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Discursos y transcripciones Septiembre 30, 2021

El desarrollo en tiempos convulsionados. Discurso del presidente del Grupo Banco Mundial, David Malpass

Gracias, primer ministro Hamdok, por la cálida presentación y por su hospitalidad.

Damas y caballeros, es un gran placer para mí hablar hoy en África, particularmente en estos tiempos difíciles para el continente y el mundo.

Es aún más especial estar aquí, en el Salón de la Amistad de Sudán, en este momento histórico. En los últimos años, ustedes han hecho un enorme esfuerzo para poner a la población en un camino hacia el desarrollo, en medio de condiciones muy adversas. Hace dos años, el Gobierno de transición de Sudán heredó una economía y una sociedad profundamente dañadas que habían padecido décadas de conflicto y aislamiento. Aun cuando la gente decidió romper con el pasado, el país enfrentó circunstancias extraordinariamente desfavorables: la pandemia de COVID-19, una plaga de langostas, inundaciones sin precedentes y una gran afluencia de refugiados que escapaban de los conflictos del otro lado de la frontera.

Sin embargo, el país siguió adelante con reformas audaces, retomó las relaciones con la comunidad internacional, liquidó sus atrasos con el Banco Mundial con la ayuda de un préstamo puente de Estados Unidos, y en junio alcanzó el punto de decisión en el marco de la Iniciativa para los Países Pobres Muy Endeudados (PPME). Celebro los avances del país en relación con la estabilización macroeconómica, que incluyen la liquidación de los atrasos, la unificación de su tipo de cambio, la baja de la inflación, la disminución de la escasez y la eliminación de los subsidios a los combustibles.

Si bien queda mucho trabajo por delante, felicito a las autoridades sudanesas, civiles y militares, por sus esfuerzos y sus logros en la labor conjunta en pos de un país unificado y tolerante, que pueda ofrecer un futuro mejor a todos sus ciudadanos. Es fundamental evitar los retrocesos políticos, porque no hay desarrollo sin paz y estabilidad. También me gustaría reconocer la notable resiliencia del pueblo sudanés: su energía para construir un Sudán mejor a pesar de los desafíos es en verdad admirable.

I. Una crisis sin precedentes

Estos son tiempos excepcionalmente difíciles para Sudán, para África y para miles de millones de personas de todo el mundo. Los retrocesos en el desarrollo ponen en peligro la vida, el empleo, los medios de subsistencia y el sustento de las personas. En muchos lugares del mundo, la pobreza va en aumento, los niveles de vida y las tasas de alfabetización disminuyen, y se revierten los avances logrados en la igualdad de género, la nutrición y la salud. Para algunos países, la carga de la deuda era insostenible aun antes de la crisis, y ahora está agravándose.

En lugar de ganar terreno, los pobres quedan rezagados en lo que constituye una tragedia mundial de desigualdad. Esta drástica contracción del progreso económico y social está dando paso a tiempos convulsionados en la economía, la política y las relaciones geopolíticas. Mientras que algunas economías avanzadas proporcionan billones de dólares a través de programas de gasto y compras de activos de los bancos centrales, los países de ingreso bajo se encuentran con altas tasas de inflación, muy pocos empleos, escasez de vacunas y alimentos, y el alto costo de adaptarse a desafíos climáticos que no provocaron.

En estos tiempos convulsionados y preocupantes, el desafío para las personas, y para la comunidad del desarrollo, es abreviar la crisis, reanudar el desarrollo y sentar bases sólidas para un futuro más próspero y mejor preparado para afrontar desastres como la pandemia de COVID-19.

A fin de combatir los retrocesos en el desarrollo, necesitaremos nuevos enfoques sólidos que resulten adecuados para estos tiempos tan difíciles. Debemos concentrar más nuestros esfuerzos, establecer prioridades claras analizando qué medidas dan resultados y cuáles no, y ampliar rápidamente las iniciativas exitosas.

II. Revertir los retrocesos en el desarrollo

La crisis de la COVID-19 ha hecho que las tasas de pobreza volvieran a aumentar después de décadas de disminución constante. Ha empujado a casi 100 millones de personas a la pobreza extrema, y varios cientos de millones más se han convertido en pobres, muchos de ellos en países de ingreso mediano. La acumulación de capital humano se estancó, dado que la mayoría de las escuelas estuvieron cerradas durante meses, incluso años, y algunas aún no han reabierto.

La crisis también impuso una pesada carga a las empresas y los Gobiernos. Los cierres de empresas aumentaron vertiginosamente, y muchas de las que permanecieron activas ahora están sobreendeudadas o en mora. Los Gobiernos han incurrido en grandes déficits fiscales, a menudo empujando la deuda pública a niveles peligrosamente altos que requieren decisiones de inversión muy cuidadosas tanto por parte del sector público como del privado.

Y, sin embargo, la crisis también ha traído consigo una transformación sin precedentes. Ha aumentado notablemente el número de empresas nuevas. El capital de riesgo ha explotado, y proliferan los instrumentos innovadores. Tanto en las economías avanzadas como en los países en desarrollo se observa un auge en sectores como los de tecnología de la información, logística y finanzas, todos con un fuerte componente digital.

Esta revolución digital no solo significa un crecimiento más rápido en los sectores basados en la informática, sino que también ofrece la oportunidad de transformar otras áreas, como la educación, la salud e incluso la agricultura. Paralelamente, permitirá reducir el control de los intereses creados que impiden la competencia: es posible que la crisis de la COVID-19 haya impulsado la destrucción creativa que constituye el motor del crecimiento económico.

III. Fomentar el cambio sin dejar de centrarse en la reducción de la pobreza

La gripe española de 1918-20 hizo estragos y provocó muertes en una magnitud comparable a la de la crisis de la COVID-19. Sin embargo, no le sucedió una década perdida, sino los "locos años 20". Fue un momento de crecimiento económico sumamente rápido, pero también una época en que la desigualdad social se amplió y se acumularon peligrosas vulnerabilidades financieras que culminaron en la prolongada Gran Depresión.

La pregunta para la comunidad internacional es, entonces, qué debemos hacer para impulsar un crecimiento inclusivo, de base amplia y sostenible, y evitar así una década perdida para el desarrollo.

Podría ser tentador proponer que mantengamos el rumbo e intensifiquemos el enfoque que aplicábamos antes de la crisis. Pero en vista de los desafíos que presentan los cambios demográficos, el clima, la enfermedad y la deuda, queda claro que eso no será suficiente. Y si miramos el lado positivo, dados los avances en la tecnología, las comunicaciones, la innovación y la cooperación, tampoco tiene que ser suficiente: no estamos limitados a los enfoques previos a la crisis.

Podemos (y debemos) aspirar a hacer más, de dos maneras: Primero, debemos concentrar la atención en las prioridades clave y tener en claro cómo las abordamos y medimos. Por ejemplo, una prioridad mundial es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que requiere priorizar a los principales emisores y medir las reducciones con claridad y transparencia.

Y segundo, debemos lograr una escala mucho mayor para generar impacto. Necesitamos programas de educación, nutrición y vacunación que lleguen a cientos de millones de niños. Necesitamos programas de transferencias de dinero digital que permitan proporcionar los recursos requeridos a miles de millones de personas en la próxima crisis. En respuesta al cambio climático, necesitamos miles de proyectos público-privados de gran envergadura que combinen los recursos de todo el mundo (de Gobiernos, bancos multilaterales de desarrollo, fundaciones, inversionistas privados y compradores de créditos de carbono) para reducir las emisiones de carbono y ampliar el acceso a la electricidad. Y necesitamos miles de proyectos más que ayuden a las personas a adaptarse al cambio climático de modo tal que se salven vidas.

El Grupo Banco Mundial mantiene su compromiso de aliviar la pobreza e impulsar la prosperidad compartida en los países clientes, desde los habitantes de los Estados más pobres hasta los de países de ingreso mediano que están quedando relegados. Esto implica crear oportunidades para que todos se beneficien de la revolución digital, y requiere empoderar a las mujeres y proteger a las niñas para compensar los factores profundamente arraigados que generan desventajas.

Es posible que resulte difícil implementar reformas importantes en las políticas, dado que las economías apenas comienzan a salir de la crisis y muchos ciudadanos están completamente excluidos de la recuperación. Para reanudar los avances en el desarrollo, en lo inmediato es prioritario garantizar el acceso a las vacunas y acelerar su distribución. Además, hay cuatro áreas clave en las que una acción decidida debería generar cambios significativos.

En primer lugar, lograr estabilidad económica. Numerosos países en desarrollo hicieron esfuerzos extraordinarios para brindar apoyo a su población y mantener la actividad económica durante la pandemia. Muchos han ido más allá de lo que podían costear, especialmente porque la deuda de las economías en desarrollo ya estaba en niveles récord en el momento en que se desató la pandemia. A mediados de 2021, más de la mitad de los países clientes de la Asociación Internacional de Fomento (AIF) —los más pobres del mundo— se encontraban en una situación crítica a causa del sobreendeudamiento externo o en grave riesgo de caer en esa situación. Esto puede empeorar si los precios de las materias primas muestran volatilidad, las tasas de interés aumentan o los inversionistas pierden confianza en los mercados emergentes.

Cuando la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda caduque a fines de este año, los países de ingreso bajo que reanuden los pagos verán reducido su espacio fiscal, lo que limitará su capacidad para comprar vacunas y financiar otros gastos prioritarios. Es hora de buscar una consolidación fiscal gradual y orientada a las personas, y reestructurar la deuda insostenible. En este sentido, será fundamental mejorar y acelerar la implementación del Marco Común. Necesitamos de la cooperación mundial, con participación del sector privado, para proporcionar alivio de la deuda a los países más pobres del mundo y financiar inversiones que promuevan el crecimiento. En Sudán, por ejemplo, un esfuerzo de cooperación internacional, en el que tomaron parte Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, ayudó al país a liquidar sus atrasos con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones financieras internacionales, lo que permitirá otorgar un alivio de la deuda por valor de USD 50 000 millones, que constituirá la mayor operación de la Iniciativa para los PPME de la historia.

Es fundamental que los países eliminen el despilfarro en el gasto público, mejoren la eficiencia en la prestación de servicios y reasignen los fondos públicos a los usos más productivos. Este es también un momento adecuado para implementar una gestión proactiva de la deuda que reestructure los pagos mientras las tasas de interés internacionales se mantienen bajas. Es necesario adoptar medidas concretas para lograr mayor transparencia en los contratos de financiamiento, incrementar la rendición de cuentas y garantizar que las decisiones se basen en información exhaustiva. Los países de ingreso bajo deben dar prioridad a los créditos en condiciones concesionarias y evitar el financiamiento con tasas de interés elevadas que se ha vuelto cada vez más problemático. Será fundamental poner énfasis en esta agenda en cada país y medir los avances.

En segundo lugar, aprovechar la revolución digital. Si se adoptan soluciones digitales con mayor rapidez, se puede ampliar drásticamente el acceso al financiamiento y crear nuevas oportunidades económicas. Se puede aumentar la competencia en los mercados de productos y permitir que las personas vendan servicios por Internet y se conecten así con los mercados nacionales y globales. Para apoyar esta transformación se deben adoptar numerosas medidas a gran escala: invertir en infraestructura digital, eliminar los monopolios en el sector de las telecomunicaciones, proporcionar documentos nacionales de identidad y crear un entorno regulatorio propicio.

El potencial es claro en todo el mundo en desarrollo, incluida África. En Sudán, por ejemplo, 8 de cada 10 ciudadanos poseen teléfonos móviles, y una proporción similar cuenta con un documento nacional de identidad.

La revolución digital también puede transformar el sector público. Entre otras cosas, permite replantear radicalmente los sistemas de protección social. En todo el mundo vemos que muchos programas pasan de la entrega de bienes en especie y de dinero en efectivo a la entrega digital, que los beneficiarios reciben directamente en sus cuentas bancarias o pueden ver en sus teléfonos. Del mismo modo, tanto en el sector formal como en el informal, los nuevos sistemas de pago permiten efectuar las compras cotidianas a través del teléfono, utilizando códigos QR y otras tecnologías. Kenya y muchos otros países africanos tienen amplia experiencia en esta área.

En muchos países de ingreso mediano, la transición al gobierno electrónico puede facilitar el acceso de los hogares y las empresas a los servicios públicos. Por su parte, las adquisiciones electrónicas pueden reducir las oportunidades para que se cometan actos de corrupción e incrementar a la vez la transparencia y la eficiencia del Gobierno.

En tercer lugar, buscar un desarrollo más ecológico y sostenible. La comunidad internacional ha asumido el firme compromiso de desacelerar el aumento de los niveles de carbono en la atmósfera y reducir los impactos climáticos en los sectores más vulnerables. Un paso clave es poner freno a la instalación de nuevas plantas alimentadas a carbón, desmantelar las existentes y sustituirlas por fuentes de electricidad más limpias. Debemos apoyar a los países para que logren una transición "justa", lo que incluye proteger a los trabajadores afectados. Esta transición es cada vez más factible, a medida que las innovaciones tecnológicas reducen el costo de la energía limpia. En vista del gasto enorme que supone esta tarea, los esfuerzos deben centrarse en las transiciones que generen más impacto.

Este es también el momento de revitalizar las reformas del sector eléctrico, que a menudo han quedado estancadas. Los subsidios a la energía son costosos y distorsivos, pero su eliminación debe implementarse de manera tal que resuelva las ineficiencias subyacentes y amplíe el acceso al suministro. Para lograr una energía limpia y asequible es necesario que haya competencia en la generación y distribución de electricidad, así como un organismo regulador verdaderamente independiente. En este sentido, es importante el compromiso de Sudán con la reforma del sector eléctrico.

El transporte es otra fuente significativa de emisiones. En vista de que se prevé un incremento de la urbanización en los países en desarrollo, la infraestructura y el diseño de las ciudades pueden marcar una diferencia enorme. En lugar de metrópolis extensas donde los habitantes pasan horas viajando para llegar a sus empleos, los Gobiernos pueden proponerse desarrollar ciudades más compactas con sistemas de transporte público eficientes y no contaminantes.

En las iniciativas referidas al cambio climático, tanto de mitigación como de adaptación, y en las de desarrollo en general, debemos priorizar y dirigir los esfuerzos de modo de lograr el mayor impacto posible por cada dólar gastado y buscar soluciones que puedan ampliarse rápidamente.

Y en cuarto lugar, invertir en las personas. La crisis muestra que, a fin de preparar a los países para conmociones futuras, es primordial desarrollar sistemas de salud sólidos y eficaces. El acceso a las vacunas contra la COVID-19 y su distribución son prioridades urgentes ahora, pero también son cruciales otras vacunas a fin de mantener otras enfermedades mortales bajo control.

Para fortalecer los sistemas de educación y salud no basta con brindar recursos presupuestarios de manera eficiente y priorizada. Por ejemplo, es importante alinear los incentivos de los docentes y los proveedores de atención médica (públicos o privados) con las necesidades de las personas a las que brindan servicios. Y también es fundamental encontrar soluciones ampliables para mejorar la atención médica y elevar la calidad de la educación, incluso a través del aprendizaje a distancia.

La acumulación de capital humano es más importante en los países afectados por conflictos que en cualquier otro sitio, pues es allí donde vive la mayoría de los pobres hoy en día. Ayudar a los refugiados y a las comunidades que los reciben es una prioridad clave. La seguridad es esencial, pero los soldados no pueden ganar la batalla del desarrollo. Es más probable que el cambio provenga de pequeñas victorias ganadas en millones de hogares a lo largo del tiempo.

Por ejemplo, es en las familias y en las comunidades donde se construye la aceptación necesaria para que las mujeres puedan trabajar fuera del hogar, para que todos los niños reciban educación y para que se reconozcan las contribuciones de las niñas. De hecho, educar a las niñas implica mucho más que inculcarles habilidades. Significa fomentar la autosuficiencia y estimular sus aspiraciones. Esto va en interés de todos. La eliminación de las diferencias de género produce enormes beneficios económicos para los países en desarrollo, incluidos los más frágiles y afectados por conflictos.

IV. La contribución del Grupo Banco Mundial

Nada de esto será fácil, pero las características singulares del Grupo Banco Mundial lo ubican en una posición única para apoyar a los países en las cuatro prioridades que he señalado, brindando financiamiento y conocimientos técnicos a los Gobiernos, al tiempo que moviliza al sector privado. Contamos con una experiencia inigualable en el trabajo con países, y con expertos técnicos en todos los sectores clave. La mayoría de nuestro personal proviene de economías en desarrollo y a menudo aporta experiencia en innovaciones que ayudaron a implementar en sus países y regiones de origen.

Nuestro personal está cada vez más descentralizado en oficinas de todo el mundo. También hemos ampliado nuestra presencia en países frágiles y afectados por conflictos. En los últimos cuatro años, casi duplicamos nuestra presencia en sitios afectados por fragilidad, conflictos y violencia, y en la actualidad contamos con más de 1200 empleados en esos lugares.

Estamos orgullosos de nuestra respuesta frente a la COVID-19 y agradecemos a los accionistas por su apoyo. Desde abril de 2020 hasta junio de 2021, comprometimos más de USD 157 000 millones, en lo que constituye la respuesta más grande de nuestra historia frente a una crisis. Hemos ayudado a los países a hacer frente a la emergencia sanitaria y hemos proporcionado financiamiento para la adquisición de vacunas contra la COVID-19 en 62 países. Nos complace estar asociados con el Mecanismo COVAX, el Fondo Africano para la Adquisición de Vacunas (AVAT), la Unión Africana y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en la prioridad compartida de ayudar a los países a comprar y distribuir vacunas. Nuestro apoyo a las economías más pobres está en el nivel más alto de la historia e incluye donaciones y préstamos en condiciones sumamente concesionarias destinados a países que pueden solicitar financiamiento a la AIF. Al tiempo que ayudamos a los países a abordar la crisis derivada de la pandemia, también trabajamos para facilitar un desarrollo verde, resiliente e inclusivo.

Aún queda mucho por hacer para garantizar una recuperación sostenida y un mejor camino de desarrollo para todos. La cantidad de vacunas contra la COVID-19 que todavía se necesitan sigue siendo enorme, y tenemos financiamiento listo para seguir apoyando a los países. Los países de ingreso bajo y mediano enfrentan numerosos desafíos superpuestos. Algunos deben lidiar con la fragilidad, como vemos en el Cuerno de África y en el Sahel. Y todos necesitan brindar servicios eficaces, financiar obras de infraestructura resilientes, aprovechar las oportunidades digitales y responder al cambio climático. Con miras a la reposición de los recursos de la AIF que se concretará a fines de este año, los jefes de Estado africanos han pedido a los donantes que sean ambiciosos en el apoyo que brinden a la misión fundamental de la AIF en favor de los países más pobres. El Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), la Corporación Financiera Internacional (IFC) y el Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (MIGA) también seguirán buscando formas de aumentar el financiamiento y movilizar más recursos, incluso del sector privado.

Esta crisis sin precedentes ha dado paso a tiempos convulsionados. Las numerosas opciones a las que nos enfrentaremos en los próximos años determinarán si los países en desarrollo sufrirán una década perdida o darán comienzo a un rápido crecimiento y una transformación económica.

Me he referido a tareas de enorme magnitud: generar estabilidad económica y crecimiento, aprovechar la revolución digital, tomar medidas decididas contra el cambio climático e invertir en las personas. Para lograr el éxito en estas áreas se requiere la participación activa de los sectores público y privado de todos los países, de la sociedad civil y las fundaciones, y de toda la comunidad internacional para trabajar en conjunto. Estos esfuerzos exigen que los dirigentes tengan metas ambiciosas para la prosperidad de las personas. Y requieren atención y escala en todo nuestro trabajo en el área del desarrollo.

Hablar con la gente aquí en Sudán y ver los rostros de los jóvenes en este salón me llena de optimismo: confío en que ayudaremos a los países a evitar una década perdida. En el viaje que ustedes han emprendido hacia la paz, la prosperidad y la unidad nacional, el Grupo Banco Mundial, junto con el resto de la comunidad internacional, camina a su lado. Trabajando juntos construiremos un mejor camino de desarrollo. El curso de la historia de Sudán está en sus manos. Muchas gracias.

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