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RESEÑA

La seguridad alimentaria y la COVID-19

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Foto: Lidiya Ribakova/Shutterstock


13 de diciembre de 2021. Muchos países se enfrentan a crecientes niveles de inseguridad alimentaria, que echan por tierra años de avances de desarrollo. Incluso antes de que la COVID-19 redujera los ingresos e interrumpiera las cadenas de suministro, el hambre crónica y el hambre aguda estaban aumentando por diversos factores, como los conflictos, las condiciones socioeconómicas, los peligros naturales, el cambio climático y las plagas. La COVID-19 ha ocasionado incrementos graves y generalizados de la inseguridad alimentaria mundial que han afectado a los hogares vulnerables de casi todos los países; se prevé que los impactos se seguirán observando en 2022 y, posiblemente, en años posteriores. En esta reseña se analizan el aumento de la inseguridad alimentaria durante la pandemia de COVID-19 y las respuestas del Banco Mundial hasta el momento.

Panorama general

Aunque los precios mundiales de los alimentos se mantienen generalmente estables y las perspectivas de los suministros mundiales siguen siendo favorables, la inflación de los precios internos de los alimentos está aumentando en la mayoría de los países. Los países más pobres experimentaron un fuerte aumento de los precios de los alimentos en septiembre de 2021, alcanzando el nivel más alto desde el inicio de la pandemia de COVID-19.

El índice mundial de precios de los productos básicos agrícolas se estabilizó en el tercer trimestre de 2021, pero sigue siendo un 17% más alto que su nivel de enero de 2021. Si se considera un período de tiempo más largo, los precios del maíz y el trigo son un 11% y un 21% más altos, respectivamente, que sus niveles enero de 2021, y los precios del arroz son un 21% más bajos.

Los principales riesgos para la seguridad alimentaria se plantean a nivel nacional: los mayores precios minoristas, combinados con la disminución de los ingresos, implica que más y más hogares están reduciendo la cantidad y la calidad de su consumo de alimentos.

Numerosos países están experimentando una elevada inflación de precios de los alimentos a nivel minorista, lo que obedece a la escasez de mano de obra, la fuerte subida del precio de los fertilizantes (i), las devaluaciones monetarias y otros factores. El alza del precio de los alimentos afecta más a la población de los países de ingreso bajo y mediano, que gasta en alimentos un porcentaje mayor de sus ingresos que la de los países de ingreso alto.

Según encuestas telefónicas rápidas realizadas por el Banco Mundial (i) en 72 países, un número considerable de personas se está quedando sin alimentos o está reduciendo su consumo. 

La disminución de la ingesta de calorías y la nutrición deficiente amenazan los avances obtenidos en materia de salud y reducción de la pobreza, y podrían tener efectos duraderos en el desarrollo cognitivo de los niños pequeños. Entre 720 millones y 811 millones de personas padecieron hambre en el mundo en 2020, de acuerdo con el informe de las Naciones Unidas El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (i). Si se toma en cuenta el valor medio de las proyecciones (768 millones), se desprende que alrededor de 118 millones de personas más que en 2019 sufrían hambre crónica en 2020. Al utilizar otro indicador que refleja el acceso a alimentos suficientes a lo largo del año, se llega a la conclusión de que casi 2370 millones de personas (el 30 % de la población mundial) carecieron de acceso a alimentos suficientes en 2020, lo que representa un aumento de 320 millones en apenas un año.

Se considera que, a causa de la COVID-19, aumentó drásticamente el número de personas que enfrentaron y enfrentarán inseguridad alimentaria aguda en 2020 y 2021. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) estima que, en los países donde actúa, 272 millones de personas sufren inseguridad alimentaria aguda o corren riesgo de sufrirla (i). Esta se define como la situación en que la vida o los medios de subsistencia de una persona se hallan en peligro inminente debido a la falta de alimentos.

El hambre presentaba una tendencia al alza incluso antes de la pandemia de COVID-19, que intensificó los efectos de los fenómenos climáticos extremos, los conflictos y otras crisis que ya menoscababan las oportunidades económicas.

Apoyo del Banco Mundial

A nivel de los países, el Grupo Banco Mundial trabaja con los Gobiernos y los asociados internacionales para vigilar de cerca las cadenas nacionales de suministro alimentario y agrícola, analizar de qué forma la pérdida de empleo y de ingresos está afectando la capacidad de las personas para comprar alimentos, y asegurar que los sistemas alimentarios continúen funcionando pese a las dificultades que plantea la COVID-19.

En un documento publicado en diciembre de 2020 con el título de “Responding to the Emerging Food Security Crisis” (Respuesta a la nueva crisis de seguridad alimentaria), se resume la respuesta del Banco en los países más pobres: la AIF proporcionó USD 5300 millones en nuevos compromisos entre abril y septiembre de 2020 para mejorar la seguridad alimentaria. Se combinaron las respuestas de corto plazo ante la COVID-19 y las inversiones dirigidas a encarar los factores de largo plazo que conducen a la inseguridad alimentaria.

Se aprovechan proyectos ya existentes y se distribuye financiamiento a corto y a largo plazo:

  • En Bangladesh, mediante un plan de acción de emergencia movilizado como parte de un Proyecto de Desarrollo de la Avicultura y la Producción Láctea, se realizaron transferencias en efectivo por valor de USD 87,8 millones para 407 000 productores de leche y avicultores vulnerables, a fin de ayudarlos a mantener sus actividades comerciales. Asimismo, se destinaron fondos para el suministro de equipamiento de protección personal, equipos agrícolas y mejores servicios veterinarios mediante la adquisición de 64 unidades veterinarias móviles.
  • En Bhután, el Banco Mundial reestructuró la cartera relacionada con los alimentos para respaldar la distribución en el corto plazo y reforzar la producción en el mediano plazo a través del suministro de insumos y el riego.
  • En Chad, se movilizaron USD 30 millones en financiamiento de emergencia para proporcionar asistencia alimentaria a través de la entrega gratuita de paquetes de alimentos a 437 000 habitantes vulnerables de zonas urbanas y rurales afectados de inseguridad alimentaria y nutricional grave, y se proporcionaron semillas y utensilios agrícolas a 25 000 pequeños agricultores pobres y vulnerables para que pudieran mantener su capacidad de producción en la inminente campaña de siembra.
  • En Guatemala, el proyecto Respuesta a la COVID-19: Cadenas de Valor Agroalimentarias Modernas y Resilientes tiene por objeto ofrecer una respuesta de emergencia ante la COVID-19 y aumentar la resiliencia económica y climática mejorando la eficiencia de las principales cadenas de valor agrícolas e invirtiendo en tecnologías y prácticas modernas.
  • En Haití, mediante el Proyecto de Fomento de Paisajes Productivos Resilientes se movilizó financiamiento de emergencia para ayudar a más de 16 000 agricultores a contar con semillas y fertilizantes, y proteger la producción de las dos próximas temporadas agrícolas.
  • En India, grupos de autoayuda de mujeres, con el respaldo de la Misión Nacional de Medios de Subsistencia Rurales, cofinanciada por el Banco Mundial, se movilizaron para subsanar la escasez de mascarillas y desinfectantes, administrar comedores populares y restablecer los suministros de alimentos frescos, proporcionar alimentos y apoyo a familias vulnerables y de alto riesgo (i), prestar servicios financieros en zonas rurales y difundir consejos sobre la COVID-19 entre las comunidades rurales. Estos grupos de autoayuda, creados a lo largo de un período de 15 años, aprovechan las habilidades de unos 62 millones de mujeres en todo el país.
  • En la República Kirguisa, a través del Proyecto de Mejora de la Productividad Agrícola y la Nutrición, respaldado por el Banco Mundial, financiado por el Programa Mundial para la Agricultura y la Seguridad Alimentaria, y centrado principalmente en mejorar la infraestructura hídrica y en desarrollar la capacidad de las asociaciones de usuarios de agua, para atender a poblaciones vulnerables se distribuyeron USD 1,1 millones en insumos agrícolas, como semillas y fertilizantes, por medio de 30 asociaciones de este tipo participantes en el proyecto.
  • En Rwanda, el Proyecto de Intensificación Agrícola Sostenible y Seguridad Alimentaria recibió financiamiento adicional para ayudar a aliviar los efectos de los confinamientos impuestos a causa de la COVID-19. Asimismo, se ajustó el Proyecto de Protección Social existente para responder a la COVID-19.
  • En Senegal, un crédito de la AIF por USD 150 millones (i) está contribuyendo a aumentar las exportaciones de cultivos de alto valor, como los cacahuetes con cáscara y los productos hortícolas, a incrementar la productividad de las granjas lecheras y a reducir la tasa de mortalidad de pequeños rumiantes; además, está paliando los efectos negativos de la pandemia al invertir en prácticas más productivas y resilientes.
  • En Sierra Leona, el financiamiento de emergencia previsto en el Proyecto de Comercialización y Desarrollo Agroindustrial para Pequeños Agricultores (i) en curso se está utilizando para respaldar iniciativas del Gobierno frente a la COVID-19 proporcionando insumos, servicios de mecanización de la agricultura y servicios de extensión a los productores de arroz. El Proyecto de Redes de Protección Social financiado por el Banco Mundial también amplió su sistema de transferencias de efectivo para ayudar a los hogares más vulnerables.
  • En Tayikistán, por medio del sistema de asistencia social selectiva en vigor, el Banco financió transferencias monetarias para hogares que padecieran inseguridad alimentaria y en los que hubiera niños menores de 3 años (i) , con la finalidad de mitigar los efectos del aumento de los precios de los alimentos y proteger la nutrición infantil.

Prevención

El Banco Mundial ha asumido el compromiso de ayudar a los países a evitar que la próxima zoonosis se convierta en una pandemia y a estar mejor preparados en caso de que los riesgos se concreten.

La experiencia del Banco con la gripe aviar demuestra que las inversiones multisectoriales y coordinadas en salud humana, ambiental y animal (el enfoque “Una Salud” [i]) son una manera eficiente en función de los costos de gestionar riesgos y controlar enfermedades en la fuente. Más del 70 % de las nuevas enfermedades infecciosas que afectan a los seres humanos tienen origen en animales. Estas enfermedades y la transmisión de patógenos de animales a humanos están aumentando en un ambiente que se modifica rápidamente y donde la deforestación, el cambio de uso de la tierra y el veloz crecimiento demográfico intensifican la exposición de los seres humanos a enfermedades de las que los animales son portadores.

En el marco del primer paquete de financiamiento del Grupo Banco Mundial relacionado con la COVID-19, los países pueden invertir en prevención a largo plazo, por ejemplo, en el fortalecimiento de los servicios veterinarios, la vigilancia de las enfermedades y la inocuidad de los alimentos. En India, por ejemplo, el Proyecto de Respuesta a la Emergencia de la COVID-19 y Preparación de los Sistemas de Salud permitirá mejorar los sistemas de vigilancia de enfermedades en seres humanos y animales, así como los sistemas de información sobre salud (i) en todo el país. En China, mediante un nuevo proyecto se mejorarán los sistemas de vigilancia del riesgo de zoonosis y de otras nuevas amenazas para la salud (i). Se fortalecerá la capacidad de evaluar los riesgos y de diagnosticar y realizar el seguimiento de enfermedades de los seres humanos, los animales domésticos y la fauna silvestre. También se mejorarán los protocolos de intercambio de información entre los organismos competentes.

Última actualización: Dic 13, 2021