tensiones sociales y conflictos políticos coyunturales, así como la baja
capacidad, en el Estado y la sociedad, de mecanismos de diálogo y consenso para
la resolución de conflictos.
Estos problemas nos evidencian la existencia de serias deficiencias en
la construcción de la democracia y el Estado de Derecho; en las relaciones
entre el Estado, la sociedad civil y el sector privado; en el funcionamiento
del sistema político; en la construcción de una administración pública moderna,
y en la creación de condiciones de vida equitativas y sin exclusión social.
V
A la pregunta ¿hay condiciones para la ingobernabilidad en
Guatemala? La respuesta es sí, porque el sistema político está agotado. El
sistema institucional del Estado es débil, insuficiente y está atacado por la
corrupción. La sociedad está atomizada, carece de visión estratégica y acusa
prácticas corruptoras. Pero lo más relevante, la democracia no está resolviendo
los problemas de la gente (desempleo, costo de vida, seguridad). Los
presidentes son cada vez más fungibles.
No obstante, los desórdenes macroeconómicos han sido parcialmente
revertidos. Se ha evitado la profundización de los desequilibrios, aunque no se
ha logrado la reactivación económica. Los temas sociales estructurales, como la
pobreza y la exclusión no han mejorado, pero tampoco se han deteriorado
notoriamente, a pesar de las caídas de las exportaciones tradicionales y los
efectos perniciosos de privatizaciones sin marcos de regulación estatales.
.
Lo que ocurre en Guatemala es resultado de la maduración de un proceso
de deslegitimación de la democracia. El complejo reto de este y los próximos
gobiernos es asumir que no pueden sobrevivir sin preservar y renovar la actual
democracia, a pesar de que los vacíos democráticos son la causa principal de
una potencial desestabilización.
Vivimos el producto de dos décadas de mal funcionamiento de la
democracia. Nos ha correspondido, por un proceso de acumulación histórica de
necesidades, la tarea de modernizar una democracia justamente cuando se
encuentra debilitada en la percepción de la sociedad. La democracia está
debilitada no porque haya tendencias autoritarias en el Gobierno ni porque exista un renacimiento autoritario en
el Ejército, sino porque no pasa el examen de la eficiencia y la transparencia
que todo sistema democrático debe de aprobar en los ojos de la sociedad.
La pobreza de los partidos de oposición impide que el malestar adquiera
una forma institucionalizada, por eso los grupos de presión utilizan a los
medios como canales de su descontento.
Ello desplaza el escenario de eventuales negociaciones, pues la interlocución
no es con instituciones políticas representativas.
Estamos, pues, ante escenarios múltiples, diferenciados y confusos para
la negociación. Esos escenarios de
desestabilización se podrían generar por cualquier hecho: una recesión
económica, corrupción generalizada, derrumbe del sistema bancario, aumento de
la tarifa de transporte, catástrofes naturales como terremotos o huracanes, o
bien por errores de conducción política que abruptamente deslegitiman a los
gobernantes.
Nuestro problema en Guatemala es cómo vincular adecuadamente los
objetivos de corto y largo plazo a través de acciones, a fin de que la
estabilidad sea premisa del cambio.
VI
Un análisis de riesgos para la puesta en marcha de un eventual Pacto de
Gobernabilidad Democrática nos permitió identificar eventos que podían ocurrir
durante su ejecución y que representaban obstáculos para su cristalización. Por
eso nos inclinamos a definir una estrategia de gobernabilidad, antes que
impulsar un pacto de dudosa viabilidad, y prudentemente definimos ciertos
objetivos básicos para esa estrategia, entre ellos: reducir y evitar la
confluencia de los focos de tensión social a través de instancias de diálogo y
mediación, como la Unidad Presidencial de Reducción de Conflictos (UPRECO) y
las mesas sectoriales, que hoy día suman 17. Era una forma de hacer fluir la
comunicación entre el Gobierno y la sociedad civil. Además que nos permitía
reforzar el efectivo ejercicio de los derechos individuales, la libertad de
expresión e información, así como fomentar una cultura política democrática y
participativa.
Identificamos dos tipos de problemas de gobernabilidad. A unos los
denominamos “factores activos” que representan los imputs del sistema y los definimos como posibles “áreas de acción”.
A los otros los llamamos “factores pasivos” que representan los “productos” del
sistema y los definimos como probables “áreas de impacto”.
A la primera categoría
pertenecen los siguientes problemas:
-
La escasa presencia del Estado en algunas regiones del país
-
Los pocos y débiles mecanismos de control institucional y social de los
poderes fácticos
-
El uso y la tenencia de la tierra no orientada al desarrollo sostenible
-
Las dificultades para implementar aspectos sustantivos de los acuerdos
de paz y
-
La presencia del narcotráfico y el crimen organizado
A la segunda categoría (las áreas de impacto) pertenecen los problemas
siguientes:
-
Débil ejercicio de los derechos individuales
-
Elevados índices de pobreza
-
Distribución altamente inequitativa del ingreso
-
Surgimiento de nuevos focos de tensión social y desestabilización del
sistema político
VII
No me voy a detener analizando problemas. Quiero pasar a delinear la
generación de estrategias y algunas opciones de acción que se derivan del
análisis de los factores tanto activos (los imputs)
como pasivos (los productos) del sistema.
En el Sistema de justicia
tres objetivos básicos saltan como obvios: 1) construir un Estado de Derecho
que asegure la igualdad ante la ley; 2) la lucha contra la impunidad, que no es
otra cosa que el cumplimiento de la ley misma, y 3) la resolución eficaz y
transparente de conflictos. Para cumplir esos objetivos es imprescindible la
independencia de poderes, y mejorar la descentralización y aculturación de los
órganos judiciales.
Las áreas de acción no son novedad: la reforma integral del sistema
judicial, la coordinación entre las instituciones del sector judicial y
reformas específicas del sistema.
En el terreno de la Descentralización
y modernización del Estado cae de su peso que trasladar las decisiones a
las organizaciones básicas de la sociedad, impulsar formas participativas del ejercicio
del poder público, responsabilizar a las autoridades electas a nivel local,
acercar las instituciones a la población, hacer prevalecer el principio de
subsidiariedad en las relaciones interestatales y mejorar la eficacia en la
prestación de los servicios, sin duda no sólo mejorará la asignación de los
recursos públicos, sino que además elevará la credibilidad y transparencia de
las acciones estatales.
Ahora contamos con una trilogía de leyes, la ley de consejos, el código
municipal y la ley de descentralización, que nos ayudarán a reorganizar el
Estado, fortalecer sus instituciones y modernizarlas de acuerdo a las
necesidades sentidas de la población.
En la Seguridad pública el
incremento de la seguridad apunta a mejorar la calidad de vida de la población
y reducir los altos costos sociales y económicos que afectan negativamente el
clima de inversión. Estos costos afectan especialmente a las poblaciones pobres
y particularmente a las mujeres pobres por estar expuestos
sobre-proporcionadamente a situaciones de violencia e inseguridad. En esta área
se necesita consensuar estrategias nacionales y locales de seguridad pública
con los diferentes sectores de la población.
El Crimen organizado, aunque
es un problema ligado a la seguridad pública, amerita un trato especial. La
estrategia apunta a evitar las incidencias altamente negativas que éste tiene
en la sociedad, la economía y las relaciones internacionales, pues no sólo
cambia de manera desleal las reglas de la actividad económica y financiera, sino
también el ejercicio del poder y la ley, a la vez que debilita a las
instituciones. Es preciso reformar ciertas leyes –un paso fundamental ha sido
la ley el lavado de dinero- e institucionalizar la lucha contra el crimen
organizado.
En el Sistema político, es
fundamental reforzar los mecanismos que aseguren la legitimidad, transparencia
y el control ciudadano en las relaciones entre los funcionarios elegidos y su
electorados. Algunos principios básicos de gobernabilidad son que los partidos
cuenten con una estructura democrática interna, transparencia en su
financiamiento, y un programa político definido que les brinde perfil y
estabilidad. Para ello será fundamental una buena reforma de la ley electoral y
de partidos, así como la reforma de órganos constitucionales, como el Congreso,
la CSJ etc.
En torno a la Participación
ciudadana, es clave para la gobernabilidad generar la capacidad
institucional en el sistema político administrativo de levantar consensos entre
los poderes del Estado y la sociedad, manejar disensos y conflictos, y permitir
la inclusión de la población en la toma de decisiones y la negociación de
intereses. La participación, además, tiene un significado cultural, ya que
provee la base para establecer lazos de solidaridad e identidad, condiciones
necesarias para la consolidación de una nación. Para ello es necesario
fortalecer a los partidos políticos, empoderar a la sociedad y crear instancias
de diálogo puntual entre el estado y la sociedad.
Sobre el Uso y tenencia de la
tierra, la regulación del uso y tenencia de la tierra, a través de un
catastro institucionalizado, juega un papel importante como mecanismo de
resolución y prevención de conflictos. Se debe incrementar la seguridad sobre
los derechos de propiedad de la tierra y recursos conexos, como agua y bosques,
y especialmente fortalecer la capacidad de acceso a la tierra a través del
fortalecimiento del Fondo de Tierras y otros instrumentos financieros que
aseguren mayores recursos, más transparencia y mayor equidad. Para ello será indispensable
actuar en el marco de una política de desarrollo rural y generar la institucionalidad capaz de
conducir el proceso.
La Transparencia y fiscalización,
así como el combate a la corrupción es un asunto que atañe al sistema, no a las
personas. Se requiere un diagnóstico preciso y focalizado, la participación de
la sociedad, un liderazgo moral y un plan a seguir de reformas legales e institucionales.
En torno a los Acuerdos de paz,
es preciso establecer estrategias verificables para los próximos dos años que
aseguren reformas del Estado. Previsiblemente aspectos nodales del acuerdo
sobre identidad y derechos pueblos indígenas, de fortalecimiento del poder
civil y función del ejército en una sociedad democrática, así como del acuerdo
de derechos humanos demandarán un esfuerzo de auditoría interna e
internacional, lo cual requerirá fortalecer capacidades y mantener aquellas de
verificación durante un tiempo prudencial en el próximo gobierno.
En relación con el Desequilibrio
de poderes, dijimos que el ejercicio de la autoridad económica, política y
administrativa del Estado, depende del balance entre los poderes fácticos así
como de la forma en que éstos se relacionan entre sí. En el marco de una
estrategia de gobernabilidad se deben definir políticas orientadas a mantener
un equilibrio de fuerzas con el propósito de permitir a los gobiernos llevar
sus políticas y lograr sus objetivos básicos.
Sobre el Crecimiento económico,
un mayor crecimiento económico y la mejora de la mayor competitividad pueden
incidir positivamente en las condiciones de gobernabilidad al crear mayores
márgenes para políticas redistributivas y de combate a la pobreza, en
condiciones de estabilidad macroeconómica, lo cual reduce los focos de tensión
social.
En resumen: la gobernabilidad debe estar fuertemente ligada a un
proyecto de desarrollo sostenible y con equidad. En nuestro país, como en otros
países, hay una convergencia de las políticas e instituciones necesarias para
el desarrollo de la democracia y aquellas que estimulan el crecimiento
económico y la inversión. Pero aún más importante es la relación existente
entre gobernabilidad democrática y el alivio de la pobreza.
Esta relación debe abordarse desde temas concretos, pero de alta
relevancia en el país, como es garantizar la libertad de vivir sin miedo a la
persecución y el trato arbitrario, que afecta especialmente a los pobres; hasta
temas más amplios como la lucha contra la corrupción, la cual afecta a los
pobres de manera desproporcionada, ya que está estrechamente ligada al
incremento de los precios y costos de oportunidad, y reducir las oportunidades
de empleo y la competencia e innovación empresarial.
Además, el carácter multiétnico, pluricultural y multilingüe de
Guatemala y su esfuerzo por alcanzar mayor equidad entre hombres y mujeres,
hace obligatorio analizar inequidades estructurales en el acceso a recursos
como la tierra y el crédito, y en los niveles de participación ciudadana y
defensa de los derechos individuales y colectivos.
Muchas gracias.
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