Discursos y transcripciones

Más allá de la ayuda

Septiembre 14, 2011


Robert B. Zoellick. Presidente. Grupo del Banco Mundial. George Washington University

Texto preparado para la intervención

I  Introducción: Un punto de inflexión crucial

En una aldea montañosa de la provincia de Guizhou, en China, —como en otros poblados de África, América Central o India— la gente se reúne para conversar sobre el futuro. No quieren que les regalen nada, no quieren saber de políticas prescriptivas y, sin duda, tampoco quieren escuchar sermones de los dignatarios que van de visita. Lo que quieren es una oportunidad. Están dispuestos a dejar atrás el pasado. ¿Y nosotros?

Richard Neustadt y Ernest May, dos destacados profesores de las cátedras de Gobierno e Historia de la Universidad de Harvard, aunaron su experiencia en un libro titulado “Los usos de la historia en la toma de decisiones”. Los autores sostienen que las llamadas “enseñanzas de la historia” suelen utilizarse mal, y que llevan a adoptar decisiones desacertadas. Según los autores, la historia sirve más bien para ayudar a las personas a pensar a través del tiempo, es decir, para analizar las cuestiones del presente dentro de un continuo compuesto de la experiencia y las posibilidades para el futuro. Más que ofrecer respuestas, la historia plantea interrogantes.

Por lo tanto, ¿qué interrogantes y posibilidades para el futuro deberíamos analizar en este incierto otoño boreal de 2011? ¿Y cuál es la relación entre los desafíos que enfrentamos en la actualidad con lo que ha ocurrido en el pasado?

Las próximas Reuniones Anuales del Grupo del Banco Mundial se relacionan a la distancia con un encuentro ocurrido en 1944, en el que representantes de 44 Estados se congregaron en Bretton Woods, en New Hampshire.

En 1944, el mundo aún estaba en guerra, una conflagración que cobró la vida de alrededor de 60 millones de personas.

La tarea era enorme: preguntar por qué la diplomacia y las economías de 1919 habían fracasado tan rotundamente en la década de 1920 y de 1930; formular un nuevo sistema económico internacional multilateral; lograr la paz y reconstruir para el futuro

Aquella conferencia histórica preparó el terreno para tres proyectos que sentaron las bases de lo que hasta el día de hoy denominamos el sistema de Bretton Woods:

Un proyecto dirigido a crear el Fondo Monetario Internacional para financiar los desequilibrios de corto plazo de los pagos internacionales a fin de gestionar los ajustes cambiarios, y de esa manera evitar la política de “empobrecer al vecino”, es decir, la competencia entre monedas y las salidas de capital que pudieran destruir las economías y las sociedades;

Un proyecto para crear el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, el actual Banco Mundial, con el objeto de proporcionar capital a largo plazo a aquellos Estados que necesitaran inversiones y asistencia. De esa manera, los países podrían crecer, comerciar entre ellos y ofrecer esperanza a sus sociedades hastiadas de la guerra,

Y un proyecto para reducir las barreras al comercio internacional, promover la apertura de los mercados, y oponer resistencia a las espirales de proteccionismo de represalia y conflictos económicos.

Los arquitectos de Bretton Woods crearon un sistema diseñado para su mundo.

Detengámonos un momento para recordar cómo era aquello.

En ese mundo, incluso en medio de la devastación de la postguerra, las economías desarrolladas representaban alrededor del 80% del PIB mundial, y tan solo a Estados Unidos le correspondía más del 40%.

En ese mundo, las economías desarrolladas representaban más de dos tercios del comercio internacional.

En ese mundo, la mayoría de los actuales países en desarrollo aún eran colonias.

La arquitectura multilateral de 1944 se ha mantenido por casi 70 años. Se ha remecido con las crisis monetarias y del petróleo de los años setenta, las crisis de la deuda de los países en desarrollo en los años ochenta y las expansiones y contracciones de los años noventa, pero en general el sistema se ha mantenido intacto.

Con todas sus deficiencias, críticas y ajustes, el sistema de Bretton Woods constituyó un marco propicio para la era de mayor crecimiento y la más importante y exitosa transformación económica en el menor tiempo de toda la historia. Algunas naciones duplicaron su PIB per cápita en un período de 10 años en lugar de los 25 años que demoraron en conseguirlo en el siglo XIX las naciones actualmente industrializadas.

Pero el sistema de Bretton Woods en sí no es inexpugnable, no es inamovible para siempre.

El concepto fundamental que nos legaron los fundadores de las instituciones de Bretton Woods es que debemos tener sabiduría para reconocer que está ocurriendo algo cualitativamente nuevo, e inteligencia y voluntad para enfrentar y dar cabida a lo nuevo; para actuar con valentía y decisión, pero también en forma cooperativa.

Hoy día, las señales de alerta de la historia se han vuelto a encender: luces rojas, amarillas y también algunas verdes. ¿Enfrentaremos los desafíos de 2011 con nostalgia, con anhelo del pasado? ¿Los encararemos negando la realidad, con la cabeza enterrada en la arena? ¿Los afrontaremos con reproches, con asperezas que empañen las posibilidades que existan?

¿Enfrentaremos los desafíos con timidez?

¿O los encararemos de frente, en forma constructiva y con creatividad? ¿Razonaremos teniendo en cuenta la experiencia, pero con planteamientos renovados de acuerdo a nuestros propios tiempos? ¿Reconoceremos las circunstancias que han cambiado radicalmente y encontraremos una senda que permita a todos, hombres y mujeres, de todos los países, avanzar juntos?

II  Las placas tectónicas se están desplazando

Al igual que con toda gran transformación histórica, tenemos que preguntarnos qué está sucediendo realmente.

Las placas tectónicas se están desplazando.

En la década de 1990, los países en desarrollo representaban cerca de la quinta parte del crecimiento mundial. En la actualidad, estos países son la fuerza que impulsa la economía mundial.

En la década de 1990, los países en desarrollo representaban algo más del 20% de las inversiones mundiales. Hoy día estos países atraen alrededor del 45% de la inversión.

En los últimos 10 años, los países en desarrollo han crecido a un ritmo casi cuatro veces más rápido que el de los países desarrollados, y se prevé que esa trayectoria se mantendrá.

Según algunos pronósticos, en 2025 seis grandes economías emergentes —Brasil, China, República de Corea, India, Indonesia y Federación de Rusia— representarán en conjunto más de la mitad del crecimiento mundial.

Vivimos en un mundo en el que, si las 32 provincias de China fueran países —y esas provincias tienen más habitantes que la mayoría de los Estados—, se contarían entre los 33 países de más rápido crecimiento del mundo en los últimos 30 años.

Actualmente, en China se consume más de la mitad del cemento que se produce en todo el mundo, casi la mitad de la producción mundial de mineral de hierro, acero y cerdos, y un tercio de la producción mundial de huevos. Hoy día, China es el mayor consumidor mundial de minerales tales como cobre, aluminio y níquel. Actualmente, el influjo de inversión extranjera directa a China asciende a alrededor de US$180 000 millones, es decir, unos US$40 000 millones más que hace apenas 10 años.

A medida que China deje de sentar las bases para su crecimiento, parte de esta demanda de materiales y minerales disminuirá, pero entonces le tocará el turno a India.

Este no es el mismo mundo de 1944.

Sin embargo, hay que tener cuidado de no suponer que las tendencias no variarán. Como lo saben las autoridades chinas, el exitoso modelo de crecimiento de ese país es insostenible. China reconoce que debe encarar los problemas de la degradación ambiental, la desigualdad, la utilización de recursos, los aspectos demográficos, el aumento de la productividad y la dependencia excesiva de los mercados externos.

Si el ingreso per cápita de China llegara a US$16 000 para el año 2030 (en comparación con US$4000 en la actualidad), lo que es razonablemente posible, las consecuencias para la economía mundial serían equivalentes a agregar 15 Coreas del Sur. Cuesta comprender cómo podría ser sostenible un resultado de esa índole en el marco de un modelo de crecimiento impulsado por las exportaciones y la inversión.

Yo no creo mucho en las predicciones de una declinación inevitable de las economías avanzadas. Con medidas creíbles y completamente posibles en relación con la deuda y los déficits, y no solo soluciones de corto plazo, para restablecer la confianza, y centrando la atención en reformas estructurales y tributarias para impulsar el crecimiento del sector privado, aumentar la productividad y crear empleo, las economías avanzadas pueden recuperarse y recobrar fuerza. Una y otra vez, las predicciones de un estancamiento y declinación inevitables —desde el pesimismo con respecto a Europa central manifestado por Oswald Spengler hasta la hipótesis sobre el estancamiento formulada por Alvin Hansen, distinguido profesor de Harvard y promotor del pensamiento keynesiano— han resultado erróneas.

Tampoco es el momento de decir que las economías desarrolladas ya no pueden permitirse encarar los desafíos más allá de sus fronteras. En 1947, en los Estados Unidos de Harry Truman, el ciudadano estadounidense común producía menos de un tercio de lo que cada uno de sus compatriotas produce en la actualidad. Si la generación de 1947, con menos de un tercio de nuestra riqueza por habitante, pudo encarar el mundo con valentía, ¿por qué ahora no podríamos hacer lo mismo?

Estados Unidos, los países europeos, Japón y otros países del mundo desarrollado cumplen una función de vital importancia en materia de innovación, inversión, tecnología, seguridad y, ciertamente, desarrollo. Sus aportes siguen constituyendo los pilares del actual sistema internacional. Por el interés de los propios principales Estados desarrollados —y de todo el mundo—, ellos deben ser, junto con otros, los arquitectos del futuro.

Está ocurriendo algo fundamental, pero la enseñanza es que debemos modernizar, no abandonar, el multilateralismo.

Está ocurriendo algo fundamental, pero la enseñanza es que debemos democratizar el desarrollo, y no replegarnos tras las fronteras ni aferrarnos a la falsa calidez de las verdades del pasado.

La enseñanza es que debemos cambiar nuestros antiguos conceptos y rótulos restrictivos, no nuestro compromiso multilateral.

Detengámonos por un momento en esos rótulos.

“Primer Mundo” y “Tercer Mundo”, “norte” y “sur”, “desarrollado” y “subdesarrollado”, “avanzado” y “emergente”, “donante” y “receptor”, “proveedor” y “suplicante”, “ricos” y “pobres”, “ellos” y “nosotros”.

La jerga del desarrollo ha sido la jerga de las antiguas jerarquías. Viejo mundo. Viejo orden. Y no sin un resabio de hipocresía.

Cuando los países que producen casi el 50% de su electricidad a partir del carbón les dicen a los países más pobres carentes de otras alternativas energéticas que no pueden utilizar ese mineral, ¿qué les están diciendo realmente? “Haz lo que digo, no lo que hago”.

Cuando los países con grandes déficits fiscales predican sobre la disciplina financiera a los países pobres, ¿qué les están diciendo realmente? “Haz lo que digo, no lo que hago”.

Cuando los países rinden pleitesía al libre comercio pero imponen barreras a los países en desarrollo, ¿qué les están diciendo realmente? “Haz lo que digo, no lo que hago”.

Cuando los países promueven la sostenibilidad de la deuda de los países más pobres pero mantienen niveles de endeudamiento históricamente altos, ¿qué les están diciendo realmente? “Haz lo que digo, no lo que hago”.

Una economía mundial que proclama “haz lo que digo, no lo que hago” acabará por quebrantarse, en perjuicio de todos.

Es posible y es necesario cambiar lo que ha quedado obsoleto.

III  Los viejos modelos ya no son adecuados

Ya estamos observando las señales de cambio.

En todo el mundo, los países en desarrollo ya no procuran emular los modelos europeos, japoneses o estadounidenses.

Los sistemas de transferencias monetarias condicionadas de México y Brasil captan la atención por su innovación para mantener a los niños en la escuela, reducir las tasas de mortalidad infantil y materna, y superar la pobreza sin agotar los presupuestos.

El programa de reformas de Turquía de los últimos 10 años sirve de inspiración para las reformas en el Norte de África y Oriente Medio.

En Singapur, la combinación de una economía abierta, un conglomerado de servicios, la lucha contra la corrupción y una incesante adaptación al cambio de las condiciones capta admiradores desde lugares tan lejanos como África, los Estados del Golfo y Rusia.

Ghana, Kenya, Madagascar, Mozambique, Nigeria, Senegal, Rwanda y Tanzanía están copiando el modelo de India en el campo de los servicios de tecnología de la información.

El sistema de transporte colectivo de Colombia ha sido reconocido internacionalmente como práctica óptima y se ha aplicado en otras capitales de la región, como Ciudad de México, Santiago y Lima.

Las relaciones entre los países en desarrollo están transformando el mundo del desarrollo que conocíamos.

En la década de 1990, los países en desarrollo importaban el 15% de sus mercaderías de otros países en desarrollo. En la actualidad, ese porcentaje se ha triplicado.

En 2008, la inversión extranjera directa sur-sur representaba un tercio del total de dicha inversión con destino a países en desarrollo, y esa proporción está aumentando: hoy día, probablemente se acerca al 40%.

Tan solo en el sector de infraestructura, las Naciones Unidas estiman que entre 1996 y 2006, las economías en desarrollo representaron más del 39% de la inversión extranjera en África, cerca del 43% en Asia y casi el 16% en América Latina.

Además, los países en desarrollo ya no solo son receptores de ayuda, sino que también la suministran. En 2008, los países emergentes que eran nuevos donantes aportaron entre US$12 000 millones y US$15 000 millones en asistencia para el desarrollo, lo que equivale a entre el 10% y el 15% de los recursos suministrados por los países desarrollados que han sido donantes tradicionales. Y probablemente esta sea una estimación conservadora.

Sin lugar a dudas, los países en desarrollo también tienen muchos problemas. Alrededor del 75% de la población pobre que subsiste con US$2 al día o menos se encuentra en países de “ingreso mediano”. Es comprensible que a los países en desarrollo les preocupen las nuevas responsabilidades que deben asumir.

¿Qué significa esto para el futuro?

IV  La nueva normalidad es fuera de lo normal

La nueva “normalidad” será “fuera de lo normal”.

La nueva normalidad será dinámica, no rígida, y habrá más países en alza que configurarán el sistema multilateral. Posiblemente algunos Estados también tendrán dificultades. Las economías en alza se unirán a nuevas redes —de países, instituciones internacionales, la sociedad civil y el sector privado— en diversas combinaciones y modalidades en constante cambio. Estas nuevas redes están desplazando a las jerarquías del pasado.

La nueva normalidad consistirá en que los países tendrán que ganarse continuamente su lugar en los asuntos económicos mundiales, y no podrán presumirlo en razón de la situación o las prerrogativas oficiales que tenían en el pasado.

La nueva normalidad será fluida y a veces volátil, con más conmociones y crisis, pero también más oportunidades para que los países se beneficien de la economía mundial.

La nueva normalidad consistirá en impulsar el crecimiento, no solamente en transformarlo: crear nuevos empleos a medida que los antiguos pierden valor; aprovechar el potencial del crecimiento sostenible y en armonía con el medio ambiente; estimular al sector privado para que innove, desarrolle nuevas tecnologías y atienda necesidades en constante cambio.

La nueva normalidad consistirá en entender el empleo como algo más que un producto derivado del crecimiento, en reconocer la manera en que el empleo puede contribuir a la vez a elevar las condiciones de vida de las personas, aumentar la productividad, introducir cambios sociales beneficiosos y lograr una mayor cohesión social.

La nueva normalidad consistirá en un poder económico inteligente: los que tendrán éxito serán aquellos que estén atentos a aprender de las ideas y experiencias de todos los países, sin importar los viejos rótulos.

La nueva normalidad consistirá en dar voz a la gente: a las mujeres en sus comunidades, a los ciudadanos en sus países, a los Estados en el sistema internacional. Tal como hemos observado en el Oriente Medio y Norte de África, la nueva normalidad se referirá a la responsabilidad social, la transparencia de los Gobiernos, la sociedad civil. Se referirá a los ciudadanos que están transformando el mundo, mientras nosotros intentamos alcanzarlos a toda velocidad. Debemos brindarles nuestro apoyo.

V  Actores responsables

La adaptación a este nuevo mundo no consiste en hacer pequeñas modificaciones de los derechos de voto en los Directorios Ejecutivos del FMI o del Grupo del Banco Mundial.

Tampoco consiste en que los países desarrollados impartan instrucciones a los países en desarrollo.

Ni en una política de suma cero, norte-sur, de quejas y reproches.

La adaptación a este nuevo mundo consiste en reconocer que ahora todos debemos ser actores responsables.

En una economía mundial interdependiente necesitamos, ciertamente, que China sea un actor responsable.

Necesitamos que China sea un socio comercial responsable; que tome medidas para establecer un sistema cambiario responsable; que vele por la protección responsable de la propiedad intelectual; que realice inversiones responsables, y que adopte políticas ambientales responsables.

Pero no se trata únicamente de China.

Europa, Japón y Estados Unidos también deben ser actores responsables. Se han demorado demasiado en tomar decisiones difíciles, lo que ha reducido las opciones que quedan a tan solo unas pocas, que serán penosas.

La economía mundial ha entrado en una nueva zona de peligro que deja poco espacio de maniobra a medida que los países europeos encaran verdades difíciles acerca de las responsabilidades compartidas de su moneda común.

Japón se ha resistido a introducir reformas económicas y sociales de índole estructural que podrían readecuar su desajustado modelo económico.

Estados Unidos enfrenta déficits jamás registrados en tiempos de paz, sin asomo de una estrategia concertada para eliminar los factores que conducen al endeudamiento.

La enseñanza que dejaron las crisis de 2008 y anteriores es que mientras más se tarde en actuar, más difícil se torna la situación.

No es responsable de parte de la eurozona jurar lealtad a una unión monetaria sin afrontar una unión fiscal que haría practicable la unión monetaria, o aceptar las consecuencias para los miembros no competitivos y agobiados por la deuda. No es responsable de parte de Estados Unidos que se vacile en encarar problemas fundamentales, como el aumento insostenible de los gastos en prestaciones obligatorias, la necesidad de un sistema tributario que fomente el crecimiento, y una política comercial que no avanza.

A menos que Europa, Japón y Estados Unidos afronten sus responsabilidades, arrastrarán consigo no solo a todos ellos, sino a toda la economía mundial.

Entonces, ya no se tratará de los desplazamientos tectónicos que han convertido a los mercados emergentes en las nuevas fuerzas impulsoras de la economía mundial. Se tratará de desplazamientos tectónicos que habrán dejado a los países desarrollados pisando el freno hasta el fondo.

Los mercados emergentes no se quedarán con los brazos cruzados; no retrocederán al mundo jerárquico de 1944, sin voz ni poder, con dirigentes y seguidores, y ámbitos de influencia.

Lo que se desprende de 1944 es la necesidad de liderazgo, de un razonamiento que conduzca a un sistema multilateral modificado.

El tiempo de las cosas hechas a medias ha llegado a su fin.

Si no nos adelantamos a los acontecimientos, si no nos adaptamos al cambio, si no nos ponemos por encima de las tácticas políticas cortoplacistas, ni reconocemos que el poder va acompañado de responsabilidades, nos encontraremos a la deriva en corrientes peligrosas. Esa es la enseñanza que la historia nos deja a todos, a las economías tanto desarrolladas como emergentes.

Pero si procedemos en forma acertada, el potencial es enorme.

VI  ¿Cuáles son las consecuencias de este nuevo mundo para el desarrollo?

Durante los últimos 25 años, se ha reducido a la mitad la proporción de pobres en los países en desarrollo.

En solo 4 años, las tasas de mortalidad infantil disminuyeron un 25% en 18 países africanos.

En los 10 años anteriores a la crisis financiera, las economías de África al sur del Sahara crecieron a un promedio de entre un 5% y un 6%, y la mayor parte de los países africanos ya se han recuperado e incluso han superado los niveles anteriores a la crisis. Si se pudieran mantener esas tasas de crecimiento, el PIB de África se duplicaría en unos 12 años y el valor per cápita se incrementaría aproximadamente un 50%. Esto generaría ingresos públicos que podrían destinarse a invertir en la gente, en productividad y en obras de infraestructura con una magnitud sin precedentes en años anteriores, lo cual, desde luego, reduciría la pobreza.

Ese potencial también se deriva del sector privado.

Hemos visto el poder del sector privado en los US$77 000 millones que se han invertido en redes de telecomunicaciones en África al sur del Sahara durante los últimos diez años y que han permitido aumentar el número de usuarios de teléfonos móviles de menos de 10 millones a casi 400 millones.

Hemos visto el potencial que encierra el crecimiento impulsado por el sector privado en la explosión de inversiones de países en desarrollo en manufacturas e infraestructura.

Lo hemos visto en el rápido aumento del número de fondos de inversión y otros inversionistas interesados en poner sus capitales a trabajar en países en desarrollo.

Lo que quiero decir es muy simple: hoy en día vemos una interdependencia económica, comercial y financiera que era imposible de entender en 1944.

Hoy en día vemos innovaciones, logros científicos y avances en las comunicaciones imposibles de entender en 1944.

Vemos cadenas de suministros y sistemas logísticos que abarcan continentes y océanos.

Vemos múltiples polos de crecimiento con nuevos centros de poder económico y un modelo de desarrollo sur-sur.

Nadie imaginaba ninguna de estas situaciones en 1944.

¿Se pueden combinar ahora esos cambios con un multilateralismo modernizado, de modo de proclamar una nueva economía mundial, más allá de la dependencia, más allá de la división simplista entre donantes y receptores?

¿Un mundo que avance más allá de la ayuda?

VII  Una nueva mentalidad: Más allá de la ayuda

Antes de que se creara el sistema de Bretton Woods, la ayuda extranjera se destinaba principalmente a crisis humanitarias: hambrunas, inundaciones, terremotos o personas que huían de conflictos.

Con la devastación de la Segunda Guerra Mundial y luego con la descolonización, la ayuda pareció un método útil para impulsar inversiones privadas que podrían haberse visto limitadas por la falta de ahorros nacionales suficientes, por los controles de capitales o por las condiciones poco propicias. La ayuda también se convirtió en moneda de cambio para obtener apoyo en la competencia bipolar de la Guerra Fría.

Ese mundo de 1944 ha cambiado radicalmente. Es hora de pensar en la ayuda de manera distinta.

El hecho de que se hayan producido cambios no implica que ya no haya lugar para la ayuda, ni que los países desarrollados no deban cumplir con sus compromisos en materia de asistencia, ni que debamos ignorar lo que se ha logrado con esa ayuda.

Durante el último decenio, el Grupo del Banco Mundial ha trabajado con los 79 países más pobres a través de la Asociación Internacional de Fomento, su fondo para los más pobres, con el objetivo de brindar acceso a servicios básicos de salud, nutrición y población a más de 47 millones de personas, mejorar la nutrición de 98 millones de niños, ofrecer acceso a mejores fuentes de agua a más de 113 millones de personas y vacunar a 310 millones de niños.

Para millones de personas en todo el mundo, la ayuda sigue siendo una cuestión de vida o muerte. Aún constituye un valioso impulso que permite a los países avanzar en el camino del crecimiento.

Lo vemos en la región del Cuerno de África, donde se necesita imperiosamente de la asistencia para ayudar a más de 12 millones de personas que son víctimas no solo de la sequía más devastadora de los últimos 60 años, sino también de hombres brutales que luchan sin medir las consecuencias.

Lo vemos en Afganistán, donde diversos programas de asistencia bien orientados han contribuido efectivamente a brindar acceso a educación y atención médica básica, mejorar los medios de subsistencia de la población rural, respaldar el crecimiento del sector privado y lograr la potenciación de la comunidad y su participación en el desarrollo.

Aún queda mucho por hacer para alcanzar los objetivos de desarrollo del milenio. Aún queda mucho por hacer para llegar a los casi 1500 millones de personas que en la actualidad viven en condiciones menos favorables en países afectados por fragilidad, conflictos y violencia. Ninguno de esos países ha logrado aún siquiera uno de los objetivos de desarrollo del milenio.

Pero la asistencia no es algo que dure de por vida.

Tampoco debería ser aquello que los países desarrollados dan con una mano mientras, con la otra, excluyen a las naciones en desarrollo de los mercados agrícolas u otros mercados comerciales, o les restringen el acceso a fuentes de energía sostenibles.

En un mundo que avance más allá de la ayuda, la asistencia estará integrada y conectada con las estrategias mundiales de crecimiento, impulsada fundamentalmente por la inversión y las empresas privadas. El objetivo no será la caridad, sino un interés mutuo en generar más polos de crecimiento.

En un mundo que avance más allá de la ayuda, la solidez de las políticas económicas del G-7 será tan importante como el porcentaje de la ayuda respecto del PIB.

En un mundo que avance más allá de la ayuda, los acuerdos del G-20 sobre desequilibrios, reformas estructurales, subsidios a los combustibles fósiles o seguridad alimentaria serán tan importantes como el porcentaje de la ayuda respecto del PIB.

En un mundo que avance más allá de la ayuda, los mercados emergentes avanzados asistirán a los más rezagados con su experiencia, con mercados abiertos, con inversiones y nuevos tipos de asistencia.

En un mundo que avance más allá de la ayuda, los nuevos vehículos de inversión, como la Asset Management Company (AMC) de la Corporación Financiera Internacional (IFC), crearán nuevos canales para realizar operaciones de intermediación del capital a través de inversiones privadas.

En un mundo que avance más allá de la ayuda, los nuevos instrumentos financieros permitirán que los pequeños agricultores se aseguren contra los riesgos de sequía, o los países contra huracanes; se crearán mercados de bonos en moneda local se movilizarán nuevas inversiones en capital accionario, y se generarán nuevos intercambios de productos básicos locales, o instrumentos de cobertura para los países en desarrollo.

En un mundo que avance más allá de la ayuda, el apoyo para las innovaciones y los avances científicos permitirá desarrollar cultivos resistentes a las sequías, más nutritivos y con mejores rendimientos, crear fuentes energéticas eficientes y que no generen carbono, y elaborar nuevas vacunas que salven vidas.

Los países desarrollados deben reconocer que ayudar a los países en desarrollo a emprender el camino hacia el crecimiento sostenible redunda en su propio interés. Deben cumplir los compromisos asumidos. Pero también debemos reconocer que las condiciones se volverán menos propicias para la asistencia dado que los países donantes deberán hacer frente a su endeudamiento.

Los contribuyentes tienen derecho a saber que el Banco Mundial y otras instituciones de desarrollo son también actores responsables.

Debemos esforzarnos más para demostrar la eficacia de la ayuda, mostrar que se optimizan los recursos y señalar los resultados. Debemos movilizar la asistencia de manera más eficaz a través de nuevos instrumentos, y debemos ampliar el conjunto de aportantes logrando la participación de un mayor número de actores mediante enfoques más innovadores.

VIII  ¿Qué significaría en términos prácticos un mundo que avance más allá de la ayuda?

¿Qué significaría en términos prácticos un mundo que avance más allá de la ayuda?

En el nivel de los países, avanzar más allá de la ayuda significa movilizar y aprovechar el ahorro y los ingresos nacionales de manera transparente, lograr la inclusión financiera con servicios crediticios y sistemas de ahorro para todos, en especial para las mujeres, y obtener financiamiento a través de mercados de capitales locales en moneda nacional.

Significa buen gobierno, apertura y transparencia, promoción de una fuerte participación y representación de los ciudadanos.

Significa invertir en la propia gente, lo que incluye brindar acceso a redes de protección social eficientes, servicios básicos y educación de calidad vinculada con la capacitación y el empleo, y exigir a las instituciones y los funcionarios públicos que obtengan resultados y no solo representen intereses.

Significa alentar a los emprendedores, las pequeñas empresas, la inversión privada y la innovación.

Significa invertir en infraestructura para construir la base de la productividad futura, incluso a través de asociaciones público-privadas innovadoras.

Significa invertir en conectividad y a la vez recopilar datos y difundir información. En esta nueva economía mundial, contar con información y datos adecuados será al menos tan importante como recibir asistencia financiera. La iniciativa del Banco Mundial denominada “Datos Abiertos, Conocimientos Abiertos, Soluciones Abiertas” ya ha comenzado a revelar el poder de la información. En temas que van desde equidad de género hasta política comercial, el Banco Mundial puede ofrecer un bien público generando datos, difundiéndolos y patrocinando a otras entidades que podrán contribuir a democratizar el desarrollo.

En el plano regional, avanzar más allá de la ayuda significa lograr integración para contribuir a ampliar mercados, facilitar la logística para impulsar el comercio, simplificar los sistemas aduaneros, suministrar energía e invertir en infraestructura regional.

En el nivel internacional, significa generar innovación multilateral para lograr avances en el comercio abierto y las inversiones, el acceso a la energía, la seguridad alimentaria, la competencia en los servicios y el cambio climático, sin esperar siempre que se sumen todos, sino avanzando allí donde sea posible forjar coaliciones de progreso.

Significa utilizar el sistema multilateral —incluido el G-20— para buscar nuevas alternativas de políticas y financiamiento, en las que todos desempeñen una función.

Para el Grupo del Banco Mundial, avanzar más allá de la ayuda significa continuar cambiando para transformarse en un asociado que propicie el conocimiento abierto, que investigue, y que aproveche, adapte y difunda información, experiencias y soluciones recogidas en todo el mundo. El Grupo del Banco será inversionista e intermediario de las inversiones destinadas a fortalecer mercados, instituciones y capacidades, ya sea de los Gobiernos en sus diversos niveles, de las empresas o de la sociedad civil. Actuará como elemento catalizador de iniciativas en un modelo de desarrollo democratizado. Será un agente que impulsará soluciones multilaterales a los problemas relativos a la economía, el desarrollo, la pobreza y los riesgos. Y el Grupo del Banco será el promotor del crecimiento inclusivo y sostenible.

Tres años atrás, propuse una innovación: la “solución del 1%”, por la cual los fondos soberanos de riqueza, una nueva fuente de ahorro mundial, invertirían un 1% de sus activos en el crecimiento de África. Hoy en día, la Asset Management Company (AMC), de IFC, pone en práctica esta idea con fondos que se destinarán a inversiones en mercados desatendidos: África, América Latina y el Caribe. Actualmente, el total de compromisos para los fondos de la AMC supera los US$4000 millones. De estos, casi US$3000 millones provienen de inversionistas externos, como fondos soberanos de riqueza y fondos de pensiones con muy poca experiencia en mercados emergentes.

IX  La solución del 50%

Hoy quiero proponer otra idea que nos puede acercar más a ese mundo en el que se avance más allá de la ayuda: “la solución del 50%”.

Las mujeres representan el 50% de la población mundial y el 40% de la fuerza de trabajo en todo el mundo. En África, las mujeres son el eje de sus comunidades: constituyen la mayoría de los agricultores y producen el 80% de los alimentos del continente.

Sin embargo, solo poseen el 1% de la riqueza mundial.

Las mujeres y las niñas de los países en desarrollo tienen menos probabilidades que los hombres de sobrevivir a la primera infancia, a la infancia y a la edad reproductiva.

Las mujeres tienen menos probabilidades de recibir pago por su labor, de trabajar en cultivos rentables o de poseer activos como tierras.

Tienen menos probabilidades de influir en las decisiones familiares o de controlar los recursos dentro de sus hogares.

Y sin embargo, las pruebas del potencial humano, social y económico de las mujeres son abrumadoras.

Sabemos que promover la igualdad de género es una medida económica inteligente.

Que los países con más igualdad de género tienden a exhibir tasas de pobreza más bajas, que las probabilidades de que un niño sobreviva son mucho mayores si es la madre la que maneja los ingresos del hogar. Que si simplemente se da a las mujeres mayor control sobre los insumos agrícolas, la productividad del sector puede aumentar hasta un 20% en algunos países.

Pero no se trata tan solo del potencial económico. Considero que la igualdad de género es un derecho, no solo un recurso.

Tampoco es un tema exclusivo de los países en desarrollo. En todo el mundo, 1 de cada 10 mujeres sufrirá a lo largo de su vida abusos sexuales o físicos a manos de su pareja o de algún conocido.

Podemos hablar acerca de confinar a la historia antiguos rótulos como “norte y sur”, “desarrollado y subdesarrollado”, “Primer Mundo y Tercer Mundo”, pero este es todavía un mundo dividido en “ellos y nosotros”.

Algunos preguntarán qué tiene esto que ver con un mundo que vaya más allá de la ayuda.

Para decirlo con sencillez, la cuestión central es cambiar políticas, potenciar a cada persona, hombre o mujer, y no simplemente ofrecerle paquetes de ayuda.

Podemos brindar asistencia para apoyar más adecuadamente a mujeres y niñas, construir clínicas sanitarias y escuelas, impulsar la vacunación y brindar acceso a servicios de salud reproductiva. Y debemos hacerlo. Pero no basta solo con la ayuda.

No podremos liberar plenamente el potencial de la mitad de la población del mundo hasta que no se aborde en el nivel internacional el tema de la equidad; hasta que los países, las comunidades y los hogares de todo el mundo reconozcan los derechos de la mujer y cambien las reglas de la desigualdad.

Si se diera a las mujeres el derecho a ser propietarias de tierras; si se les diera el derecho a poseer, dirigir y hacer funcionar una empresa; si se les diera el derecho a heredar; si se les diera mayor capacidad para obtener ingresos; si se les diera mayor control sobre los recursos de sus propios hogares, se podría mejorar la salud de los niños, se podría brindar más educación a las niñas, se podría impulsar la actividad empresarial y la productividad económica, y podríamos acercarnos a ese mundo en el que la ayuda no sea la única solución.

Esto constituiría una verdadera democratización del desarrollo.

La semana próxima, el Banco Mundial publicará su Informe sobre el desarrollo mundial, referido a la igualdad de género y el desarrollo. Sobre la base de ese estudio, seguiremos trabajando a partir de lo que hemos conseguido con los US$65 000 millones aportados durante los últimos cinco años para apoyar la educación de las niñas, la salud de las mujeres y su acceso a créditos, tierras, servicios agrícolas, empleos e infraestructura. Esta labor ha sido importante, pero no ha sido suficiente o no lo suficientemente central en nuestro trabajo.

Incorporaremos el análisis y el diagnóstico de las cuestiones de género en todas las estrategias del Banco de asistencia a los países, crearemos indicadores más precisos para determinar el impacto de las inversiones en las mujeres y trabajaremos con los países para generar más y mejores datos relativos a las cuestiones de género, por ejemplo, en relación con la propiedad de activos y el acceso a los sistemas crediticios y judiciales.

Cuando los países no quieran trabajar con nosotros para reducir la desigualdad de género, buscaremos otros modos para lograr avances en este tema, a través del diálogo, las asociaciones de colaboración y los ejemplos extraídos de otros países en desarrollo.

Y seguiremos teniendo como meta lograr la paridad de géneros entre los gerentes del Grupo del Banco Mundial. En el nivel de los vicepresidentes y en los estamentos superiores, la proporción llega al 51%.

X  Conclusión

Desde que asumí como presidente del Grupo del Banco Mundial, hace cuatro años, he hablado de la importancia de modernizar el multilateralismo a fin de reconocer y reflejar más adecuadamente los cambios económicos que se producen en el mundo actual.

He hablado de la necesidad de democratizar el desarrollo de modo que todos (norte, sur, este, oeste, ricos y pobres, hombres y mujeres) puedan participar en el diseño, la ejecución y la mejora continua de las soluciones para el desarrollo.

He hablado de la necesidad de que la apertura, la transparencia y la rendición de cuentas se conviertan en características esenciales no solo del Grupo del Banco Mundial, sino también de la política de los Gobiernos de todo el mundo.

Y he hablado de la necesidad de establecer un nuevo contrato social, a fin de reconocer que las inversiones en representación ciudadana, en la sociedad civil y en la rendición de cuentas son tan importantes para el desarrollo como las inversiones en infraestructura, empresas, fábricas o establecimientos agrícolas.

Hoy he intentado delinear de qué modo un sistema multilateral capaz de reflejar más adecuadamente las realidades económicas actuales, más asentado en la noción de responsabilidad de los actores, más vinculado al sector privado y a las redes de la sociedad civil, y más comprometido con la solución práctica de problemas y la innovación podría conducir a un mundo más allá de la ayuda, a un mundo en el que se ponga de relieve la prosperidad y no los paliativos, el potencial y no el paternalismo, la dignidad y no la dependencia.

Algunos podrán aducir que este enfoque es demasiado radical. Que de algún modo permitirá a los países desarrollados liberarse de sus compromisos de asistencia. No tiene por qué ser así.

Algunos podrán aducir que este enfoque es demasiado riesgoso, que dará preponderancia a nuevos mercados e instrumentos financieros que podrían generar problemas para los países en desarrollo.

No tiene por qué ser así.

Algunos podrán aducir que este enfoque es demasiado prematuro, que los países en desarrollo aún no están preparados para desempeñarse como actores responsables.

¿Acaso están menos preparados que los países desarrollados?

Hoy en día, los flujos de capital privado son muy superiores a los montos de la asistencia oficial para el desarrollo. Ciertas contribuciones filantrópicas son ya muy superiores a la ayuda gubernamental bilateral. Y han surgido nuevos actores y nuevos donantes que ya están transformando el mundo de la asistencia.

Debemos “pensar a través del tiempo”: debemos buscar inspiración en aquellos intrépidos multilateralistas de Bretton Woods, debemos formular preguntas para discernir las circunstancias propias del tiempo que nos toca vivir, y debemos actuar con el objetivo de prepararnos para los tiempos que vendrán. Es hora de ponernos a tono, hora de asumir nuestras responsabilidades, hora de crear para el futuro, no de añorar el pasado.

Api
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