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Discursos y transcripciones

Palabras de apertura del Presidente del Banco Mundial, Robert B Zoellick durante la conferencia de prensa inaugural de las Reuniones Anuales 2011

Septiembre 22, 2011


Robert B. Zoellick, Presidente del Banco Mundial.

Transcripción

Buenos días. Agradezco la presencia de todos ustedes en esta conferencia de prensa de apertura de las Reuniones Anuales del Banco Mundial y el FMI.
 
Ante todo, deseo aprovechar esta oportunidad para manifestar la profunda satisfacción que experimento ante la posibilidad de trabajar con Christine Lagarde como nueva directora gerente del FMI. En realidad, como es natural, ya habíamos tenido la oportunidad de recibir su colaboración desde que fue designada por primera vez como ministra de Comercio de Francia. Me consta que sus aptitudes, su clarividencia y sus dotes de liderazgo harán de ella una asociada invaluable en el delicado período que atraviesa la economía mundial.
 
Antes de tratar de dar respuesta a las preguntas que ustedes me formulen, quisiera dar alguna idea de los temas sobre los cuales, según preveo, versarán los debates de estas reuniones.
 
Estas reuniones nos ofrecen, a nuestros altos funcionarios y a mí, la posibilidad de “tomar el pulso” a nuestros países clientes, escuchar sus preocupaciones e introducir ajustes que nos garanticen que les estamos ofreciendo el apoyo más eficaz que está a nuestro alcance.
 
El Banco Mundial se ha puesto en condiciones de responder más rápida y certeramente a las necesidades de sus clientes, pero no cabe duda de que podemos mejorar.
 
Dos temas clave de estas reuniones son los referentes a género y empleo. Aunque las oscilaciones de los mercados financieros ocuparán los titulares de los medios que ustedes representan, son esos temas estructurales los que pueden sentar las bases de un crecimiento sostenible.
 
Acabamos de publicar el Informe sobre el desarrollo mundial referido al tema de género, en que se demuestra que poner en igualdad de condiciones a las mujeres no es solo lo correcto, sino una medida económica acertada.
 
Las mujeres, como uno de los colegas de ustedes me comentó, son el próximo gran mercado emergente. ¿Cómo puede el mundo alcanzar su pleno potencial de crecimiento si no da cabida a las perspectivas, las energías y las contribuciones de la mitad de la población mundial: la constituida por mujeres y niñas?
 
En los países en desarrollo, cada año hay casi 4 millones de niñas y mujeres adultas de menos, en comparación con los países desarrollados.
 
Es como si desapareciera una ciudad como Los Ángeles, Johannesburgo o Yokohama.
 
Dar a las mujeres acceso al crédito y a la propiedad; eliminar los obstáculos al trabajo y al empleo; invertir en salud, agua, educación; potenciar la voz de las mujeres… Si se centra la atención en esos temas —incluso si simplemente se eliminan los obstáculos—, se puede lograr un cambio enorme.
 
En estas reuniones, pondremos en marcha el proceso de preparación de nuestro próximo Informe sobre el desarrollo mundial, en el que se analizará otro factor fundamental para el crecimiento económico: el empleo.
 
El último informe de ese tipo referente al empleo elaborado por el Banco Mundial data de hace 16 años, y no cabe duda que desde entonces es mucho lo que ha cambiado.
 
En ese momento el tema era el de los efectos de la globalización en el empleo. Hoy vivimos en una economía multipolar muy diferente.
 
Ahora, el tema que, según presumo, prevalecerá en los debates que mantendremos esta semana con los accionistas de nuestra institución será el de las perspectivas poco auspiciosas de los clientes del Banco Mundial: los países en desarrollo.
 
Hasta hace poco, los países en desarrollo eran el punto luminoso de la economía mundial. Generaban alrededor de la mitad del crecimiento mundial, en un contexto en que Europa, Japón y Estados Unidos se debatían con los problemas de cuantiosas deudas y elevados niveles de desempleo.
 
Cabe la posibilidad de que los tropiezos experimentados por los países desarrollados coincidan con el empeoramiento de la situación en los mercados emergentes. Estamos asistiendo, a partir de agosto, a un incremento de los diferenciales de los bonos de mercados emergentes, un deterioro de sus mercados de capital como el que afecta a los mercados desarrollados y una pronunciada disminución de los flujos de capital.
 
La reducción de las exportaciones ya era un motivo de preocupación. Ahora, el declive de los mercados y el deterioro de la confianza podrían afectar negativamente a las inversiones de los países en desarrollo y quizá dar lugar, además, a la retracción de sus consumidores. La caída de la demanda interna en los países en desarrollo significaría que no podríamos seguir contando con sus motores económicos como propulsores de la recuperación mundial.
 
Los países en desarrollo ya no se encuentran en condiciones tan favorables como las de 2007-08 para resistir una nueva perturbación. Sus presupuestos no son tan sólidos como para superar las dificultades simplemente a través del gasto, y algunos de esos países están caminando por la cuerda floja de una política monetaria con la que procuran mantener el equilibrio entre las presiones de los precios y esos nuevos peligros.
 
Si a esto se añaden la inestabilidad y el alto nivel de los precios de los alimentos —una carga especialmente pesada para los pobres en los países en desarrollo— y la amenaza de un creciente proteccionismo, es evidente que los países en desarrollo se ven confrontados con crecientes dificultades.
 
Si la situación se deteriorara aún más, el crecimiento de esos países podría disminuir; los precios de sus activos podrían caer, y por lo tanto el incumplimiento de las obligaciones de sus préstamos podría intensificarse. Dadas esas presiones y perspectivas, tenemos que prever posibles presiones proteccionistas: políticas inspiradas por el egoísmo nacional y el riesgo de una recaída en el populismo.
 
El mundo se halla en una zona de peligro. En 2008, muchos decían que no percibían que se avecinaran turbulencias. Las autoridades ya no tienen esa excusa. Y las épocas de peligro reclaman personas valerosas.
 
Pareciera que algunos funcionarios de países desarrollados piensan que sus dificultades son únicamente asunto suyo. Pero no es así.
 
Aún creo que una segunda recesión en las grandes economías del mundo constituye una perspectiva improbable, pero mi convicción al respecto se debilita día a día ante la continua aparición de noticias económicas negativas.
 
Una crisis gestada en el mundo desarrollado puede tornarse en una crisis para los países en desarrollo. Europa, Japón y Estados Unidos deben hacer frente a sus grandes problemas económicos antes de que se conviertan en problemas más graves para el resto del mundo. No hacerlo sería un proceder irresponsable.
 
Me consta, sin embargo, que para ello se requieren sinceros y arduos debates con los parlamentos y con el público. Si se demora en realizarlos, se reducirá la gama de alternativas y la decisión será más difícil y costosa. La manera en que se maneje el tema nos afectará a todos, tanto a las economías en desarrollo como a las desarrolladas.
 
Por último, quiero señalar también que el Banco se valdrá de estas reuniones como complemento para las reuniones de las Naciones Unidas en Nueva York, destinadas a ayudar a los países desgarrados por conflictos; por ejemplo, centrando la atención en países del Cuerno de África, Sudán del Sur, Côte d’Ivoire, Afganistán y Libia.
 
Además de los encuentros con Gobernadores de países árabes y con los fondos árabes, con quienes me reuní anoche, y con los Ministros de Túnez y Egipto, tendré la oportunidad de reunirme con el Dr. Ahmed Jehani, el nuevo ministro de Estabilización y Reconstrucción de Libia.
 
Ahora recibiré con gusto las preguntas que ustedes deseen formularme.

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