Discursos y transcripciones

Discurso del presidente del Grupo del Banco Mundial, Jim Yong Kim, ante el Consejo de Relaciones Exteriores: “Cuenten con nosotros”

Presidente del Grupo del Banco Mundial Jim Yong Kim

Consejo de Relaciones Exteriores

Washington, DC, Estados Unidos

Abril 01, 2014

Alocución inicial

Muchas gracias, Michelle, por tan gentil presentación, y muchas gracias también a nuestro anfitrión, el Consejo de Relaciones Exteriores, por invitarme hoy a dictar la Conferencia David A. Morse. Es un honor para mí estar aquí y quisiera aprovechar esta oportunidad para hablar sobre algunos asuntos fundamentales del desarrollo mundial y el papel del Grupo del Banco Mundial para ayudar a los países y al sector privado a abordar los grandes desafíos que tenemos por delante.

Durante mucho tiempo, los ricos han sabido en cierta medida cómo viven los pobres en todo el mundo. La novedad en el mundo actual es que el secreto mejor guardado para los pobres, esto es, cómo viven los ricos, ha sido revelado. A través de la televisión rural, internet y los aparatos portátiles, que ahora están al alcance de un número cada vez mayor de personas pobres, los estilos de vida de los ricos y de la clase media —respecto de los cuales antes tenían una vaga idea— se transmiten a diario y en colores a sus hogares. Y esto es lo que ha marcado la gran diferencia.

La turbulencia política que observamos en todo el mundo tiene diversas causas próximas, pero gran parte de ella radica fundamentalmente en esta nueva característica del mundo de hoy. La pregunta que se hace prácticamente cada persona que vive en el mundo en desarrollo es cómo pueden ellos y sus hijos tener las oportunidades económicas de las que gozan tantas otras personas. Todos saben cómo viven los demás.

El año pasado, cuando viajé con el presidente Evo Morales a un pueblo boliviano ubicado a más de 4000 metros sobre el nivel del mar, como si fuera poco para jugar al fútbol, los lugareños tomaron fotos de nuestra llegada con sus teléfonos inteligentes. Cuando visité un barrio en Uttar Pradesh, el estado de la India con la mayor cantidad de personas pobres, pude ver a ciudadanos indios mirando telenovelas coreanas en sus teléfonos inteligentes. No es de extrañar que todos quieran más oportunidades para sí mismos y, especialmente, para sus hijos.

Vivimos en un mundo de desigualdades. Las disparidades entre ricos y pobres son tan evidentes aquí en la ciudad de Washington como en cualquier otra capital del mundo. Sin embargo, para muchos de nosotros en el mundo de los ricos las personas que están excluidas del progreso económico siguen siendo en gran medida invisibles. Como expresó textualmente el papa Francisco: “Que algunas personas sin techo mueren de frío en la calle no es noticia. Al contrario, una bajada […] en las bolsas de algunas ciudades constituye una tragedia”.

Mientras nosotros, en el mundo de los ricos, podemos ser ciegos ante el sufrimiento de los pobres, los pobres de todo el mundo están muy conscientes de cómo viven los ricos. Y han demostrado que están dispuestos a actuar.

No debemos persistir en nuestra ceguera voluntaria ante el impacto suscitado por las decisiones económicas en las personas pobres y vulnerables, y ello no solo en virtud del imperativo moral de que el prójimo merece un trato digno, sino también del principio económico de que a todos nos beneficia un crecimiento del que participen las mujeres, los jóvenes y los pobres. Las desigualdades perjudican a todos. La baja participación de las mujeres en la economía genera pérdidas de ingresos del 27 % en la región de Oriente Medio y Norte de África. En cambio, el crecimiento inclusivo crea un contrato social más fuerte y más sólido entre las personas y sus Gobiernos, y construye economías más robustas. Por ejemplo, si aumentáramos el empleo de las mujeres hasta alcanzar el nivel de los hombres, el ingreso medio aumentaría un 19 % en Asia meridional y un 14 % en América Latina.

Hace un año, los Gobernadores del Grupo del Banco Mundial aprobaron dos nuevas metas. En primer lugar, que nuestra institución centrará sus esfuerzos en poner fin a la pobreza extrema a más tardar en 2030. Las personas en situación de pobreza extrema viven con menos de un dólar con veinticinco centavos por día, es decir, menos que las monedas sobrantes que muchos de nosotros encontramos en el bolsillo cada noche. Sin embargo, en la actualidad hay más de 1000 millones de personas de países de ingreso mediano y países pobres que sobreviven con menos de esa cantidad.

La segunda meta aprobada por los Gobernadores consiste en que trabajaremos para asegurar que los beneficios de la prosperidad sean compartidos por el 40 % más pobre de la población de los países en desarrollo. No obstante, sabemos que por más que las tasas de crecimiento de los países sean similares a las registradas en los últimos 20 años, si la distribución del ingreso no varía, en 2030 la pobreza en el mundo solo se habrá reducido al 7,7 %, frente al 17,7 % a nivel mundial en 2010*. En los últimos 20 años, en promedio se logró sacar de la pobreza extrema a aproximadamente 35 millones de personas por año, pero para alcanzar nuestra meta de poner fin a la pobreza extrema a más tardar en 2030, debemos ayudar a superar la pobreza a 50 millones de personas por año.

Sabemos que los problemas fundamentales del mundo actual afectan no a millones, sino a miles de millones de nuestros congéneres. Casi 2000 millones de personas carecen de acceso a energía. Se estima en 2500 millones el número de seres humanos carentes de acceso a servicios financieros básicos. Y todos nosotros —los 7000 millones de habitantes de la Tierra— nos vemos confrontados con el inminente desastre que infligirá el cambio climático si no aplicamos hoy un plan acorde con la magnitud del desafío que tenemos por delante.

Martin Luther King dijo en una ocasión: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”. Hoy debemos preguntarnos si, al igual que el Dr. King durante su vida, estamos haciendo todo lo posible para inclinar decisivamente el arco de la historia hacia la justicia, para ayudar a más de 1000 millones de personas a superar los efectos devastadores de la pobreza extrema. Hace ya 21 meses que ocupo el cargo de presidente del Grupo del Banco Mundial y todos los días me formulo esa pregunta.

No habían transcurrido más que tres meses desde que asumí el cargo cuando nuestra institución se autodefinió como un “banco de soluciones”, dispuesto a desplegar su vasto acervo de evidencias y conocimientos empíricos y a aplicarlo a la solución de problemas locales. Había cumplido un año en el cargo cuando el Directorio Ejecutivo aprobó nuestras metas paralelas, y apenas seis meses atrás dicho órgano hizo lo propio con nuestra estrategia, que alinea las operaciones de la institución para alcanzar las metas fijadas. Desde entonces hemos introducido importantes reformas y la institución avanza satisfactoriamente hacia el objetivo de convertirse en el banco de soluciones que habíamos concebido para ayudar a nuestros clientes a abordar los retos más difíciles para alcanzar ambas metas.

Me considero afortunado de trabajar en una institución dotada de tantos recursos intelectuales: casi 1000 economistas y 2000 titulares de doctorados… y estos últimos pueden tener por lo menos 4000 puntos de vista sobre un tema específico. Como se imaginarán, en el período en que he venido prestando servicios en el Grupo del Banco Mundial no me han faltado los lúcidos consejos y asesoría del personal a mi cargo.

El entusiasmo y la percepción del personal de la institución me recuerdan a diario la profunda identificación que tienen con su misión. Recientemente realizamos una encuesta del personal, y hubo un resultado que fue especialmente alentador: el 90 % de los consultados manifestaron que se sentían orgullosos de trabajar en el Grupo del Banco Mundial. Ahora nuestra responsabilidad es crear una institución que aproveche toda esa experiencia, ese talento y ese saber, y los ponga fácilmente a disposición de cualquier país o empresa que los necesite.

Tenemos que trabajar en forma diferente para que nuestra labor refleje una de las nuevas realidades indiscutibles que vive el mundo: los Gobiernos y las empresas pueden acudir a múltiples fuentes de financiamiento y de saber. Nuestra ventaja comparativa tiene que ser clarísima, de modo que los países, las empresas y otros asociados recurran a nosotros para aprovechar la mejor experiencia sobre el terreno y la mejor asesoría disponibles en el mundo. Ahora colaboraremos en forma más cohesionada en toda la institución, de manera que el personal del Banco, que trabaja en el ámbito del sector público, el de la Corporación Financiera Internacional (IFC), que trabaja en el sector privado, y el del Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (MIGA), que proporciona seguros y garantías contra riesgos, aúnen su experiencia colectiva para atender mejor a las necesidades de nuestros clientes.

También hemos creado lo que denominamos “prácticas mundiales”, que se convertirán en comunidades de expertos en 14 áreas, tales como agua, salud, finanzas, agricultura y energía. En los próximos días daremos a conocer los nombres de la mayoría de los jefes de tales prácticas.

Supongamos que yo nombrara a uno de ustedes director superior de nuestra práctica sobre agua. Su tarea consistiría en diseñar inversiones en agua y saneamiento, por ejemplo, para que las niñas no tengan que caminar tanto cada mañana hasta el río más cercano en busca de agua para cocinar y hacer la limpieza, en lugar de ir a la escuela. Su equipo no tardaría en contar con unos 200 expertos en agua. Usted y su equipo directivo podrían estudiar los proyectos de agua que hemos realizado en todo el mundo y enviar a esos expertos a Bangladesh, Perú, China o Angola, por ejemplo, eligiendo a los que tuvieran determinados conocimientos para destinarlos a ciertos países para atender problemas locales. Su tarea consistiría, primordialmente, en entregar soluciones. Tendría que hallar los mejores enfoques posibles en materia de agua y saneamiento para ayudar a millones de personas a superar la pobreza. En mi opinión, usted y sus 200 expertos tendrían los mejores empleos del mundo en su especialidad.

Todos los altos funcionarios del Grupo del Banco Mundial, incluidos los jefes de prácticas mundiales, serán responsables de difundir los conocimientos y, posteriormente, de aplicar en mayor escala los programas que resulten exitosos; es lo que hemos denominado “ciencia de la entrega”, que consiste en asegurar que los resultados esperados lleguen a los beneficiarios previstos al costo presupuestado o a un costo cercano a este. Para poder entregar resultados en mayor escala, debemos ser los curadores de los conocimientos adquiridos, sobresalir en la búsqueda de soluciones a los problemas, trabajar con sistemas complejos, promover la consecución de metas sociales y medir la eficacia. Si podemos cumplir lo prometido, suscitaremos un impacto transformador en el mundo.

Por cierto, las necesidades de desarrollo en el mundo superan con creces la capacidad del Grupo del Banco Mundial de atenderlas, pero podemos hacer muchísimo más. Para satisfacer la mayor demanda que prevemos, al tiempo que aumentamos nuestra capacidad de proporcionar conocimientos y soluciones a nuestros clientes, estamos fortaleciendo nuestra capacidad financiera para aumentar los ingresos y estirar el capital de nuestra institución.

Es un gran placer para mí anunciar hoy que con el respaldo de nuestro Directorio Ejecutivo ahora tenemos la capacidad de aumentar casi al doble el monto anual del financiamiento que proporcionamos a los países de ingreso mediano, que pasará de US$15 000 millones a hasta US$28 000 millones por año. Esto significa que la capacidad de financiamiento del Banco Mundial, es decir, el monto de los préstamos que la institución puede mantener en su balance, se incrementará en US$100 000 millones en la próxima década, hasta llegar a unos US$300 000 millones. Esto se agrega a la mayor reposición de recursos de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), nuestro fondo para los países más pobres, jamás realizada, que permitirá disponer de casi US$52 000 millones para otorgar donaciones y préstamos en condiciones concesionarias.

Simultáneamente, estamos intensificando el apoyo directo que brindamos al sector privado. MIGA se propone aumentar el monto de nuevas garantías en casi un 50 % en los próximos cuatro años. IFC prevé incrementar casi al doble su cartera en la próxima década, hasta llegar a US$90 000 millones. Creemos que en 10 años el monto anual de los nuevos compromisos de IFC aumentará a US$26 000 millones.

Se prevé que el total anual de los compromisos del Grupo del Banco Mundial, que se sitúa actualmente entre US$45 000 millones y US$50 000 millones, supere los US$70 000 millones en los próximos años. Este aumento del potencial financiero representa un crecimiento sin precedentes para la institución. Ahora estamos en condiciones de movilizar y apalancar, en total, cientos de miles de millones de dólares por año en los próximos años.

Al mismo tiempo, por una cuestión de integridad, teníamos que examinar la situación interna de nuestra institución e identificar posibles economías. Casi todas las grandes instituciones pueden hacerse más eficientes. Hemos anunciado la meta de economizar US$400 millones en los próximos tres años, y en pocos días más proporcionaremos detalles sobre la mayoría de esas economías, cuyo importe reinvertiremos luego en los países. Creo que para crecer como institución primero debemos racionalizarnos.

¿Qué haremos en los próximos años? Nos guiaremos por las evidencias recogidas y seremos audaces. El hecho es que las dos terceras partes de las personas extremadamente pobres del mundo están concentradas en apenas cinco países: India, China, Nigeria, Bangladesh y la República Democrática del Congo. Si se agregan otros cinco —Indonesia, Pakistán, Tanzanía, Etiopia y Kenya— el total aumenta hasta representar el 80 % de la población extremadamente pobre. Como verán, centraremos la atención en esos países, sin por ello despreocuparnos de los demás. Aplicaremos una estrategia que garantice que ningún país quede rezagado a medida que avanzamos hacia el objetivo de 2030.

¿En qué consistirá nuestra audacia?

Un ejemplo es el referente a China; la semana pasada dimos a conocer nuestro informe conjunto con el Gobierno de ese país referido al futuro de las ciudades chinas. El documento recoge la labor de más de 100 miembros del personal del Grupo del Banco Mundial y ya ha alentado a China a adoptar decisiones de políticas sobre desafíos críticos en materia de desarrollo y urbanización, en aspectos tales como crecimiento verde, contaminación y derechos sobre la tierra para los campesinos. Este informe ayudará al país a centrar principalmente la atención en la calidad del crecimiento, en lugar de la cantidad,  para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Esperamos que estas lecciones provenientes de China sean útiles para otras ciudades del mundo.

Un segundo ejemplo es el referente a nuestra labor en el proyecto hidroeléctrico de Inga. Hace apenas dos semanas el Directorio Ejecutivo aprobó el otorgamiento a la República Democrática del Congo de una donación de US$73 millones. El proyecto Grand Inga podría representar el mayor de su género en el mundo, con una capacidad de generación de más de 40 gigavatios, equivalente a la mitad de la actual capacidad instalada de toda África al sur del Sahara. Además, con este proyecto se evitaría la emisión de 8000 millones de toneladas de carbono a que daría lugar, a lo largo de 30 años, la utilización de carbón para generar la misma cantidad anual de electricidad. Es imperioso que África disponga de esa energía: actualmente, el consumo combinado de energía por parte de los 1000 millones de habitantes de todo el continente africano equivale al de los 11 millones de habitantes que tiene Bélgica. Esta es una modalidad de apartheid energético al que debemos hacer frente si es que nos proponemos seriamente ayudar a los países africanos a crecer y a generar oportunidades para todos sus habitantes.

Un tercer ejemplo de nuestra audacia es la labor que realizamos para respaldar programas de transferencias monetarias condicionadas, que proporcionan pagos mensuales a familias pobres para que, por ejemplo, envíen a sus hijos a la escuela o acudan al médico para someterse a exámenes de rutina. Los resultados han sido asombrosos. Antes de la existencia de estos programas, en ciertas regiones de Camboya el nivel de asistencia a la escuela de los niños pobres era del 60 %; en la actualidad, tras el comienzo del programa, casi el 90 % de los niños y niñas asisten a la escuela. En Tanzanía el Grupo del Banco Mundial, junto con las autoridades nacionales y las Naciones Unidas, ha decidido ampliar en gran medida el programa de transferencias monetarias condicionadas iniciado en 2010 para 20 000 hogares. Estimamos que a más tardar en el primer semestre del año próximo el programa llegará a 1 millón de hogares, dando cobertura a entre 5 millones y 6 millones de habitantes de ese país que padecen en máximo grado la pobreza. Es esto lo que entendemos por identificar programas exitosos, trabajar con asociados y proyectar en mayor escala las soluciones transformadoras.

Esta es la senda que estamos emprendiendo para servir mejor a los países. El Grupo del Banco Mundial está decidido a trabajar de una manera más eficaz con asociados y partes interesadas clave, entre ellos, la sociedad civil y el sector privado. Necesitamos alianzas, instituciones mundiales sólidas, un sector privado dinámico y autoridades políticas identificadas con esa causa.

Y lo más importante: necesitamos unir a personas de todas partes del mundo en torno a un movimiento mundial para acabar con la pobreza.

Como médico, activista en el ámbito de la salud y más tarde encargado de la formulación de políticas sanitarias, tuve el privilegio de integrar el movimiento internacional sobre el VIH/sida surgido en la década de 1990. La lucha contra el sida es una historia de gran sufrimiento humano, pero es también uno de los ejemplos históricos más alentadores de una exitosa movilización social para alcanzar metas compartidas.

Cuando apareció el tratamiento contra el VIH a fines de los años noventa, las organizaciones realizaron una labor de extensión transfronteriza para crear un movimiento de lucha contra el sida verdaderamente mundial, comprometido a dar acceso al tratamiento a todas las personas. El fruto de dicho movimiento ha sido la ampliación en 200 veces del acceso al tratamiento contra el sida en los países en desarrollo en la última década. Se han salvado millones de vidas, y millones de niños aún tienen madre y padre.

Los movimientos sociales pueden producir soluciones a problemas aparentemente insuperables. Tenemos que extraer las lecciones de esos esfuerzos y aplicarlas para nutrir un movimiento mundial en torno a los grandes desafíos de hoy: poner fin a la pobreza … impulsar la prosperidad compartida … y lograr que nuestro progreso económico no comprometa irreparablemente el futuro de nuestros niños a causa del cambio climático.

En otoño del año pasado tuve la oportunidad de conversar sobre estos temas con el papa Francisco. Cuando le describí el compromiso de nuestra institución de crear un movimiento mundial encaminado a poner fin a la pobreza extrema a más tardar en 2030, el papa me respondió sencillamente: “Cuenta conmigo”. Con líderes como el papa Francisco, un movimiento mundial para acabar con la pobreza en el transcurso de nuestras vidas es posible.

Todos los componentes de nuestra sociedad mundial deben unirse para lograr que la visión de una economía más justa y sostenible se proyecte en una acción resuelta que será nuestro legado para el futuro. En las instituciones mundiales, los Gobiernos, las empresas y las comunidades de todas partes del mundo hay personas que se han puesto manos a la obra para hacer realidad esa visión. A todas ellas, a todos ustedes, les digo: Estamos con ustedes.

Estamos listos. Cuenten con nosotros. Pueden contar con nosotros.

Muchas gracias.

*Se estima que en 2010 la población que vivía en condiciones de pobreza extrema en el mundo en desarrollo llegaba al 21 %; a nivel mundial, dicha tasa era del 17,7 %.