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Panorama general

La educación es un derecho humano, un importante motor del desarrollo y uno de los instrumentos más eficaces para reducir la pobreza y mejorar la salud, y lograr la igualdad de género, la paz y la estabilidad. Además de generar rendimientos elevados y constantes en términos de ingreso, constituye el factor más importante para garantizar la igualdad y la inclusión.

En lo que respecta a las personas, promueve el empleo, los ingresos, la salud y la reducción de la pobreza. A nivel mundial, los ingresos por hora aumentan un 9 % por cada año adicional de escolarización (i). En cuanto a las sociedades, contribuye al desarrollo económico a largo plazo, promueve la innovación, fortalece las instituciones y fomenta la cohesión social.

Los países en desarrollo han conseguido enormes avances en materia de asistencia a clase, y la cantidad de niños escolarizados ha aumentado en todo el mundo. Sin embargo, tal como se pone de relieve en el Informe sobre el desarrollo mundial 2018 (i), el aprendizaje no está garantizado.

Realizar inversiones inteligentes y eficaces en la educación de las personas resulta imprescindible para desarrollar el capital humano con el que se pondrá fin a la pobreza extrema. Esta estrategia se centra primordialmente en la necesidad de abordar la crisis del aprendizaje, poner fin a la pobreza de aprendizajes (i) y ayudar a los jóvenes a adquirir las habilidades cognitivas, socioemocionales, técnicas y digitales avanzadas que necesitan para prosperar en el mundo actual.

No obstante, la COVID-19 ha causado estragos en las vidas de niños pequeños, estudiantes y jóvenes. Las perturbaciones causadas por la pandemia en las sociedades y las economías han agravado la crisis mundial de la educación e impactan en los sistemas educativos de una forma nunca antes vista.

Uno de los numerosos y dramáticos efectos de la pandemia es la generación de la peor crisis educativa del último siglo. A nivel mundial, entre febrero de 2020 y febrero de 2022, las escuelas estuvieron totalmente cerradas para el aprendizaje presencial durante 141 días en promedio (i). En Asia meridional y en América Latina y el Caribe, los cierres duraron 273 y 225 días, respectivamente.

Incluso antes de la pandemia de COVID-19, ya resultaba claro que había una crisis mundial del aprendizaje. El indicador de la pobreza de aprendizajes (i), creado por el Banco Mundial y el Instituto de Estadística de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y dado a conocer en 2019, proporciona un dato simple, aunque grave, de la magnitud de esta crisis del aprendizaje: la proporción de niños de 10 años que no pueden leer ni comprender un texto breve apropiado para su edad.

En los países de ingreso bajo y mediano, el porcentaje de niños que se ven afectados por la pobreza de aprendizajes (i) —que ya ascendía al 57 % antes de la pandemia— podría llegar al 70 % debido a los cierres prolongados de las escuelas y a la amplia brecha digital que redujo la eficacia de la educación a distancia durante dichos cierres y puso en peligro el logro de las metas del ODS 4. Los niños en edad escolar han perdido aproximadamente 2 billones de horas (i) —cantidad que sigue aumentando— de instrucción presencial desde el inicio de la pandemia de COVID-19 y durante los confinamientos posteriores.

En la mayoría de los países, los niños y los jóvenes han sufrido considerables pérdidas de aprendizaje durante la pandemia. Según datos empíricos rigurosos de diversos países, incluidos los contextos de ingreso bajo, mediano y alto de todas las regiones, el daño ha sido muy pronunciado. Cada mes de cierre de escuelas provocó un mes completo de pérdidas de aprendizaje, lo que refleja la eficacia limitada (en promedio) de la enseñanza a distancia.

Los impactos descomunales del cierre de escuelas van más allá del aprendizaje. Esta generación de niños podría perder un total combinado de USD 21 billones en ingresos a lo largo de la vida en valor actual, o el equivalente al 17 % del producto interno bruto (PIB) de hoy; esto constituye un marcado aumento respecto de los USD 17 billones de pérdida estimados en 2021.

La COVID-19 generó una catástrofe de desigualdad. Casi todos los países ofrecieron alguna modalidad de educación a distancia durante el cierre de las escuelas, pero hubo una gran desigualdad en el acceso y la utilización de este sistema entre los países y dentro de ellos. Los niños de hogares desfavorecidos tenían menos probabilidades de beneficiarse del aprendizaje remoto que sus pares, a menudo debido a la falta de electricidad, conectividad, dispositivos y apoyo de sus cuidadores. Las niñas, los estudiantes con discapacidad y los niños más pequeños también enfrentaron importantes obstáculos para participar en actividades de educación a distancia. En general, al menos una tercera parte de los niños en edad escolar de todo el mundo —463 millones— no pudo acceder al aprendizaje remoto durante el cierre de las escuelas.

Por otra parte, también se vio afectada la salud mental de los niños, mientras que continúan en aumento los riesgos de violencia y matrimonio y trabajo infantil. La situación es más grave para las niñas, que son más vulnerables a las situaciones de violencia, el matrimonio infantil y los embarazos. Asimismo, los grupos vulnerables como los niños con discapacidad, las minorías étnicas, los refugiados y las poblaciones desplazadas tienen menos posibilidades de retomar sus estudios después de las crisis.

Las interrupciones en la asistencia a la escuela afectaron especialmente a los niños más pequeños. Los establecimientos de educación preescolar permanecieron cerrados por más tiempo en numerosos países, y recibieron poco o ningún apoyo para realizar actividades de aprendizaje a distancia.

Además de las pérdidas de aprendizaje, las alteraciones en la educación han exacerbado también las disparidades en nutrición, salud y mecanismos de estimulación, y en el acceso a servicios básicos psicosociales y de protección social. Millones de niños más corren el riesgo de caer en el trabajo infantil, contraer matrimonio precozmente y abandonar la escuela por completo.

A estos desafíos se suma el impacto negativo en los ingresos familiares de la contracción económica mundial sin precedentes, lo que aumenta el riesgo de deserción escolar y también da lugar a la reducción de los presupuestos de los Gobiernos y a presiones en el gasto público en educación.

Los jóvenes también han sufrido una pérdida de capital humano, tanto en términos de habilidades como de empleo. En muchos países, estas caídas del empleo de jóvenes equivalieron a más del doble de las disminuciones en el empleo de adultos. En consecuencia, es posible que la actual generación de estudiantes —especialmente los más desfavorecidos— nunca reciba una educación completa ni alcance el máximo de ingresos potenciales.

Se necesita actuar con urgencia: seguir como hasta ahora no será suficiente para borrar las secuelas de la pandemia ni para acelerar los avances en la medida que exigen las aspiraciones del ODS 4. El Grupo Banco Mundial insita a los Gobiernos a implementar programas de recuperación del aprendizaje que sean enérgicos y ambiciosos, para que los niños vuelvan a la escuela, se recobre el aprendizaje perdido y se aceleren los avances; para esto, los sistemas educativos deberán ser más equitativos, resilientes y de mejor calidad.

Última actualización: Oct 11, 2022

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