OPINIONES

Columna de opinión: El futuro (potencialmente) brillante
de Europa

Jim Yong Kim

Wall Street Journal Europe

Enero 22, 2013

Publicado por primera vez en The Wall Street Journal Europe, el martes 22 de enero de 2013.

El euro se estabiliza. Ahora Europa debe comenzar a crecer nuevamente.

Hace un año, cuando el ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, afirmó que en 12 meses los líderes europeos “eliminarían el peligro de contagio y estabilizarían la zona del euro”, fue acusado de mostrar un optimismo infundado. Pero al parecer tenía razón, al menos por ahora. Durante 2012, la región demostró su voluntad de permanecer unida.

En 2013, Europa debe mostrar su decisión de modernizar las estructuras económicas y relanzar el crecimiento. De lo contrario, se pondrán en peligro los avances de 2012, no solo en Europa sino en todo el mundo.

Días antes de que el Foro Económico Mundial de Davos reúna a líderes para debatir sobre la economía internacional, soy optimista que estas mejoras se lograrán. Esto no es porque las reformas estructurales sean sencillas; de hecho, serán más dolorosas que los cambios en los acuerdos monetarios y financieros regionales.

Al contrario, mi optimismo se debe a la alentadora historia de reforma y progreso de Europa, que incluye el caso de España en la década de 1980, Suecia en la de 1990 y Estonia en la de 2000. Estas historias se analizan en el informe Golden Growth (Crecimiento dorado), una evaluación del Banco Mundial sobre el modelo económico europeo. No es difícil ser optimista sobre una región donde las reformas políticas han llevado históricamente a una prosperidad compartida.

Europa todavía tiene mucho por hacer en los próximos 12 meses. Se necesita regulación y supervisión de la actividad bancaria para toda la región, algo que ya está sucediendo. Además es necesario implementar reformas para sanear las finanzas públicas, hacer más eficientes los servicios sociales y programas públicos, y regular el empleo de manera que fomente el esfuerzo y la iniciativa empresarial. Pero mientras reparan los errores y fracasos de su modelo económico, los europeos no deben olvidar las fortalezas y éxitos del continente. Tres logros merecen ser mencionados.

En primer lugar, una integración sin precedentes ha permitido que más de una docena de países —como Irlanda en los años 80, Portugal en los 90, y Eslovenia y Eslovaquia en la década de 2000— se convirtieran rápidamente en economías avanzadas. Esto no sucedió por casualidad. El “motor” de la convergencia europea es producto de sólidos flujos comerciales y financieros posibilitados por el mercado único, y apoyados expertamente por la Comisión Europea.

En segundo lugar, la integración económica ha ayudado a “Europa” a convertirse en una marca mundial. Desde mediados de los años 90, las empresas europeas han generado empleos y exportaciones. Sus bienes y servicios —automóviles alemanes y complejos turísticos franceses— son deseados en todo el mundo. Una vez más, esto no es accidental. Estos países han facilitado la actividad empresarial.

Cuando se trata de mejorar el clima de inversión, Europa Central ha acelerado el ritmo durante los últimos 10 años. Las economías de la zona del euro que han retrasado las reformas deberían tomar nota. Una estrecha interdependencia crea crecientes brechas de competitividad en Europa.

En tercer lugar, al traducir la paz y el progreso en un envidiable equilibrio entre el trabajo y la vida personal, los europeos disfrutan de la más alta calidad de vida. Pero algo bueno puede ser llevado demasiado lejos. Como la prosperidad trajo consigo mejor salud y mayor longevidad, los europeos han acortado su semana laboral, han tomado vacaciones más largas, y se han retirado cada vez más temprano. Los jubilados y desocupados dependen cada vez más del Estado y cada vez menos del mercado.

Hoy en día, con el 10% de la población mundial y el 30% del producto interno bruto (PIB), Europa representa el 60% del gasto mundial en materia de protección social (por ejemplo pensiones, prestaciones por desempleo y asistencia social). La mayoría de los países de Europa está descubriendo que es difícil proporcionar una generosa protección social sin sacrificar el crecimiento. Los resultados son permanentes déficits fiscales y una ascendente deuda pública.

Para reparar esta situación es necesario cambiar el núcleo del modelo económico europeo, y no será fácil. Pero aquellos que dudan de la determinación de los europeos deberían observar a Letonia.

En 2008, frente a una abrumadora deuda externa y el colapso de la economía interna, Letonia tuvo que pedir ayuda internacional. En 2009, el PIB se contrajo un 17,5% y el desempleo aumentó por encima del 20%. Pero en vez de devaluar el lats, los letones aceleraron las reformas estructurales mediante la reducción del gasto, la mejora de las condiciones para las empresas, y el establecimiento de medidas para ayudar a los pobres y los desempleados. En 2012, se equilibró la cuenta corriente, la economía creció más del 5%, y se redujo el desempleo. Para 2014, Letonia espera reembolsar sus préstamos y adoptar el euro.

Estamos orgullosos de nuestro trabajo para ayudar a Letonia a garantizar que las personas vulnerables estén protegidas de los peores efectos de la recesión hasta que el crecimiento permita ofrecer más oportunidades de empleo. La impresionante historia de Letonia no es nueva. Cuando enfrentaron crisis, Suecia y Alemania —los actuales líderes económicos de Europa— también hicieron cambios que fueron muy dolorosos, pero eficaces. Tal vez en algunos años Irlanda y Portugal puedan inspirar a reformadores de todo el mundo.

Europa tiene una rica historia en cuanto a reformas e innovación. Si los Gobiernos del continente adoptan las políticas necesarias para reiniciar el crecimiento — y si lo hacen con tanta determinación como reaccionaron para estabilizar el euro— los próximos años traerán muchos éxitos.

El autor es presidente del Grupo del Banco Mundial.